Bomba de profundidad 2026
Apenas inicie el periodo ordinario de sesiones del
Congreso de la Unión —el próximo 1 de febrero— comenzará la colocación de una
bomba de profundidad, en el corazón del sistema político mexicano, destinada a
detonar un año después, en 2027. No es una metáfora exagerada: se trata de la
concurrencia de procesos electorales y del rediseño institucional. Reformas que
se pretenden aprobar con suficiente anticipación para que, cuando llegue el
momento, ya no exista margen de corrección.
La presidenta Claudia Sheinbaum ha adelantado que
enviará una iniciativa de reforma constitucional en materia electoral,
supuestamente derivada de los trabajos de una comisión encabezada por Pablo
Gómez y que ya acumula meses de consultas, decenas de reuniones técnicas y de
diagnósticos compartidos. Sin embargo, lo relevante no es tanto el origen de la
iniciativa como su oportunidad política y sus efectos acumulados. Lo que se ha
venido preparando es una reforma de régimen, diseñada para operar plenamente en
las elecciones de 2027, el año en que México enfrentará la mayor concentración
de procesos electorales de su historia reciente.
Saturación como método
En 2027, además de la elección federal de diputados,
estarán en juego 17 gubernaturas, más de la mitad de las 32 entidades
federativas del país. Habrá elecciones municipales en 30 estados, con la
renovación simultánea de sus congresos locales. A lo anterior se sumará la
elección de la mitad restante de jueces y magistrados federales, así como la
elección de jueces y magistrados locales en un número significativo de
entidades, en cumplimiento del mandato constitucional que fijó ese año como
plazo máximo.
Nunca antes el electorado mexicano había sido convocado
a decidir, en una misma coyuntura, sobre los poderes ejecutivos locales
—estatal y municipal—, el poder Legislativo local, así como sobre una parte
sustantiva del poder Judicial. Además se renueva la Cámara de Diputados del
Congreso de la Unión. No es democracia participativa llevada al extremo: es
saturación institucional en la que la persona más versada simplemente se
pierde.
La pregunta correcta no es si el sistema electoral
puede resistir una elección de esa magnitud. La cuestión a indagar es qué y
quién gana políticamente al forzarlo hasta el límite de la intrascendencia
porque, a fin de cuentas, no importa a quién se elige ni para qué cargo.
El caos administrado
Desde hace años, el sistema electoral mexicano ha
descansado en una premisa básica: la certeza. Certeza en las reglas, en los
tiempos, en la actuación de las autoridades responsables y en la delimitación
clara de los cargos en disputa. La concurrencia extrema rompe esa premisa.
Multiplica boletas, sobrepone campañas, diluye el debate público y reduce al
mínimo la capacidad ciudadana de evaluar trayectorias, propuestas y
responsabilidades.
En ese contexto, cualquier irregularidad puede
explicarse —y normalizarse— como consecuencia inevitable de la complejidad.
Cualquier falla logística puede presentarse como accidente técnico. Cualquier
conflicto poselectoral puede relativizarse como producto de la “magnitud
inédita” del proceso. El riesgo no es el fraude clásico; es algo más
trascendente: la erosión de la confianza.
El Instituto Nacional Electoral, ya presionado
presupuestalmente y sometido a una descalificación política constante, sería
llevado a un punto de tensión extrema. No por incapacidad técnica, sino por
diseño político fríamente calculado.
Elección judicial y poder local: conflicto diferido
La elección de jueces y magistrados introduce, además,
un factor adicional de inestabilidad. En los estados que renovarán
gubernaturas, los nuevos ejecutivos llegarán con el incentivo inmediato de
influir sobre los poderes judiciales locales, justo cuando éstos atraviesen un
proceso de renovación. El conflicto entre poderes no solo es previsible: es de
naturaleza estructural.
No es casual que el plazo constitucional límite para la
elección judicial haya sido fijado en 2027. Al concentrar en ese año la disputa
por el control político y judicial, se reduce la capacidad de los actores
locales para procesar transiciones ordenadas. El resultado no es una justicia
más democrática, sino una justicia atrapada en la lógica electoral.
Una reforma sin consensos
Toda reforma electoral auténtica parte de una lógica
elemental: las reglas del juego deben construirse con amplio consenso, porque
regulan la competencia entre adversarios. Cuando una reforma se impulsa desde
la mayoría, como es en este caso, para operar en el momento de mayor
concentración de poder de esa misma mayoría, deja de ser un acuerdo
institucional y se convierte en una apuesta de dominación.
Eso es lo que vuelve especialmente delicado el momento
elegido. Aprobar en 2026 una reforma para ejecutarla en 2027 no busca mejorar
el sistema, sino cerrar el margen de reacción de la oposición, de las
autoridades electorales y de la propia sociedad.
El contexto que no puede ignorarse
A este cuadro de saturación institucional conviene
añadir un elemento que no puede seguir tratándose como nota al pie de página:
el contexto internacional. En noviembre de 2026, Estados Unidos celebrará
elecciones de mitad de mandato, y el presidente Donald Trump ha dejado claro
que México ocupa un lugar central en su agenda política, tanto en materia
comercial —con el T-MEC permanentemente bajo presión— como en seguridad. La
narrativa sobre los cárteles y la intervención externa ha dejado de ser marginal.
Pretender que una reforma electoral mal diseñada, aprobada en 2026 y ejecutada
en el año de mayor concurrencia política de nuestra historia, no tendría
efectos más allá de nuestras fronteras, constituye una ceguera estratégica.
Los escenarios de inestabilidad no se desarrollan en el
vacío. La experiencia de Venezuela recuerda que los procesos de erosión
institucional suelen comenzar con reformas “legales” que desordenan el sistema
político, debilitan la legitimidad interna y abren flancos que otros no dudan
en aprovechar. Pensar que “aquí no pasa nada” no es una defensa de la
soberanía; es renunciar a ejercerla con inteligencia. Si la reforma electoral
que se pretende aprobar en 2026 genera incertidumbre, conflicto o deslegitimación
en 2027, el problema no será solo del régimen político en turno. Será un
problema del Estado mexicano, en un momento internacional particularmente
adverso. Y a ese riesgo —mucho mayor, mucho más delicado— se suma todavía otro
instrumento constitucional cuya sola activación podría convertir la
inestabilidad en ruptura. De eso hablare con mayor detalle en próxima ocasión,
porque ya no se trata de una bomba de profundidad, sino de un artefacto
dirigido hacia objetivos calculados para destruir instituciones y provocar
inestabilidad.
En ésta que fue mi primera colaboración del año,
reitero el reconocimiento al Diario de Yucatán por su generosidad al brindarme
espacio para expresar mis ideas. A tod@s los lectores de su página editorial,
¡Feliz 2026!— Mérida, Yucatán