Tan lejos, tan cerca

 

Mérida se encuentra a 2,050 kilómetros de Saltillo. Una mira al Golfo de México; la otra, en el norte del país, comparte más de quinientos kilómetros de frontera con Texas. A simple vista parecen mundos distintos. Sin embargo, Yucatán y Coahuila tienen más semejanzas de las que suelen reconocerse.

Ambas fueron regiones periféricas de la Nueva España, alejadas de los grandes centros de poder virreinal. Las dos desarrollaron una fuerte tradición federalista, alimentada tanto por convicción política como por necesidad práctica. En momentos decisivos de la historia nacional aportaron proyectos propios: de Coahuila surgió el constitucionalismo que enfrentó a Victoriano Huerta; en Yucatán florecieron experiencias pioneras de legislación social y protección de los sectores más vulnerables.

También compartieron una pluralidad política relativamente temprana. El PAN encontró en ambos estados algunos de sus bastiones más sólidos fuera del centro del país. En distintos momentos conquistó sus principales ciudades y disputó con éxito el poder estatal en Yucatán. La alternancia dejó de ser una posibilidad remota mucho antes que en otras entidades. Sin embargo, Coahuila se conserva, a la fecha, como la única entidad federativa que ha sido gobernada por el PRI o sus antecedentes desde 1929, de manera ininterrumpida.

Durante las últimas décadas, Yucatán y Coahuila han construido además un activo que hoy escasea en gran parte del territorio nacional: la seguridad pública. En Yucatán se ha mantenido durante años como una característica distintiva. Coahuila la recuperó después de atravesar algunos de los episodios más dolorosos de violencia asociados al crimen organizado, incluidos los acontecimientos de Allende. En ambos casos, la ciudadanía sabe que se trata de una conquista valiosa y frágil.

Por eso resulta interesante observar lo ocurrido el domingo pasado en Coahuila. La elección de diputaciones locales era el único proceso electoral del país en 2026. En circunstancias normales habría tenido un interés predominantemente estatal. Sin embargo, la competencia entre el PRI gobernante y Morena la convirtió en una prueba observada con atención desde muchos rincones del país.

Los resultados preliminares apuntan a una victoria amplia del PRI en los dieciséis distritos locales. Morena quedó en segundo lugar en todos ellos. Más sorprendente aún fue el desempeño de las otras fuerzas políticas. El PAN lucha por conservar su registro estatal; Movimiento Ciudadano no logró capitalizar la cercanía con Nuevo León; el Partido Verde evidenció las dificultades que enfrenta cuando compite lejos de la sombra protectora de Morena.

La reacción fue inmediata. No faltaron quienes vieron en los resultados la prueba de una supuesta resurrección del PRI. Como militante priista, celebro el triunfo de mis compañeras y compañeros coahuilenses. Ganaron una elección difícil y demostraron que el trabajo territorial, buenos candidatos y candidatas, una organización eficaz y un gobierno bien evaluado siguen teniendo valor en las urnas.

Pero conviene moderar el entusiasmo.

En 2023 el PRI también ganó los dieciséis distritos locales y retuvo la gubernatura. Sin embargo, apenas un año después, Morena obtuvo la mayoría de los distritos federales, ganó las dos senadurías de mayoría y se impuso ampliamente en la elección presidencial dentro del propio estado. Los mismos electores que respaldaron una opción en una elección favorecieron otra distinta en la siguiente.

Esa es una de las enseñanzas más importantes de Coahuila. Las democracias no otorgan triunfos perpetuos. Ningún partido recibe escrituras de propiedad sobre el voto ciudadano. Lo que hoy parece una fortaleza inexpugnable puede convertirse mañana en una posición vulnerable.

Desde luego, Morena conserva ventajas significativas. El control del gobierno federal le proporciona instrumentos políticos, presupuestales y territoriales que ningún partido opositor posee. También enfrenta desafíos propios, entre ellos la creciente presión derivada de los conflictos de seguridad pública y de la relación con Estados Unidos. Nada de ello garantiza el resultado de 2027. Pero tampoco permite dar por concluida la competencia.

Quizá por eso vale la pena mirar hacia Coahuila desde Yucatán.

Los dos estados saben que la seguridad no surge espontáneamente; se construye durante años y puede deteriorarse con rapidez. Los dos han experimentado alternancias políticas. Los dos conocen la diferencia entre una victoria electoral y una adhesión permanente.

Faltan menos de doce meses para las elecciones de 2027. Coahuila no ofrece una profecía sobre el futuro. Ofrece algo más útil: una lección de prudencia. En política, como en la vida, las victorias importantes nunca son para siempre. Hay que volver a ganarlas una y otra vez.

Deseos. Que el jueves 11 de junio se inaugure el Mundial de Fútbol en paz. Que quienes legítimamente quieren manifestarse, logren hacerlo y visibilizar sus causas. Que millones de familias de México y el mundo disfruten un evento largamente esperado. Que de mañana jueves al domingo 19 de julio, la fiesta mundialista muestre que las naciones pueden disputar en el terreno de juego y, al término, darse la mano.— Mérida, Yucatán

 

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