La marcha imposible
El 21 de mayo de 1986 ocurrió
algo que hoy parece casi imposible.
Miles de personas marcharon en la
Ciudad de México para protestar contra lo que consideraban una intromisión de
Estados Unidos en los asuntos internos del país. El motivo inmediato fueron las
audiencias promovidas por el senador republicano Jesse Helms, donde se
formularon acusaciones contra funcionarios mexicanos, el gobierno federal y el
propio sistema político nacional.
Lo extraordinario fue quiénes
coincidieron en ella.
Había dirigentes priistas,
funcionarios gubernamentales, organizaciones sindicales, intelectuales de
izquierda, nacionalistas de distintas corrientes y numerosos ciudadanos que
mantenían profundas diferencias con el gobierno de Miguel de la Madrid. Muchos
cuestionaban la política económica, criticaban el endeudamiento externo o
exigían mayores libertades políticas. El PAN sostenía sus propias batallas por
la democratización del sistema electoral.
Sin embargo, aquel día
coincidieron.
No porque pensaran igual.
Precisamente porque no pensaban
igual.
La coincidencia consistió en algo
más elemental: consideraban que la defensa de la soberanía nacional era una
causa que merecía estar por encima de sus diferencias.
Vale la pena recordar el
contexto.
México atravesaba una crisis
económica devastadora. La inflación castigaba a las familias. La deuda externa
condicionaba prácticamente todas las decisiones gubernamentales. El país
todavía resentía los efectos del terremoto de 1985. El PRI conservaba una
posición hegemónica, pero comenzaban a aparecer fisuras que desembocarían en la
ruptura cardenista y en la conflictiva elección presidencial de 1988.
Al mismo tiempo, México
desempeñaba un papel relevante en la política internacional. A través del Grupo
Contadora impulsaba una salida negociada a las guerras civiles
centroamericanas. La iniciativa incomodaba a sectores importantes de la
administración Reagan, comprometida con una estrategia distinta en la región y
cada vez más envuelta en el escándalo Irán-Contras.
No era una época de armonía
nacional.
Era una época de conflictos.
Y quizá precisamente por eso
resulta tan llamativo que todavía existiera la capacidad de construir acuerdos.
Ahora hagamos un ejercicio de
imaginación.
Ante el conflicto actual con
Estados Unidos, la presidenta Claudia Sheinbaum convoca a una gran movilización
nacional en defensa de la soberanía.
La primera pregunta es: ¿a
quiénes invitaría?
¿A las dirigencias nacionales del
PAN y del PRI?
¿A Movimiento Ciudadano?
¿A las organizaciones
empresariales?
¿A las universidades?
¿A los colectivos ciudadanos?
¿A las colectivas feministas?
¿A los periodistas y analistas
más críticos de su gobierno?
¿A quienes con frecuencia son
presentados desde el poder como representantes de intereses adversos o incluso
como enemigos políticos?
La segunda pregunta resulta
todavía más interesante: ¿cuántos aceptarían marchar junto a ella?
La sola formulación de ambas
preguntas revela cuánto ha cambiado la cultura política mexicana.
En 1986 existían profundas
diferencias ideológicas. Sin embargo, la discrepancia no anulaba la posibilidad
de cooperación. El adversario seguía siendo un interlocutor potencial. La
crítica no impedía la coincidencia en determinados temas de interés nacional.
En 2026 parece ocurrir algo
distinto.
La coincidencia genera sospechas.
La discrepancia se interpreta como deslealtad. Los espacios intermedios se
reducen. Los puentes se vuelven más escasos.
Por eso la diferencia más
importante entre 1986 y 2026 no está en Washington.
Está en México.
El sistema político actual
dispone de mayores mecanismos formales de competencia electoral, pero muestra
una menor capacidad para construir acuerdos políticos amplios.
Quizá ese sea uno de los grandes
cambios de nuestra vida pública durante las últimas cuatro décadas.
Hemos aprendido a competir.
No hemos conservado la capacidad
de coincidir.
El próximo jueves 11 de junio
comenzará otra vez la fiesta mundialista. Como en mayo de 1986, México llega
con conflictos abiertos, tensiones acumuladas y una larga lista de asuntos
pendientes. Pero hay una diferencia llamativa. Hace 40 años una marcha plural
avanzaba hacia el Zócalo para expresar una causa común. Hoy el Zócalo permanece
blindado por altas vallas metálicas y las calles del Centro Histórico están
ocupadas por los campamentos de la CNTE. Otras organizaciones anuncian
movilizaciones para aprovechar los reflectores internacionales y hacer visibles
sus demandas.
Nada de ello desaparecerá por 90
minutos de futbol. Tampoco debería hacerlo. Las sociedades democráticas
necesitan espacios para expresar sus desacuerdos. Pero también necesitan
momentos de encuentro. Ojalá que la inauguración transcurra en paz, alegría y
civilidad. Ojalá que México vuelva a mostrar al mundo su mejor rostro. Y ojalá
que, una vez más, cuando el país se acerque al borde de sus propias fracturas,
aparezca ese viejo instinto de conservación que tantas veces ha evitado la
caída y ha terminado obrando, contra todo pronóstico, verdaderos milagros.