La lección de la Selección Nacional
“Jugamos como nunca…”. No creo
exagerar al afirmar que esa es la percepción dominante sobre el desempeño de la
selección mexicana en el Mundial que concluyó para nuestro país el domingo
pasado. Incluso quienes solemos mirar el fútbol con cierta distancia terminamos
reconociendo el compromiso y la entrega de los 26 jugadores convocados por
Javier Aguirre. Dieron en la cancha todo lo que tenían, de fútbol y de ánimo.
No alcanzó para derrotar a Inglaterra y avanzar a los cuartos de final pero,
por primera vez en mucho tiempo, la segunda parte de la sentencia popular ya no
parece del todo cierta: “…perdimos como siempre”.
¿De verdad fue así?
La derrota produjo tristeza,
desde luego. Nadie quería que terminara la aventura mundialista. Pero sobre esa
amargura se instaló un sentimiento poco habitual: el reconocimiento del
esfuerzo. México cayó, sí, pero no se derrumbó. No buscó refugio en pretextos.
Nadie culpó al árbitro, al VAR o a una conspiración internacional.
La Selección perdió frente a un
rival mejor, después de competir con intensidad hasta el último minuto.
La escena del Estadio Azteca
quizá explique mejor que cualquier estadística lo ocurrido. Más de ochenta mil
personas permanecieron en sus lugares hasta el silbatazo final. Nadie emprendió
la retirada anticipada. Tras cada gol inglés hubo apenas unos segundos de
silencio. Enseguida regresó el aliento para los nuestros. La transmisión
televisiva mostró a un estadio aferrado a la esperanza, convencido de que aún
era posible el empate que llevara el partido al tiempo extra. No era la espera
de un milagro. Era la confianza nacida de lo que el equipo mostraba en esos
momentos y lo que había mostrado durante todo el torneo.
Esa confianza no apareció de la
noche a la mañana.
La Selección llegó al Mundial
rodeada de escepticismo. El desencanto acumulado durante años, la percepción de
un fútbol administrado con demasiada frecuencia como negocio antes que como
proyecto deportivo y los resultados irregulares habían debilitado el vínculo
con la afición. Sin embargo, partido tras partido, el equipo fue recuperando la
credibilidad, algo más difícil de recuperar que un marcador favorable.
Vale la pena preguntarse si esa
experiencia deja alguna enseñanza para una sociedad como la mexicana, tan
acostumbrada a desconfiar de casi todo.
¿Puede la euforia futbolística
producir algo más que los buenos recuerdos? ¿Desapareció toda esa energía
social con el último silbatazo o dejó alguna huella? ¿Qué ocurrió durante esos
veinticuatro días en los que millones de personas suspendieron, aunque fuera
por unas horas, las preocupaciones cotidianas para concentrarse en un mismo
objetivo?
Quizá convenga mirar este Mundial
como un gran ejercicio de pedagogía social. No porque el fútbol resuelva los
problemas nacionales, sino porque, de vez en cuando, ayuda a comprenderlos
mejor.
La primera lección fue la
planeación. La Selección de Javier Aguirre no improvisó. Hubo un programa de
preparación física, táctica y emocional cuidadosamente diseñado. Los errores
aparecieron, como aparecen en cualquier proceso humano, pero también existió la
capacidad de corregirlos sobre la marcha. Cada partido mostró ajustes,
aprendizaje y disciplina.
La segunda lección fue el
trabajo.
Durante semanas escuchamos hablar
del carácter, del espíritu de grupo y de la garra mexicana. Todo eso cuenta.
Pero sería un error atribuir el desempeño del equipo únicamente a una
disposición anímica. Cuatro partidos completos la portería mexicana permaneció
invicta. Esa consistencia no fue producto de la fortuna. No fue magia. Fue
trabajo cotidiano, entrenamiento, repetición y exigencia.
La tercera lección fue la
confianza.
Millones de personas confiaron en
la estrategia del cuerpo técnico y en la capacidad del equipo para competir. No
desaparecieron las críticas ni los cuestionamientos. La confianza nunca exige
unanimidad. Pero, durante algunas semanas, predominó una disposición colectiva
poco frecuente entre nosotros: creer que el esfuerzo podía rendir frutos.
Vivimos en un país donde la
desconfianza hacia las instituciones públicas, los partidos políticos, las
autoridades y buena parte de la vida pública alcanza niveles preocupantes. Sin
embargo, durante el Mundial, esa misma sociedad decidió confiar en un proyecto
deportivo construido sobre objetivos claros, responsabilidades definidas y
evaluación permanente del desempeño.
Concluido el Mundial, México
volvió rápidamente a su realidad. Regresaron las tensiones con Estados Unidos,
la incertidumbre económica, las disputas políticas, el dolor de las familias
que buscan a sus desaparecidos, la violencia criminal y los debates judiciales
que ocupan diariamente el espacio público. Nada de eso desapareció durante el
torneo. Simplemente quedó, por unos días, detrás del enorme reflector que
representa una Copa del Mundo.
Como escribió Joan Manuel Serrat,
“vuelve el pobre a su pobreza, vuelve el rico a su riqueza y el señor cura a
sus misas”.
El país seguía ahí, esperando el
lunes.
La diferencia fue que, durante
casi un mes, millones de mexicanos compartieron una emoción que trascendía
diferencias ideológicas, sociales o regionales. El fútbol abrió un paréntesis.
No resolvió la polarización, pero recordó que todavía somos capaces de
reconocernos en un propósito común.
Sería una lástima que la única
herencia del Mundial fueran las fotografías, las camisetas y los recuerdos de
un buen torneo.
La verdadera pregunta comienza
ahora.
¿Y si la principal lección de la
Selección no estuviera en el marcador, sino en el método?
¿Y si aprendiéramos que los
resultados duraderos exigen planeación antes que ocurrencias; trabajo antes que
improvisación; seguimiento y evaluación antes que propaganda; confianza
construida con hechos antes que exigida mediante discursos?
No se trata, por supuesto, de
gobernar un país como se dirige un equipo de fútbol. Las responsabilidades
públicas son infinitamente más complejas. Pero los principios para obtener
buenos resultados cambian muy poco. Ninguna organización prospera cuando sustituye
la preparación por la improvisación o el mérito por la lealtad personal.
Durante semanas dijimos que la
Selección había recuperado la esperanza de millones de mexicanos. Tal vez la
frase correcta sea otra. Lo que recuperó fue nuestra disposición a creer que el
trabajo bien hecho todavía produce resultados.
No. Esta vez no perdimos como
siempre.
Perdimos un partido frente a una
gran selección. Pero ganamos algo mucho más valioso: la certeza de que el éxito
no se improvisa.
Esa quizá sea la verdadera
lección de la Selección.
Porque los logros que perduran
—en el deporte, en las empresas, en las universidades y también en los
gobiernos— casi nunca son obra del azar. Nacen de la planeación, del trabajo
bien hecho y de la confianza que solo producen los resultados.
La Selección ya dio la lección.
Falta saber si México está dispuesto a aprenderla.— Mérida, Yucatán