miércoles, 17 de febrero de 2016

Visita Papal. Con olor a ovejas

Dulce María Sauri Riancho
La tarde de este miércoles, el papa Francisco emprenderá su viaje de regreso a Roma. Habrá permanecido seis intensos días en nuestro país, que recorrió en todas direcciones, para culminar en la frontera norte de México, en la simbólica Ciudad Juárez. La agenda del Pontífice ha sido amplia y variada.

Ha hablado claro y fuerte de los graves problemas de violencia, corrupción y narcotráfico que vive nuestro país. La tolerancia social y la indiferencia frente a la pobreza y la marginación han sido condenadas por Francisco, quien nos ha recordado insistentemente que cada uno de nosotros tiene una obligación de amor hacia sus semejantes. Los más frágiles, los más humildes han recibido atención y cuidado papal, mezclados permanentemente con una cálida sonrisa en un hombre que a sus 79 años llegó a la ciudad de México, con su contaminado aire a 2,500 metros de altura.

El Papa caminó, saludó, habló como si fuese un habitante más de ese sufrido Valle de México, donde a punto estuvo de declararse la precontingencia ambiental que hubiese evitado la realización de actos masivos en el exterior, significativamente la misa del domingo pasado en Ecatepec.

El Papa visitó México en su doble carácter de jefe del Estado Vaticano y de la Iglesia Católica. Es la segunda ocasión que así sucede; la primera fue en 1993, agosto, justamente en Yucatán. Recién se había reformado la Constitución para reconocer a las asociaciones religiosas, lo que permitió la reanudación de las relaciones diplomáticas con el Estado Vaticano. Fue la única visita de las cinco que realizó a México el Papa San Juan Pablo II con estas características. Benedicto XVI asistió exclusivamente al Bajío en función pastoral. Ahora llegó Francisco.
En 1993, tuve el honor de recibir a nombre de los yucatecos, al Papa Juan Pablo II.
El balance entre las dos agendas ha permitido ver al diplomático aplicado lo suficiente para cumplir su papel de representación política de un estado que México reconoció apenas hace 23 años. Por eso fue recibido con toda pompa en el Patio Central del Palacio Nacional, en una ceremonia encabezada por el presidente de la república.

Además del gabinete presidencial, menudearon los políticos de distintos partidos, entusiasmados quizá por la cercanía a una figura que podría eventualmente reforzar sus maltrechas imágenes ante el electorado. Considero que Francisco representó exitosamente al Estado Vaticano. No sé si tuvo la misma fortuna el presidente Enrique Peña Nieto, pues es jefe de un estado laico, cuya conducta externa tiene que estar normada por este principio constitucional. En lo personal, hubiera preferido que el acto de comulgar en la misa de la Basílica de Guadalupe lo hubiese realizado en la esfera de su vida privada, un domingo o día de guardar, en vez de hacerlo ante la mirada de millones de mexicanos que son, sí, en su mayoría católicos, pero otros, casi el 20%, no lo son. Y esta cuestión nos remite a la esencia del Estado laico.

El laicismo en México ha sido la mejor garantía para el pleno ejercicio de las libertades, que permite a las personas creer en Dios o no hacerlo; que abre espacio a la libre elección de la fe religiosa y a su práctica, sin temor a represalias o a la discriminación. Ese sentido de libertad que representa el Estado laico se aprecia más en estos tiempos de resurgimiento de los estados teocráticos en el Medio Oriente. La religión musulmana no se limita a ser de Estado, sino que sus principios son norma obligada para todos sus ciudadanos, la profesen o no. Fenómenos de persecución religiosa que parecían haber sido finalmente extirpados de la conducta humana han resurgido con una extraordinaria intensidad en esos países en los cuales ser católico o cristiano representa persecución y un riesgo real de vida.

Cubiertas las formalidades de su representación política, el Papa Francisco se entregó de lleno a su misión pastoral. Me impresionó la dureza de su mirada y la parquedad del saludo a la pareja presidencial al concluir la misa en la Basílica de Guadalupe, en tanto que sus ojos brillaban al rezar ante la tilma milagrosa de San Juan Diego. O su calidez hacia los niños y sus padres en la visita al Hospital Infantil de México.

Pero Francisco regresa a Roma. ¿Qué quedará entonces de su presencia en nuestras tierras? Rondaba mi mente una vieja canción de Juan Manuel Serrat, “La Fiesta”, que en sus párrafos finales dice: “Y con la resaca a cuestas, vuelve el pobre a su pobreza; vuelve el rico a su riqueza; y el señor cura a sus misas (…) Vamos bajando la cuesta, que arriba en mi calle se acabó la fiesta”.

Algo así me temería de la visita papal si Francisco no hubiese pronunciado su discurso ante los obispos de México en la Catedral Metropolitana de la capital de la república. No tiene desperdicio. Ante casi 200 personas de la jerarquía eclesiástica, el Papa puso los puntos sobre las íes. “Sean por lo tanto —les dijo— obispos de mirada limpia, de alma transparente, de rostro luminoso. No le tengan miedo a la transparencia. La Iglesia no necesita de la oscuridad para trabajar. Vigilen para que sus miradas no se cubran de las penumbras de la niebla de la mundanidad; no se dejen corromper por el materialismo trivial ni por las ilusiones seductoras de los acuerdos debajo de la mesa; no pongan su confianza en los ‘carros y caballos’ de los faraones actuales, porque nuestra fuerza es la ‘columna de fuego’ que rompe dividiendo en dos las marejadas del mar, sin hacer grande rumor” (https://www.aciprensa.com). Varios destacados personajes presentes deben haberse agitado en sus bancas y preguntado en su corazón, como Judas Iscariote: “¿Acaso seré yo, Maestro?”. Para la inmensa mayoría, las palabras papales reforzaron su convicción de seguir los vientos renovadores de la Iglesia Católica y se aprestaron a transformarse en pastores con olor a ovejas, cerca de quienes sufren de violencia, corrupción y desesperanza. Ellos, obispos y sacerdotes, son los principales responsables de que la visita a México del Papa Francisco tenga frutos que enraícen en el pueblo mexicano, católico o no, que necesita esperanza a través de la Misericordia.— Mérida, Yucatán.