jueves, 25 de febrero de 2016

Iniciativa ciudadana. Una vida libre de corrupción

Dulce María Sauri Riancho
El martes de la semana pasada asistí como una de las personas invitadas por el Centro Empresarial de Mérida (Coparmex) a la presentación de una iniciativa de ley para combatir la corrupción. Una especie de resignada curiosidad guió mis pasos, más cuando el expositor era Juan Pardinas, de quien admiro su sencillez y contundencia en la exposición de complicados asuntos de naturaleza económica, como los que aborda el Instituto Mexicano para la Competitividad (Imco). Sólo que en esta ocasión no se trataba de un estudio que permitiera conocer la situación de Yucatán o de Mérida en los rankings nacionales de competitividad, sino de una propuesta para impulsar una iniciativa de ley. Su singularidad descansa en que no son diputados o senadores, ni miembros de un partido quienes la promueven, sino ciudadanos que utilizan por primera vez un mecanismo instaurado en la Constitución de la república cuando se reformó en 2013: la figura de “iniciativa ciudadana”, que faculta a un grupo de personas “de a pie” a reunirse para formular la propuesta y movilizarse para lograr las firmas necesarias para que pueda ser admitida a discusión y análisis en el Congreso de la Unión.

La iniciativa “3 de 3” fue bautizada con ese nombre porque busca hacer obligatorias tres cosas: una, la entrega de la declaración patrimonial; dos, la declaración de intereses, donde el servidor público enumere familiares, amigos cercanos o compadres, con quienes puede acordar beneficios mutuos con cargo al erario; y tres, la certificación de haber cumplido la declaración ante el Servicio de Administración Tributaria (SAT), es decir, de haber pagado impuestos. En la galería de transgresiones vinculadas a la corrupción, Pardinas citó 10: soborno; peculado o desvío de fondos; tráfico de influencias; abuso de funciones; enriquecimiento oculto; obstrucción de la justicia; colusión; uso ilegal de información confidencial; nepotismo; conspiración para cometer actos de corrupción.

¿Por qué un grupo de profesionales, principalmente jóvenes abogados, de diferentes instituciones académicas y privadas se están tomando tan a fondo el compromiso de lograr la aprobación de una Ley General de Responsabilidades Administrativas que prevenga y combata la corrupción? La primera respuesta que me viene a la mente tiene que ver con la esperanza de que las cosas que nos duelen como país y como sociedad pueden cambiar. Que no se trata simplemente de esperar que suceda mágicamente, sino que puede haber caminos para lograrlo, con el convencimiento y la participación de cada una de las personas que están inconformes, quienes, por cierto, son muchas. No se limitan a pedir, exigir a los legisladores que cumplan el compromiso de la reforma constitucional para desarrollar las dos leyes generales y un buen número de leyes federales y de los estados que permitan establecer el sistema nacional anticorrupción. Porque hay la preocupación de que ese gigantesco esfuerzo de introducir en la Carta Magna las disposiciones correspondientes pueda volver a terminar en una gran frustración, cuando la llamada legislación secundaria sea inoperante o, peor aún, se dedique a encontrar subterfugios para evadir el compromiso.

Cuando se trata de combate a la corrupción hay dos tipos de respuestas: aquellas personas que consideran que es un fenómeno tan grande y generalizado, que es imposible erradicarlo porque forma parte del entramado social. Otros más piensan que ni siquiera vale la pena intentarlo, frente a las múltiples formas que existen de evadir cualquier medida, por modesta que sea, para cortarle el tronco a la hidra de mil cabezas. Sobre el conformismo: ¡cuántas cosas hubieran permanecido si no hubiese habido una mujer valiente como Rosa Parks en Montgomery, cuando se negó a cambiarse al fondo del autobús, lugar reservado a la población “de color”! La discriminación, su sustento ideológico y económico, parecían sólidos e inconmovibles en Sudáfrica, hasta que Nelson Mandela removió las conciencias y movilizó voluntades para vencer al apartheid. ¡Claro que la cultura puede cambiar! Si algún grupo social lo sabe en México somos las mujeres, que en los últimos cien años hemos logrado remover obstáculos para el ejercicio de los derechos que nos corresponden como personas. Que no están sólo en la ley, sino en las costumbres, también es cierto. Pero estoy convencida de que si las leyes no hubieran cambiado, difícilmente hubiéramos tenido sostén para luchar contra las costumbres que discriminaban a las mujeres y a las niñas en razón de su género.


Por eso aliento esperanza de cambios en cuanto a lograr una vida libre de corrupción para la sociedad mexicana. No es sólo un asunto ético o un imperativo moral. Se trata también de competencia económica, de costos de producción, de certidumbre que permite planear inversión y utilizar mejor los recursos. La apropiación individual de lo que es de todos tiene un costo monetario para el conjunto social. Incluso, se habla de cantidades multimillonarias que en vez de llegar a los bolsillos de la gente vía mejores precios de los productos y salarios más elevados, se van a residencias, aviones, yates y otros bienes que se adquieren con un dinero que llegó rápido y fácil y que por eso se despilfarra con displicencia. Si quieres firmar la iniciativa ciudadana de Ley General de Responsabilidades Administrativas, puedes hacerlo en el formato que aparece en la página www.tresdetres.mx o acudir a uno de los centros de registro allí listados. ¡Anímate! Es asunto de todos.— Mérida, Yucatán.

miércoles, 17 de febrero de 2016

Visita Papal. Con olor a ovejas

Dulce María Sauri Riancho
La tarde de este miércoles, el papa Francisco emprenderá su viaje de regreso a Roma. Habrá permanecido seis intensos días en nuestro país, que recorrió en todas direcciones, para culminar en la frontera norte de México, en la simbólica Ciudad Juárez. La agenda del Pontífice ha sido amplia y variada.

Ha hablado claro y fuerte de los graves problemas de violencia, corrupción y narcotráfico que vive nuestro país. La tolerancia social y la indiferencia frente a la pobreza y la marginación han sido condenadas por Francisco, quien nos ha recordado insistentemente que cada uno de nosotros tiene una obligación de amor hacia sus semejantes. Los más frágiles, los más humildes han recibido atención y cuidado papal, mezclados permanentemente con una cálida sonrisa en un hombre que a sus 79 años llegó a la ciudad de México, con su contaminado aire a 2,500 metros de altura.

El Papa caminó, saludó, habló como si fuese un habitante más de ese sufrido Valle de México, donde a punto estuvo de declararse la precontingencia ambiental que hubiese evitado la realización de actos masivos en el exterior, significativamente la misa del domingo pasado en Ecatepec.

El Papa visitó México en su doble carácter de jefe del Estado Vaticano y de la Iglesia Católica. Es la segunda ocasión que así sucede; la primera fue en 1993, agosto, justamente en Yucatán. Recién se había reformado la Constitución para reconocer a las asociaciones religiosas, lo que permitió la reanudación de las relaciones diplomáticas con el Estado Vaticano. Fue la única visita de las cinco que realizó a México el Papa San Juan Pablo II con estas características. Benedicto XVI asistió exclusivamente al Bajío en función pastoral. Ahora llegó Francisco.
En 1993, tuve el honor de recibir a nombre de los yucatecos, al Papa Juan Pablo II.
El balance entre las dos agendas ha permitido ver al diplomático aplicado lo suficiente para cumplir su papel de representación política de un estado que México reconoció apenas hace 23 años. Por eso fue recibido con toda pompa en el Patio Central del Palacio Nacional, en una ceremonia encabezada por el presidente de la república.

Además del gabinete presidencial, menudearon los políticos de distintos partidos, entusiasmados quizá por la cercanía a una figura que podría eventualmente reforzar sus maltrechas imágenes ante el electorado. Considero que Francisco representó exitosamente al Estado Vaticano. No sé si tuvo la misma fortuna el presidente Enrique Peña Nieto, pues es jefe de un estado laico, cuya conducta externa tiene que estar normada por este principio constitucional. En lo personal, hubiera preferido que el acto de comulgar en la misa de la Basílica de Guadalupe lo hubiese realizado en la esfera de su vida privada, un domingo o día de guardar, en vez de hacerlo ante la mirada de millones de mexicanos que son, sí, en su mayoría católicos, pero otros, casi el 20%, no lo son. Y esta cuestión nos remite a la esencia del Estado laico.

El laicismo en México ha sido la mejor garantía para el pleno ejercicio de las libertades, que permite a las personas creer en Dios o no hacerlo; que abre espacio a la libre elección de la fe religiosa y a su práctica, sin temor a represalias o a la discriminación. Ese sentido de libertad que representa el Estado laico se aprecia más en estos tiempos de resurgimiento de los estados teocráticos en el Medio Oriente. La religión musulmana no se limita a ser de Estado, sino que sus principios son norma obligada para todos sus ciudadanos, la profesen o no. Fenómenos de persecución religiosa que parecían haber sido finalmente extirpados de la conducta humana han resurgido con una extraordinaria intensidad en esos países en los cuales ser católico o cristiano representa persecución y un riesgo real de vida.

Cubiertas las formalidades de su representación política, el Papa Francisco se entregó de lleno a su misión pastoral. Me impresionó la dureza de su mirada y la parquedad del saludo a la pareja presidencial al concluir la misa en la Basílica de Guadalupe, en tanto que sus ojos brillaban al rezar ante la tilma milagrosa de San Juan Diego. O su calidez hacia los niños y sus padres en la visita al Hospital Infantil de México.

Pero Francisco regresa a Roma. ¿Qué quedará entonces de su presencia en nuestras tierras? Rondaba mi mente una vieja canción de Juan Manuel Serrat, “La Fiesta”, que en sus párrafos finales dice: “Y con la resaca a cuestas, vuelve el pobre a su pobreza; vuelve el rico a su riqueza; y el señor cura a sus misas (…) Vamos bajando la cuesta, que arriba en mi calle se acabó la fiesta”.

Algo así me temería de la visita papal si Francisco no hubiese pronunciado su discurso ante los obispos de México en la Catedral Metropolitana de la capital de la república. No tiene desperdicio. Ante casi 200 personas de la jerarquía eclesiástica, el Papa puso los puntos sobre las íes. “Sean por lo tanto —les dijo— obispos de mirada limpia, de alma transparente, de rostro luminoso. No le tengan miedo a la transparencia. La Iglesia no necesita de la oscuridad para trabajar. Vigilen para que sus miradas no se cubran de las penumbras de la niebla de la mundanidad; no se dejen corromper por el materialismo trivial ni por las ilusiones seductoras de los acuerdos debajo de la mesa; no pongan su confianza en los ‘carros y caballos’ de los faraones actuales, porque nuestra fuerza es la ‘columna de fuego’ que rompe dividiendo en dos las marejadas del mar, sin hacer grande rumor” (https://www.aciprensa.com). Varios destacados personajes presentes deben haberse agitado en sus bancas y preguntado en su corazón, como Judas Iscariote: “¿Acaso seré yo, Maestro?”. Para la inmensa mayoría, las palabras papales reforzaron su convicción de seguir los vientos renovadores de la Iglesia Católica y se aprestaron a transformarse en pastores con olor a ovejas, cerca de quienes sufren de violencia, corrupción y desesperanza. Ellos, obispos y sacerdotes, son los principales responsables de que la visita a México del Papa Francisco tenga frutos que enraícen en el pueblo mexicano, católico o no, que necesita esperanza a través de la Misericordia.— Mérida, Yucatán.


miércoles, 10 de febrero de 2016

Cambios en el gabinete: Pemex y peso.

Dulce María Sauri Riancho
Hace 21 años estábamos en plena crisis económica. En vano afán de mantener el tipo de cambio, el Banco de México había perdido casi la totalidad de sus reservas, que para la fecha en que se precipitaron los acontecimientos ascendía a menos de seis mil millones de dólares americanos. Tocamos fondo en ese primer trimestre de 1995. Una de las pocas consecuencias positivas fue la reforma para conformar al Banco de México como organismo constitucional autónomo, con una única encomienda específica: mantener bajo control la inflación. Ya no tendría la responsabilidad de sostener el tipo de cambio, pues éste quedó supeditado a la oferta y la demanda.

Así comenzó Banxico hace más de 20 años a acumular lentamente reservas en dólares, oro y otras monedas internacionales; así logró mantener en sus arcas parte de las ganancias extraordinarias por la venta de petróleo crudo que pudo obtener el país en tiempos de bonanza petrolera, hasta llegar a la entonces inimaginable cifra de casi 200 mil millones de dólares en 2015. Ese dinero duramente obtenido, con sacrificio de millones de personas, se utilizó durante todo 2015 y en lo que va de este año, para intentar estabilizar el mercado cambiario.
Casi todos los días, el Banco de México vende entre 200 y 400 millones de dólares de sus reservas, y el peso recupera unos cuantos centavos, mismos que pierde en cuanto abre el mercado al siguiente día, en una maniobra que beneficia a unos cuantos grandes especuladores. Aun así, la moneda mexicana se cotizó el lunes pasado a más de 19 pesos a la venta ($19.05).

Por semanas y meses, la explicación oficial sobre la inestabilidad cambiaria y la depreciación del peso descansó en los acontecimientos internacionales —la ralentización de la economía de China, la crisis en la Unión Europea— mismos que, nos insistían, gracias a la previsión de las autoridades mexicanas, se habían logrado salvar. Además, señalaban, un peso más barato favorece las exportaciones mexicanas, en consecuencia, dictaminaban, el perjuicio se reduce a unos cuantos, entre los cuales se encuentran los importadores de mercancías y quienes hacen turismo en el extranjero.

Pero esta semana cambió el discurso. Por primera vez el Banco de México aceptó que el problema proviene también de adentro; que el déficit fiscal y el deterioro de la situación financiera de Pemex están incidiendo en la pérdida de valor del peso. Significa que esos inversionistas extranjeros, dueños de acciones y valores en la Bolsa Mexicana y de los bonos de deuda que emite el gobierno federal están nerviosos porque no se ha dado cumplimiento al compromiso gubernamental de reducir el gasto público, sino que, por el contrario, en 2015 aumentó por encima de lo autorizado por la Cámara de Diputados. Y si el precio del barril de petróleo de la mezcla mexicana ha descendido hasta 25 dólares o menos, cuando se estimaba en casi el doble, 49 dólares, ¿de dónde saldrá el dinero para cubrir el déficit?

Ya vimos que no proviene de reducir el gasto; las exportaciones manufactureras tampoco están creciendo al ritmo estimado; el seguro petrolero cubre una parte de la caída de los ingresos públicos y exclusivamente por este año 2016; entonces, el gasto gubernamental excesivo sólo puede venir de un mayor endeudamiento y de incrementar el déficit de las finanzas públicas. Por si esto no fuera suficiente, la otrora principal fuente de ingresos gubernamentales y flamante “empresa productiva de Estado”, Pemex, reporta pérdidas multimillonarias que la tienen al borde de la quiebra, cosa que ya habría sucedido si fuera una empresa cualquiera.

Pero resulta que toda su deuda, bonos, préstamos de distinta índole, está garantizada por el gobierno federal y forma parte de la deuda soberana de México. En buen castellano: si Pemex deja de pagar o si se deterioran aún más sus finanzas, el castigo de las calificadoras internacionales se hará sobre esos bonos soberanos, que tendrán que pagar réditos más altos si necesitan recaudar recursos para refinanciarse.


Esta situación de deterioro de las finanzas de Pemex debe haber sido la principal motivación de los cambios que realizó el presidente Peña Nieto en su gabinete. En la Secretaría de Salud salió una de las tres mujeres, Mercedes Juan, para ser sustituida por el doctor José Narro, ex rector de la UNAM. En el IMSS, el comisionado contra riesgos sanitarios, Mikel Arriola, entró en lugar de José Antonio González Anaya, quien a partir de ayer encabeza Pemex. Este funcionario, con larga carrera en el sector hacendario, llega sin duda alguna con la difícil encomienda de poner orden en las finanzas de la paraestatal. Si fracasa en su intento, el llamado “riesgo país” se incrementará y todos los préstamos internacionales serán más caros. Consecuencia del peso depreciado, los precios de los productos que en un mundo de economía globalizada tienen un componente internacional, aumentarán todavía más. La inflación repuntaría y el Banco de México tendría que actuar aumentando las tasas de interés. Y si el dinero cuesta más, los negocios tendrán dificultades para financiarse, la gente para pagar sus deudas y la economía podría crecer todavía más despacio. Por el bien de todos, ¡buena suerte, José Antonio González Anaya!—Mérida, Yucatán.

miércoles, 3 de febrero de 2016

Movilización social. Emergencia por el zika

Dulce María Sauri Riancho
Las alarmas mundiales se han encendido en torno al zika. Esta enfermedad es transmitida por el Aedes Aegypti, mosquito que también actúa por cuenta de los virus del dengue y del chikungunya. En sus manifestaciones, las tres dolencias se parecen mucho: fiebre (con mayor intensidad en el dengue), dolor en las articulaciones, conjuntivitis y una erupción, por lo que el diagnóstico médico las puede confundir con relativa facilidad. De esta triada, el zika era considerada por los científicos y epidemiólogos como una infección leve, por lo que la investigación se concentró en las dos primeras, más en el dengue, que ya adquirió carta de naturalización en muchas regiones de México, entre ellas Yucatán.

Como padecimientos producidos por un virus, no hay hasta el momento vacuna que prevenga las enfermedades derivadas de la picadura del mosquito, sólo se recetan medicinas para bajar la fiebre y para que las articulaciones duelan menos, mientras se completa el ciclo y actúa el sistema inmunológico del cuerpo para eliminarlo.

Entonces, si ni siquiera provoca las hemorragias del dengue o el dolor de huesos del chikungunya, ¿cuáles son las razones para que la Organización Mundial de la Salud (OMS) haya declarado al zika como una emergencia sanitaria mundial? La doctora Margaret Chan, directora general de la OMS, anunció la alerta que obliga a todos los países miembros de la organización a adoptar medidas para evitar el contagio de sus ciudadanos. Las alarmas mundiales se encendieron porque al llegar a Brasil —casi 70 años después de su descubrimiento en zika, Uganda (1947)— el virus mutó o se fortaleció de tal manera, que ha logrado penetrar la placenta de las madres embarazadas y afecta el desarrollo neurológico del bebé en el seno materno, provocando una enfermedad congénita conocida como microcefalia.

La característica visible de este padecimiento es la cabeza de dimensiones reducidas, incluso con los huesos deformes, porque el cerebro en formación es afectado por el virus del zika, el cual logra alterar su normal crecimiento. Los bebés que nacen con microcefalia tienen altas posibilidades de desarrollar problemas motrices, convulsiones y retraso en el aprendizaje, incluyendo el habla.

Apenas en octubre del año pasado, en Pernambuco, estado del noreste brasileño, se encendieron los focos rojos al detectarse un inusual incremento del número de recién nacidos con microcefalia. Pasaron de una cifra que fluctuaba entre 10 y 12 al año, a 804, cantidad con que cerró 2015. Los investigadores brasileños comenzaron a encontrar creciente evidencia científica que relacionaba el trastorno congénito de la microcefalia con el padecimiento del zika por mujeres embarazadas. A diferencia de África y Asia, donde se ha presentado periódicamente, el virus que migró a América es más fuerte y capaz de infectar más fácilmente a los seres humanos. Además, en este continente las personas nunca antes habíamos estado expuestas a este contagio, es decir, carecemos de inmunidad que ayude, al menos a una parte, a defenderse del mal.

A la fecha, en casi todos los países de América Latina se han reportado casos. La situación se ha tornado tan alarmante, que en Brasil el Ejército, 220,000 personas, ha recibido el encargo presidencial de hacer batidas procurando eliminar los sitios de reproducción del Aedes Aegypti, es decir, los cuerpos de agua estancada, principalmente. En Colombia, el gobierno ha sugerido a las mujeres que eviten embarazarse hasta mediados de año, cuando calcula haber encontrado una manera eficaz de protección.

El zika ha llegado a Yucatán. A la fecha, la información periodística señala a dos posibles infectados, ambos hombres. Pero el crecimiento del riesgo de que una mujer —y embarazada— sea picada por el mosco transmisor es muy grande. Desde hace varios años el gobierno de Yucatán inició una campaña, “Recicla por tu bienestar”, con el propósito de incentivar a los ciudadanos a deshacerse de todo tipo de desechos que pudieran servir de criaderos del mosquito. En 2015, perdimos el paso en la descacharrización. Quizá porque autoridades y ciudadanos estábamos más concentrados en las campañas electorales que en la eliminación del mosco, lo cierto es que se dispararon los casos de dengue en sus dos manifestaciones, a los que se sumó el chikungunya. Ahora, en 2016, las autoridades no pueden darse el lujo de titubear frente a esta emergencia. Es cierto que no es pertinente causar pánico entre la población, pero ellos, la autoridad, y nosotros, la ciudadanía, tenemos que actuar de manera coordinada para lograr un trabajo eficaz de prevención.

Se criticó, quizá con razón, que la estrategia de “Recicla…” descansaba en el ofrecimiento de una compensación económica o material a quienes llevaran sus trastos viejos y basura a los centros de concentración, lo cual incentivó a almacenarlos en tanto se reanudaba el programa después de su interrupción en el primer semestre de 2015. Ya vimos cuánto nos costó la pausa en enfermos y, lamentablemente, en defunciones. Ahora puede ser peor.

Imagínense el dolor de unos padres cuando su hijo nazca con microcefalia; la angustia de una mujer embarazada sumida en el dilema de realizarse un aborto terapéutico, permitido por la ley en caso de malformación del feto, desalentada por sus convicciones religiosas y su amor de madre. Es motivación más que sobrada para actuar en forma efectiva y dejar guardados protagonismos y descalificaciones.— Mérida, Yucatán.