¿Quién está fuera de la Transformación?

 

El fin de semana pareció convertirse en un esfuerzo político coordinado para reinstalar un concepto en el centro de la conversación pública: la soberanía. Desde Yucatán, la presidenta Claudia Sheinbaum afirmó que “ningún gobierno extranjero va a arrebatar la Transformación al pueblo de México”. Ahí mismo lanzó otra frase con implicaciones igualmente profundas: la Transformación no sería refugio para corruptos.

Casi simultáneamente, en Chihuahua, la recién estrenada presidenta nacional de Morena, Ariadna Montiel, encabezó una movilización para exigir juicio político contra la gobernadora Maru Campos bajo una acusación de dimensiones mayores: “traición a la Patria”.

Dos escenarios distintos, dos voces diferentes y un mismo eje discursivo: la defensa nacional frente a amenazas externas.

Soberanía

La defensa de la soberanía ocupa un lugar singular en la historia política mexicana. No es una palabra cualquiera. Carga consigo una conquista, varias invasiones, pérdidas territoriales, petróleo expropiado y la larga construcción de una identidad nacional basada en la autodeterminación. Pocas expresiones poseen una fuerza simbólica semejante. Convoca historia, identidad y dignidad nacional. También ofrece una ventaja política adicional: ordena la conversación y simplifica los conflictos. Por eso la palabra reaparece con frecuencia en momentos de presión externa.

Seguridad

Pero mientras el discurso oficial parecía intentar colocar a la soberanía al centro de la escena, la realidad insistía en empujar el debate hacia otro sitio.

La entrega voluntaria de dos personas requeridas por autoridades estadounidenses; las preguntas sobre qué información podrían aportar; y la aceleración en los anuncios de aseguramientos y desmantelamiento de instalaciones vinculadas a drogas sintéticas volvieron a colocar la seguridad en el centro del escenario público.

¿Soberanía o seguridad?

La pregunta importa porque el gobierno parece intentar un reencuadre político: defensa nacional frente a presiones externas. Pero los acontecimientos recientes parecen insistir en otra dirección: redes criminales, estructuras de protección, infiltración institucional y relaciones cada vez más complejas entre políticos y crimen organizado.

La soberanía es un concepto poderoso. Apela a la historia y a la identidad. La seguridad opera de otro modo: es cotidiana, se siente. Se experimenta al transitar una carretera, abrir un negocio o decidir si una familia puede desplazarse sin miedo.

La soberanía se escucha en discursos. La seguridad se vive.

La marcha morenista en Chihuahua

En medio de esa tensión apareció el episodio de Chihuahua. Y quizá merece una lectura más amplia que la anécdota o el análisis del debut poco afortunado de la nueva presidenta nacional de Morena. Puede verse como un paso adicional en una tendencia más profunda: la creciente polarización política y el endurecimiento del lenguaje utilizado frente a las oposiciones.

Porque “traición a la Patria” no es únicamente una expresión políticamente inflamable. En México posee un significado jurídico extraordinario. El Código Penal Federal reserva esa figura para actos dirigidos contra la independencia, soberanía o integridad nacional con el propósito de someter al país a una persona, grupo o gobierno extranjeros. La Ley de Seguridad Nacional la ubica además entre las amenazas directas a la estabilidad y permanencia del Estado mexicano. No pertenece al vocabulario de la competencia electoral ordinaria. Pertenece al repertorio de las amenazas existenciales.

Y ahí aparece una paradoja difícil de ignorar.

Porque si la acusación se toma en sentido estricto —más allá del impacto político inmediato— surge una consecuencia inesperada: la necesidad de identificar al agente externo cuya acción colocaría en riesgo a la nación.

México mantiene con Estados Unidos una relación compleja, desigual y conflictiva en numerosas ocasiones. Pero es también una relación de interdependencia económica, comercial y de seguridad imposible de desconocer.

Nadie ha planteado convertir a Estados Unidos en enemigo de México. Pero cuando conceptos jurídicos y políticos diseñados para escenarios extraordinarios comienzan a utilizarse con ligereza en la disputa partidista cotidiana, pueden terminar produciendo efectos que van más allá de la intención inicial.

Las palabras no sólo describen la realidad. También la reorganizan.

Y cuando la acusación es traición a la Patria, el adversario atrás de esa traición comienza poco a poco a adquirir rasgos de enemigo.

La otra frase pronunciada en Yucatán introdujo una tensión distinta. La presidenta afirmó que la Transformación no sería refugio para corruptos y que nadie podría esconderse bajo su halo protector.

La expresión tiene fuerza política porque toca uno de los pilares fundacionales del movimiento gobernante: la promesa de una superioridad ética respecto al pasado. Pero las frases poderosas tienen una característica incómoda: dejan de ser consignas y se convierten en criterios de evaluación.

Porque si nadie puede esconderse bajo el paraguas de la Transformación, la pregunta inevitable deja de ser quién está afuera. Comienza a ser quién permanece adentro cuando debería estar afuera.

Y ahí la realidad vuelve a mostrar resistencia frente al discurso.

Porque si la soberanía intenta ordenar la conversación, la seguridad insiste en irrumpir; y si la depuración ética se presenta como promesa, la política recuerda la complejidad de alianzas, trayectorias, lealtades y silencios acumulados. Los aliados del “haiga sido, como haiga sido” de Morena.

Este fin de semana dejó tres palabras flotando en el ambiente político: soberanía, seguridad y supervivencia.

Soberanía: la narrativa que el gobierno intenta reinstalar.

Seguridad: el tema que los acontecimientos devuelven una y otra vez al centro del debate.

Supervivencia. Pero no únicamente la de un partido o una estrategia política. Se trata de la supervivencia de las capacidades del Estado, de la confianza pública y de la posibilidad de recuperar territorios donde la autoridad ha dejado de ser plenamente autoridad.

Porque quizá la pregunta más importante no sea quién amenaza nuestra soberanía desde fuera. Tal vez la pregunta decisiva sea otra: qué dejamos crecer adentro para volvernos vulnerables. Y esa pregunta ya no puede responderse con el silencio sobre el pasado. Menos con su ocultamiento. Esta discusión suele ser menos cómoda: obliga a revisar aliados, silencios y responsabilidades propias.

El desafío de fondo no es únicamente defender la soberanía frente a presiones externas. También consiste en reconstruir capacidades internas: instituciones eficaces, fronteras claras entre política y crimen, y una conversación pública capaz de distinguir entre discrepancia y amenaza existencial. Las democracias suelen debilitarse no sólo cuando pierden control sobre su territorio, sino también cuando pierden precisión en sus palabras.

Quizá ahí resida la ironía del fin de semana pasado. Mientras el discurso oficial intentó instalar la narrativa de la soberanía, la realidad insiste en hablar de seguridad. Y la terca realidad suele ser una adversaria difícil de disciplinar, más cuando está en juego la supervivencia.— Mérida, Yucatán

dulcesauri@gmail.com

Licenciada en Sociología con doctorado en Historia. Exgobernadora de Yucatán

 

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