La mujer en las Fuerzas Armadas y el Congreso
En memoria de la guardia nacional Naomi Elizabeth Martínez,
caída en el cumplimiento de su deber el 22 de febrero de 2026.
Campo Marte
El 8 de marzo de 2026 la conmemoración del Día Internacional
de las Mujeres se trasladó a un escenario poco habitual: el Campo Marte,
corazón ceremonial de las Fuerzas Armadas mexicanas. La decisión tuvo un peso
simbólico evidente. No es frecuente que la reivindicación de los derechos de
las mujeres se exprese en un espacio históricamente asociado con la disciplina
militar, la jerarquía y el mando.
Las imágenes de la ceremonia mostraron dos planos distintos
de una misma realidad.
En la explanada, formadas en filas impecables, cientos de
jóvenes mujeres uniformadas: soldadas, marinas, integrantes de la Guardia
Nacional, cadetes en formación. La presencia femenina en las instituciones
armadas ya no es excepcional. Durante décadas, la participación de las mujeres
en el ámbito militar estuvo limitada casi exclusivamente a los servicios de
sanidad o a tareas administrativas. Hoy esa situación ha cambiado.
En el Ejército y la Fuerza Aérea cerca de 17 mil mujeres
integran actualmente las filas, alrededor del diez por ciento del total de
efectivos. En la Marina la proporción es mayor y en la Guardia Nacional alcanza
aproximadamente una cuarta parte del personal. Cada año ingresan más mujeres a
las escuelas militares, y cada año también aumenta su presencia en unidades
operativas.
A primera vista podría parecer que las instituciones armadas
mexicanas viven una transformación profunda.
Pero el mapa del mando cuenta otra historia.
El mando que tarda
El Ejército mexicano está organizado territorialmente en 12
regiones militares y 48 zonas militares. La Armada se divide en 7 regiones
navales y 13 zonas navales. En esas estructuras se concentra el mando operativo
y estratégico de las fuerzas armadas del país. Son los espacios donde se toman
las decisiones sobre despliegues, operaciones y control territorial.
En ninguna de esas regiones o zonas hay hoy una mujer al
frente.
La explicación tiene varias capas. Una de ellas es
generacional. Las primeras mujeres fueron admitidas en el Heroico Colegio
Militar apenas en 2007. Esa decisión abrió por primera vez el acceso femenino a
la principal institución formadora de oficiales de combate del Ejército
mexicano. Las primeras generaciones egresaron alrededor de 2011.
Quince años después, esas oficiales apenas están alcanzando
los grados de capitana o mayor. En términos de carrera militar, todavía no han
llegado al tramo donde comienzan los ascensos a general y, con ellos, la
posibilidad de asumir mandos territoriales.
Pero también existe una explicación estructural. Muchas de
las mujeres que han alcanzado grados superiores pertenecen a los servicios
técnicos —sanidad, administración, áreas jurídicas o especialidades
profesionales—, no a las armas de combate que tradicionalmente alimentan la
línea de mando operativo. Incluso las pocas mujeres que han alcanzado el grado
de general provienen principalmente de esos servicios.
En consecuencia, aunque el número de mujeres en las filas
aumenta de manera sostenida, su presencia en la cúspide del mando territorial
sigue siendo prácticamente inexistente.
El resultado es una paradoja visible: las mujeres ya están en
las filas del Ejército y de la Marina, pero todavía no en el mando estratégico.
Un espejo en el Congreso
Algo parecido ocurre en otro ámbito del poder público
mexicano: el Congreso de la Unión.
En la Cámara de Diputados existen dos órganos de conducción
claramente diferenciados. Por un lado está la Mesa Directiva, que preside las
sesiones, garantiza el orden parlamentario e interpreta las normas de
funcionamiento de la Cámara. Es, además, la instancia que representa
institucionalmente al órgano legislativo.
Por otro lado está la Junta de Coordinación Política
(Jucopo). Allí se negocian los acuerdos entre los grupos parlamentarios, se
define la integración de las comisiones legislativas, se distribuyen los
recursos administrativos y se decide buena parte de la agenda parlamentaria.
La diferencia entre ambos órganos es evidente. La Mesa
Directiva es el espacio visible del funcionamiento parlamentario. La Junta de
Coordinación Política es el lugar donde se construyen las decisiones
estratégicas.
En la Mesa Directiva las mujeres han logrado abrir espacios
en las últimas décadas. Desde que en 1999 se estableció la presidencia anual de
la Cámara, varias diputadas hemos ocupado este cargo en distintos momentos y
bajo distintos gobiernos.
Pero en la Junta de Coordinación Política (Jucopo) —el
verdadero centro de decisión parlamentaria— la historia es muy distinta. En más
de dos décadas solo cuatro mujeres han ocupado su presidencia, y únicamente dos
de ellas lo hicieron durante un año completo.
La razón es institucional: la presidencia de la Jucopo
corresponde a quien coordina uno de los tres grupos parlamentarios más
numerosos. Y las coordinaciones parlamentarias siguen estando ocupadas
mayoritariamente por hombres.
Las mujeres avanzan en los espacios visibles de las
instituciones, pero tardan mucho más en llegar a los lugares donde se decide la
estrategia política.
La comparación entre el Congreso y las Fuerzas Armadas puede
parecer un tanto forzada, pero revela un fenómeno institucional similar.
En ambos casos las mujeres han comenzado a incorporarse a las
estructuras formales de las instituciones. En ambos casos su presencia es cada
vez más visible. Y en ambos casos el acceso al núcleo donde se toman las
decisiones estratégicas sigue siendo mucho más lento.
El tema adquiere un matiz adicional cuando se recuerdan las
denuncias que en los últimos años han involucrado a elementos de las Fuerzas
Armadas en graves violaciones a los derechos humanos de mujeres, en particular
acusaciones de violencia sexual, incluso hacia sus mismas compañeras. La
presencia femenina creciente dentro de las instituciones militares no
transforma por sí sola culturas organizacionales arraigadas, pero sí abre la
posibilidad —y la exigencia— de que esas instituciones evolucionen.
Al mismo tiempo, el país vive un hecho histórico imposible de
ignorar.
Por primera vez en la historia de México, una mujer ocupa la
Presidencia de la República y es, por mandato constitucional, Comandanta
Suprema de las Fuerzas Armadas. El voto mayoritario de la ciudadanía colocó a
Claudia Sheinbaum en la cúspide del poder político del país.
Ese hecho tiene un significado profundo.
Pero las instituciones rara vez cambian de manera simultánea
en todos sus niveles. La igualdad puede abrirse paso primero en la cúspide del
sistema político y presentar una mayor resistencia para permear a las
estructuras superiores del mando.
Tal vez el Campo Marte dejó una imagen que resume bien
nuestro tiempo. Las mujeres ya están presentes en las filas militares, en las
curules legislativas y, por primera vez, en la presidencia de la república,
símbolo del poder político del país. La presencia femenina ha avanzado con
rapidez. El ejercicio del poder, con mucha más cautela. Porque una cosa es
estar en la formación institucional y otra muy distinta, decidir el rumbo de la
marcha.— Mérida, Yucatán
dulcesauri@gmail.com
Licenciada en Sociología con doctorado en Historia.
Exgobernadora de Yucatán