jueves, 27 de junio de 2013

Reforma migratoria en los Estados Unidos

Dulce María Sauri Riancho
Este fin de semana habrá votación sobre la reforma migratoria en el Senado de los Estados Unidos. De ser aprobada por la Cámara de Representantes abrirá una nueva etapa de regularización de la situación de millones de personas que viven y trabajan en la Unión Americana sin ser ciudadanos de ese país. Debería ser una buena noticia para México, pues la mayoría de los posibles beneficiados son mexicanos. Sin embargo, no es así, porque el costo de la negociación política para lograr los votos a favor de los senadores republicanos habrá sido demasiado alto para la buena vecindad entre dos naciones que comparten una frontera de 3,200 kilómetros.
La frontera México-Estados Unidos es un espacio binacional desde hace más de siglo y medio donde circulan personas y mercancías. En agosto de 1942 comenzó el Programa Bracero, a través del cual trabajadores agrícolas mexicanos se trasladaban cada año a diversos estados de la Unión Americana para la siembra y cosecha. Concluyó en 1964, después de 22 años de aplicarse con normalidad. Fue el último intento de ordenar los flujos migratorios entre los dos países.
Al abrirse la brecha del desarrollo escasearon las oportunidades de empleo digno en México. Las expectativas de mejoramiento a través de la educación también decrecieron, por lo que aumentó el flujo de migrantes, legales o no, hacia los Estados Unidos. Regiones de México que habían sido muy importantes en el Programa Bracero, como Zacatecas y Michoacán, contribuyeron con grandes contingentes de jóvenes, que se trasladaban a trabajar ya no sólo en el campo, sino también a las ciudades norteamericanas que se encontraban en franco proceso de expansión durante las décadas de 1960 y 1970.
La frontera entre México y Estados Unidos no es sólo un límite político-administrativo. Es una región con perfiles y cultura propia. Más adentro, en las comunidades de los mexicanos en el exterior, como la de los yucatecos en California, nuevas expresiones culturales se suman a las tradiciones de su tierra de origen. La historia nos señala la mutua interdependencia entre las dos naciones. Cuando la necesidad de fuerza de trabajo y las demandas de los empresarios norteamericanos crecen, la vigilancia en la frontera disminuye, los controles se relajan, para dar entrada a quienes en ese momento necesitan para levantar cosechas o realizar servicios de diversa índole. Pero cuando llegan las dificultades económicas, se acude al fácil expediente de repatriar a los que hasta ayer eran indispensables.
Dentro del gran grupo de países que tienen relaciones con Estados Unidos, México ocupa un lugar especial. Es su tercer socio comercial, sólo después de Canadá y China, en tanto que para México es el más importante. En Estados Unidos hay más hablantes de castellano que en la misma España, y la minoría hispana, de la cual las personas de origen mexicano constituyen el porcentaje más importante, es la que crece más rápidamente.
Con estas breves pinceladas más difícil es entender las decisiones del Senado norteamericano del lunes pasado: la virtual militarización de la frontera con México, con una barda que dividirá físicamente más de una tercera parte de la línea fronteriza, vigilada por “drones”, aviones no tripulados como los empleados en la guerra de Afganistán, y más de 40,000 policías. La aceptación de estas medidas de “seguridad” fue la última condición que impusieron los senadores republicanos para dar su voto a favor de la regularización de millones de personas en los Estados Unidos. Aducen que es la única manera de evitar que dentro de algunos años vuelva a surgir la demanda de regularización, aunque el gasto para lograrlo ascienda a la estratosférica suma de 50 mil millones de dólares.
El gobierno mexicano se ha escudado bajo el principio de respeto a las decisiones soberanas de los Estados Unidos, para guardarse su opinión. En frío y en seco, parece ser adecuado. Pero es imposible admitir que no haya una reacción oficial de las autoridades de México frente a medidas que abiertamente atacan la tan publicitada “buena vecindad” entre las dos naciones. En este caso, el silencio dirá mucho.
La historia nos muestra también la inutilidad de las bardas y las murallas. Prueba patente son la Gran Muralla china, en el pasado remoto y, más recientemente, el Muro de Berlín y la Barrera de Cisjordania. Todas ellas tienen el común denominador de que se han erigido para protegerse de los enemigos. Las dos primeras fracasaron rotundamente en sus propósitos y la tercera sólo ha contribuido a exacerbar la delicada situación entre Israel y Palestina. Ni México es una nación enemiga de los Estados Unidos ni la migración se detendrá: sólo se encarecerá, se volverá más peligrosa.
Si culmina el proceso legislativo en el Congreso americano, en 10 años se habrá regularizado la situación de alrededor de 12 millones de personas de distintas partes del mundo que actualmente viven en los Estados Unidos.
¡Qué bueno! Pero a largo plazo, los muros y los drones abrirán heridas difíciles de cerrar. Tal parece que los legisladores norteamericanos quieren poner el cerrojo y tirar la llave. En este marco, resultan irónicos los esfuerzos por destrabar los obstáculos al libre tránsito de mercancías, mientras se sellan las puertas y se persigue a las personas.- Mérida, Yucatán.

jueves, 20 de junio de 2013

Segunda llamada... Protección Civil y “La Nao”

Dulce María Sauri Riancho
Dice un socorrido refrán popular: “… Muerto el niño, a tapar el pozo…”, como una cruel manera de referirse al vano intento de remediar las consecuencias de una desgracia sólo una vez que ésta ha tenido lugar. Pero de los eventos dañinos podemos sacar lecciones para prevenirlos en el futuro y, sobre todo, para prestar atención al entorno que nos rodea, con la finalidad de detectar riesgos, de tal manera que no tengamos más tarde que lamentar la imprevisión.
En este sentido, mucho podemos aprender de dos lamentables sucesos de la semana pasada: uno, la explosión de gas del restaurante “La Nao de China” y, dos, de los accidentes sufridos por modestos trabajadores en las alturas de elevados edificios en construcción que pronto formarán parte del nuevo paisaje urbano de Mérida.
En Yucatán tendemos a asociar la palabra “desastre” con los ciclones, amenaza que forma parte de la conciencia peninsular desde épocas remotas. En el pasado reciente, “Gilberto” (1988) e “Isidoro” (2002) pusieron a prueba la capacidad de reacción de la sociedad yucateca ante su gran fuerza destructora. Desde el 1 de junio se inició en el Atlántico la temporada de huracanes 2013. Los pronósticos no son buenos, basados en la probabilidad creciente de que un fenómeno meteorológico de gran magnitud impacte al estado, pues ya habrán pasado 11 años desde “Isidoro”, aunque entre éste y el terrible “Gilberto” mediaron 14 años.
La denominada “protección civil” parte de la premisa de que no es posible evitar el impacto de determinados fenómenos naturales, como los huracanes o los terremotos, pero que sí es posible amortiguar sus consecuencias mediante una eficaz organización.
La Unidad de Protección Civil del gobierno de Yucatán contempla medidas básicamente contra los huracanes y, en mucha menor proporción, contra los incendios forestales ocasionados por las quemas para preparar el terreno y sembrar la milpa.
Por esa razón sus prevenciones están vinculadas a la actividad pesquera y a la elaboración de los calendarios de quemas agrícolas (aunque el incluido en el portal web de la dependencia tiene un desfase de ¡un año!). Poco, por no decir nada, se contempla en los protocolos de protección civil yucateca de otro tipo de riesgos que pueden ocasionar desastres con saldos dolorosos de pérdidas de vidas. Hagamos un ejercicio rápido para observar lo que nos rodea, pero que al ser parte del paisaje urbano muchas veces dejamos de percibir su importancia como factor de riesgo.
Por ejemplo, el uso del gas LP para la preparación de alimentos, tanto en restaurantes como en los carritos de hot-dogs o de las deliciosas “marquesitas”. ¿Quién vigila que las instalaciones de gas, tanto de los tanques estacionarios con cientos de litros de los restaurantes como de los cilindros de las fondas y loncherías, no estén deteriorados, oxidados o golpeados? ¿Y los recipientes de gas de los carritos? ¿Hay alguna supervisión sobre la introducción de estos puestos ambulantes en los locales de fiestas infantiles, muchos de ellos con techos de material inflamable? Y los tenderetes que domingo a domingo sitian la Plaza Grande, ¿cumplen las normas de seguridad?
Si nos vamos a las carreteras, por estas vías circulan camiones con material peligroso, sean gasolinas o combustible para aviones destinado al aeropuerto de Cancún, gas LP o dinamita para la construcción. Acaba de registrarse un accidente más, con saldo fatal en la carretera libre a Cancún, justamente entre un tráiler doble remolque y un modesto vehículo cuyo conductor perdió la vida. Se supone que por reglamento los transportes doble-remolque y los camiones que transportan material peligroso sólo pueden circular por la autopista de paga. ¡Vaya usted a saber cómo consiguen entonces transitar en vía prohibida!
Otro riesgo potencial con el que nos hemos acostumbrado a convivir es el que proviene del poliducto que transporta gasolinas (magna y Premium) y diesel desde la terminal del puerto de Progreso a la estación de Flamboyanes y de ahí, por rebombeo, hasta la ciudad industrial al sur de Mérida, desde donde se distribuye con pipas a las distintas poblaciones de la entidad. ¿Qué sabemos del estado que guardan esos tubos enterrados en las entrañas salitrosas de la ciénaga y los pantanos, después de cruzar el centro de Progreso? ¿Y de la parte que corta a la ciudad de Mérida de norte a sur?
Esta red tiene más de 20 años de operación, sometida al desgaste y a la corrosión de los distintos elementos.
En otras partes del país -como en Tabasco y Veracruz-, los accidentes relacionados con las redes de ductos de combustible de Pemex se han multiplicado, porque los tubos son viejos y han sobrepasado con creces la vida útil para ese tipo de instalaciones.
La explosión de “La Nao de China” fue una seria llamada para prestar atención a los riesgos potenciales con los que convivimos cotidianamente. Y los accidentes en las elevadas torres que se están edificando en distintos puntos de la ciudad nos demandan exigir seguridad real para aquellos trabajadores que estaban acostumbrados a laborar a escasos metros del suelo y ahora lo hacen en las alturas.
El verdadero desafío de la protección civil está en detectar los riesgos y minimizarlos mediante la adecuada supervisión y una eficaz organización comunitaria. Es indispensable contar con un mapa de riesgos en el estado, tal como mandata la Ley de Protección Civil del estado, promulgada desde 1999. ¡¡¡Segunda llamada!!! No debe llegar la tercera.- Mérida, Yucatán.

jueves, 6 de junio de 2013

Percepciones y realidades. De la esperanza a los cobros de Altabrisa

Dulce María Sauri Riancho
¿Cuánto pesan los hechos y cuánto la manera como los percibimos? Después de años de discusión y tras haber ocurrido impactantes experiencias, los científicos sociales se han puesto de acuerdo en que las percepciones y las emociones (miedo, rechazo, simpatía, adhesión, confianza, etcétera) juegan un papel muy importante en la marcha de la economía y de la política, para no hablar de la cultura o las comunicaciones. Pero el acuerdo llega hasta allí. No han podido coincidir en el grado o las formas en que las percepciones sociales o la opinión pública impactan la marcha en campos tan relevantes como el consumo, la inversión, el empleo, el respaldo o la confianza ciudadana en los gobernantes.
De varios meses a la fecha, en México y en Yucatán estamos viviendo sensaciones que van de la esperanza y buenos augurios a la incertidumbre y el desánimo. Como ocurrió con el triunfo de Vicente Fox en 2000, el presidente Peña Nieto inició su gestión envuelto en las mejores expectativas de cambio para mejorar. Quizá las percepciones más intensas se concentraban en la economía y la seguridad pública. La desilusión y el rechazo a lo realizado por dos gobiernos panistas hizo crecer el “bono democrático” que la sociedad mexicana extendió al regreso del PRI y que se expresaba sintéticamente en la idea de que “… éstos sí saben cómo hacerlo…”.
Es necesario reconocer el manejo habilidoso de la oportunidad por el nuevo equipo gobernante, que incluyó medidas de alto impacto mediático -como el encarcelamiento de la lideresa del SNTE-, acompañadas por los primeros resultados concretos del Pacto por México, traducidas en el envío conjunto y aprobación del Congreso de dos reformas a la Constitución reclamadas desde tiempo atrás, sobre educación y telecomunicaciones. El acuerdo entre los aún hace unos meses enemigos acérrimos del PAN y el PRD con el presidente de la república y el PRI afianzó el clima de buenaventura que la confianza ciudadana había tendido sobre México y los que aquí habitamos. Pero algo pasó en las semanas recientes que hicieron mella en la atmósfera de optimismo y originó que reaparecieran las dudas, los temores ante un presente opaco y un futuro incierto. Trataré de enlistar algunos de los factores que pueden haber influido, con el ánimo de que ustedes, amigos lectores, hagan su propia lista.
En materia de seguridad pública, la estrategia mediática de “no hablar del tema” que promovió el nuevo gobierno en su intento de reposicionar otros tópicos en la preocupación de los mexicanos falló. Al ambiente de crispación e ineficacia que legó la anterior administración ahora se suman manifestaciones sociales inéditas, como las autodefensas comunitarias de Guerrero y Michoacán, la presunta fusión de movimientos y organizaciones sociales con grupos armados o el notable deterioro de la seguridad en la ciudad de México. La inseguridad sigue siendo factor para formar opinión pública negativa y alimentar el clima de incertidumbre.
Los buenos augurios en materia económica también sufrieron un “rozón” antes de cumplir el primer semestre en el gobierno. La sequía prolongada y severa en casi la mitad del territorio nacional, el repunte de la inflación por el aumento constante de los precios de los bienes de consumo popular -que incluye los incrementos de las gasolinas-, el derrumbe de las acciones de las mayores empresas desarrolladoras de vivienda y el ajuste a la baja en los índices de crecimiento económico son apenas la cara nacional de los nubarrones que nos manda la economía mundial por la recesión europea, el lento crecimiento de nuestro mayor comprador, Estados Unidos, y la volatilidad de los mercados y de los fondos de inversión en el mundo. Resultado de lo anterior es que las remesas mensuales de dólares, que por tantos años aportaron aire fresco a las finanzas nacionales y al gasto de muchos hogares, desde hace 10 meses se reducen. Empieza a generalizarse la percepción de que la economía no marcha, al menos al ritmo de las expectativas y necesidades de empleo.
A los temas anteriores se suman cuestiones controvertidas que encuentran terreno fértil en el desánimo social para sobredimensionar su impacto, en demérito de la confianza ciudadana o de la convivencia social. Los casos de: #Lady Profeco, los vídeos y las denuncias en torno al uso de recursos públicos en las elecciones de Veracruz o la indignación que despiertan los excesos del ex gobernador Granier han servido para fermentar el descontento ciudadano y la terrible sensación de que “todo sigue igual”. Las redes sociales y las nuevas tecnologías de información están jugando un papel clave para comunicar y replicar en tiempo real los acontecimientos y las opiniones sobre los mismos. Por eso es tan relevante la reacción ciudadana ante situaciones como el reciente anuncio sobre la resolución del Tribunal de Justicia Electoral y Administrativa, autorizando el cobro de estacionamiento en el centro comercial Altabrisa. La percepción social de zozobra frente a la imposición -una vez más- de intereses particulares sobre los de la colectividad; la sensación de debilidad y engaño por los funcionarios y el propio Ayuntamiento de Mérida sólo podrá ser combatida con medidas reales, de carne y hueso, que muestren indubitablemente del lado de quién están las autoridades de esta ciudad.- Mérida, Yucatán