Alma jacobina y presidencia girondina

La discusión sobre la iniciativa de reforma judicial enviada por la presidenta Claudia Sheinbaum al Congreso, parece concentrarse en el afortunado cambio de fecha de la elección de la otra mitad de jueces y magistrados.

Programada originalmente para 2027, simultánea con la complicadísima elección de 17 gubernaturas, además de la nueva legislatura de la Cámara de Diputados, ahora se realizará en 2028. La iniciativa mantiene intocado el fondo de la reforma que cimbró al Poder Judicial en 2025, con algunos ajustes. Falta más de lo que se propone, para tratar de paliar los efectos más nocivos de la improvisación y ligereza con las que se actuó hace apenas un año.

Sin embargo, detrás del lenguaje administrativo de la iniciativa presidencial se asoma algo más profundo: una disputa sobre la naturaleza del poder que Morena quiere ejercer y sobre el tipo de régimen político que está tratando de construir.

La antinomia

Quizá el punto menos visible de la controversia es la contradicción entre los artículos 94 y 97 constitucionales respecto a la presidencia de la Suprema Corte de Justicia de la Nación. El primero establece que la presidencia se renovará de manera rotatoria cada dos años, de acuerdo al número de votos obtenido en la elección judicial. Esto es, desde septiembre de 2025 preside quien alcanzó la mayor votación, el ministro Hugo Aguilar.

A partir de septiembre de 2027, lo hará el segundo lugar, la ministra Lenia Batres. No obstante, el artículo 97 mantiene el esquema anterior, por el que el Pleno de ministro/as elige a su presidente/a por mayoría y por un periodo de cuatro años.

No se trata solamente de una antinomia jurídica. Son dos concepciones distintas del poder judicial. Una, basada en legitimidad plebiscitaria; la otra, en la lógica institucional y el principio del funcionamiento de la Suprema Corte como un órgano colegiado. Por eso, la presidenta Sheinbaum, emulando a Pilato, se lavó las manos del asunto y lo transfirió al poder Legislativo. A su vez, varios diputados han señalado que la SCJN tiene facultades para interpretar si se aplica en 2027 uno u otro precepto constitucional.

La eventual llegada de Lenia Batres a la presidencia de la Corte en 2027 ha convertido el tema en una cuestión política compleja. Para diversos sectores empresariales, financieros y técnicos del propio gobierno, Batres representa incertidumbre. Sus reiteradas posiciones sobre la posibilidad de revisar asuntos considerados “cosa juzgada”, así como su visión militante del papel de la justicia, son interpretadas como señales de radicalización. Para otros sectores de Morena, en cambio, ella encarna la continuidad doctrinaria de la llamada Cuarta Transformación y la necesidad de impedir que el viejo aparato judicial sobreviva bajo nuevas formas.

Quizá la comparación resulte excesiva, pero inevitablemente aparece la vieja división de la Revolución Francesa entre girondinos y jacobinos.

Los girondinos eran revolucionarios, pero temían que la revolución permanente terminara destruyendo las bases mismas de la República. Defendían libertades, legalidad y descentralización. Los jacobinos, encabezados por Maximilien Robespierre, sostenían que la revolución estaba siempre amenazada y que el Estado debía concentrar poder para salvarla. Entre ambos terminó imponiéndose el Terror.

Girondinos y jacobinos en Morena

No es necesario exagerar paralelismos históricos para advertir ciertas similitudes de lógica política. Dentro de Morena parecen convivir dos impulsos distintos: uno que privilegia institucionalización, estabilidad y gobernabilidad; otro que considera que la transformación sigue amenazada por poderes económicos, mediáticos y judiciales que deben ser contenidos o desplazados.

La tensión no es nueva. La candidatura a la jefatura de gobierno de la Ciudad de México lo mostró con claridad. Aunque Omar García Harfuch aparecía como ganador de las encuestas y contaba con la simpatía de la presidenta, terminó imponiéndose Clara Brugada, respaldada por las estructuras territoriales y por los sectores más beligerantes del movimiento. Fue una señal temprana: Sheinbaum no controla por completo a Morena, y Morena tampoco es una fuerza homogénea.

Los hermanos Batres simbolizan precisamente esa izquierda militante de larga duración que desconfía profundamente de las élites técnicas, de la neutralidad institucional y de los pactos con los poderes económicos. No son simplemente “radicales”; representan una tradición política forjada en la oposición y alimentada por décadas de confrontación con el Estado neoliberal. El problema para la presidenta es que comparte parcialmente ese origen ideológico, pero gobierna desde una institución cuya lógica es distinta.

Porque una cosa es conquistar el poder y otra ejercerlo.

La presidencia mexicana obliga a administrar inflación, mercados, inversión extranjera, relación con Estados Unidos, déficit fiscal, violencia criminal y estabilidad monetaria. La revolución puede vivir de consignas; el gobierno, no.

Quizá Claudia Sheinbaum tiene alma jacobina, pero la presidencia necesita a una cabeza girondina.

El problema es que la realidad no da tiempo para decidir.

A diferencia de la Revolución Francesa, el gran factor desestabilizador del México contemporáneo no es la aristocracia ni una invasión extranjera. Es la violencia criminal y la creciente narrativa de colusión entre sectores del poder político y el crimen organizado. Más allá de la veracidad puntual de cada acusación, empieza a consolidarse la percepción de que en varias regiones del país resulta difícil distinguir dónde termina el poder territorial del Estado y dónde comienza el de las organizaciones criminales.

Ese es un problema potencialmente devastador para Morena. El movimiento construyó buena parte de su legitimidad sobre la denuncia moral del viejo régimen: corrupción, privilegios y complicidades inconfesables. Si ahora la narrativa dominante se desplaza hacia la sospecha de connivencia criminal, el golpe puede ser mucho más profundo que cualquier derrota electoral.

Y ahí aparece otro actor decisivo: Estados Unidos. Las investigaciones, acusaciones o filtraciones provenientes de agencias estadounidenses pueden terminar influyendo directamente en las tensiones internas del oficialismo. Para los sectores más radicales, tales señalamientos constituyen injerencia política y presión imperial. Para los grupos más institucionales o técnicos representan, en cambio, riesgos financieros, comerciales y diplomáticos que amenazan la estabilidad del gobierno mismo.

La discusión sobre la presidencia de la Corte podría convertirse entonces en el indicador visible sobre qué corriente logra prevalecer dentro de Morena. Si se armoniza la Constitución para impedir una presidencia automática derivada del artículo 94, la señal será una. Si prevalece la lógica plebiscitaria original y Lenia Batres encabeza la Suprema Corte en 2027, la señal será otra muy distinta.

Aunque quizá para entonces otros acontecimientos ya se hubieren impuesto sobre todas las corrientes y facciones.

La historia tiene cierta ironía cruel: los movimientos políticos creen conducirla, hasta que descubren que también pueden ser arrastrados por ella. En México, además, la historia no avanza sola: la acompañan la violencia, el dinero criminal, las presiones internacionales y la fragilidad institucional. Tal vez dentro de algunos años la disputa entre jacobinos y girondinos de Morena parezca menos importante que otra pregunta mucho más simple: quién terminó gobernando realmente: el partido, el Estado… o las circunstancias.— Mérida, Yucatán

Correo: dulcesauri@gmail.com

*Licenciada en Sociología con doctorado en Historia. Exgobernadora de Yucatán

  

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