miércoles, 28 de abril de 2010

Las elecciones de mayo: la última vez.

Dulce María Sauri Riancho

Muchos yucatecos sentimos que nuestro estado tiene un lugar especial en la vida del país. Esta sensación tiene una sólida base en nuestra historia, desde los mayas y Felipe Carrillo Puerto; el henequén y el Partido Socialista del Sureste. En la política actual, Yucatán tiene una relevancia como escenario de una intensa competencia entre el PRI y el PAN desde mediados de los años 50.

Aquí se ha completado el círculo de la alternancia en el gobierno: PRI-PAN y de nuevo el PRI desde 2007. El acontecer político en nuestra entidad ha tenido consecuencias directas en los otros dos estados peninsulares, Campeche y Quintana Roo. Estos elementos bastarían para que el proceso electoral actual fuese considerado de interés más allá de las fronteras locales.

Desde 1967, con el triunfo de don Víctor Correa Rachó en el Ayuntamiento de Mérida, Yucatán se ubicó en el mapa electoral nacional como una entidad con alta competencia. Se reforzó esta posición con los triunfos de Ana Rosa Payán en Mérida en 1988 y 1990. El calendario político nacional señalaba que la postulación del candidato a la gubernatura yucateca por parte del PRI era el último evento que el presidente de la República conducía antes de la definición del candidato a sucederlo; y la elección yucateca era la penúltima —sólo Morelos estaba más atrás, en marzo— antes de la elección presidencial de julio.

En 1995, el calendario electoral yucateco cambió. A partir de ese año, la elección habría de efectuarse en mayo, seis meses después del inicio del nuevo gobierno federal. En esa ocasión coincidió con la elección extraordinaria de gobernador de Guanajuato que, después de cuatro años, había sido convocada para realizarse en la misma fecha que la yucateca, el 28 de mayo. En esa entidad ganó Vicente Fox; en Yucatán, Víctor Cervera Pacheco.

La elección yucateca de 1995 se efectuó en un clima político enrarecido por la crisis económica que había comenzado a azotar al país desde diciembre del año anterior. Las consecuencias para el PRI se habían empezado a mostrar en Jalisco, donde fue derrotado su candidato a la gubernatura por Alberto Cárdenas, joven ex presidente municipal de Ciudad Guzmán, del PAN. Aquí, Cervera se impuso por más de 22,000 votos; en Guanajuato, el PRI perdió por una amplia diferencia.

El triunfo en el gobierno de Yucatán fue casi el único que logró el PRI en 1995; sólo en la integración del Congreso de Chihuahua —electo en julio— mostró un poco de fuerza al recuperar la mayoría perdida junto con la gubernatura en 1992. Yucatán fue la luz de esperanza para millones de priístas de todo el país.

En 2001, la elección yucateca fue la primera bajo el nuevo gobierno encabezado por el presidente Fox. En esa ocasión Jalisco se había adelantado al mes de noviembre del año anterior, unos días antes de la conclusión del gobierno del presidente Zedillo; nuevamente había ganado el PAN.

La “ola azul” de 2000 invadió la política yucateca. Los vientos de cambio: del siglo, del milenio, del partido en la Presidencia de la República, se transmitieron a Yucatán con la fuerza suficiente para abatir al PRI, aun con la alta consideración que la mayoría de la población tenía para Víctor Cervera y su gobierno. Así. Patricio Patrón fue electo gobernador en un estado que había sido considerado hasta ese momento un importante bastión del PRI.

En 2001, el PAN nacional recibió una importante inyección de ánimo para las elecciones locales. Sin embargo, el impulso de esos años no fue suficiente para enfrentar las elecciones federales de 2003, en las que sufrió un severo retroceso en muchas partes del país.

Las elecciones locales de 2004 y las federales de 2006 parecieron confirmar la nueva hegemonía del PAN en la política yucateca. En 2006 el PAN “arrolló” en la elección presidencial, ganó las senadurías de mayoría —con Beatriz Zavala a la cabeza— y cuatro de las cinco diputaciones federales. Por primera vez en la historia política de Yucatán la representación de mayoría en el Senado quedaría depositada en el PAN y también por vez primera el PAN ganó en dos de los tres distritos del interior del estado —Valladolid y Ticul— y con ellos la representación en la mayoría de los municipios yucatecos.

Las secuelas de la disputada elección presidencial de 2006 parecían no haber afectado las posibilidades del PAN para retener el gobierno en 2007. La aceptación popular de Patricio Patrón y de su gobierno parecía elevada; casi toda la representación yucateca al Congreso de la Unión era del PAN; sólo mediaban nueve meses entre julio y mayo. ¿Qué podría pasar ante un PRI sumido en un tercer lugar en la votación para la Presidencia de la República? Lo impensable sucedió: el PAN se dividió y el PRI ganó la gubernatura.

Ahora la corriente revitalizadora del ánimo partidista fluyó hacia el PRI como consecuencia del triunfo de 2007. Para el partido que había “mordido el polvo” en la elección presidencial de 2006; para los grupos parlamentarios más reducidos en toda la historia priista; para los estados que se quedaron sin senador —de mayoría o de primera minoría—; para la nueva dirigencia nacional recién integrada, ganar la primera elección local bajo el gobierno de Felipe Calderón fue fundamental.

Para el PAN la pérdida del gobierno de Yucatán tuvo también efectos más allá de las fronteras estatales. Por lo pronto, frenó bruscamente su avance, quizá donde menos se lo esperaban los militantes y simpatizantes de este partido. Para el PRI fue el inicio de una cadena de triunfos en las elecciones locales, que se amplió en las elecciones federales de 2009 y en las estatales de ese mismo año.

Una vez más, el calendario electoral coloca a Yucatán como “marcador electoral”. Por última vez, el proceso será en mayo; precederá a las 14 elecciones estatales, 12 de gobernador, congreso y presidentes municipales. El mapa político quedará trazado a partir de los resultados de este año: si el PRI gana la mayoría de los estados, como todo parece indicar, sería imparable su triunfo en 2012. Los partidos políticos, especialmente los tres más grandes, saben lo que se juegan en 2010.

Ganar Mérida representaría para el PRI mucho más que gobernar de nuevo la capital; sería desplazar al PAN del gobierno del municipio y del Estado, quizá por muchos años. Mostraría su capacidad de doblegar a su principal adversario.

Para el PAN, perder Mérida tendría un efecto simbólico mucho más devastador que una derrota electoral. Sería prácticamente desplazado de Yucatán; tendría que lograr refugio en Campeche, donde gobierna la capital, para comenzar el largo camino de la recuperación de su presencia peninsular. Sobre todo vulneraría el ánimo de triunfo de los panistas en los otros 14 estados.

A partir de 2012, las elecciones locales yucatecas se realizarán simultáneamente con las elecciones federales. Sentirnos y sabernos especiales esta última vez lleva consigo un esfuerzo extra de análisis al decidir nuestro voto. Vale la pena.— Mérida, Yucatán.

domingo, 25 de abril de 2010

“Parece Irreversible” -Nuevo foro de Grupo Megamedia

(Publicado en Diario de Yucatán 25 Abril 2010)

  • El PAN se acerca, pero es difícil que supere al PRI, dicen en nuevo foro
  • Dulce Sauri dice que eso no significa que “el arroz ya se coció”

En medio de la guerra de cifras de las recientes encuestas en Mérida, cuatro observadores políticos opinan que las tendencias del voto se van cerrando entre el PRI y el PAN, pero la ventaja se mantiene favorable al primero y parece ser irreversible.

Los invitados al nuevo foro de Grupo Megamedia coinciden en que, “en el mundo de las percepciones”, las encuestas no son predictivas, pero sí tienen un alto grado de certidumbre.

En el foro, que por primera vez se transmitió en tiempo real en las redes sociales y marcó un precedente en Yucatán, Raúl Vela Sosa y Lízbeth Estrada Osorio coinciden en que las encuestas no predicen el futuro y se requiere mantener las condiciones para que las tendencias se cumplan al final.

“El PAN viene de menos a más, pero no creo que tenga la suficiente fuerza ni tiempo para modificar los resultados”, dice el sociólogo Luis Ramírez Carillo.

“Huelo el triunfo del PRI, no estoy diciendo si eso va ser bueno para la ciudad, no, pero huelo al PRI”, indica la ex gobernadora Dulce María Sauri Riancho.

“No quiero que los panistas piensen que este arroz ya se coció, que más les vale irse a su casa a llorar la derrota. Sería lo peor para ellos y también para la sociedad yucateca”, afirma.

“Cuando las cosas están tan negras para ellos es cuando tienen que sacar ánimo y arrojo. Piensen no sólo en su partido sino en la sociedad yucateca, que necesita volver a ver a un PAN con arrojo, con ánimo, con espíritu de lucha, que no se pelea por las migajas que quedan de la derrota sino que busca ganar”, subraya Dulce María Sauri, ante la sorpresa de sus compañeros.

Dos panelistas advierten que les preocupa lo que hay detrás de las tendencias: “¿Es fruto del dinero y el bombardeo publicitario o de la conciencia democrática?”.— FéLIX UCáN SALAZAR

  • El PAN se acerca, pero es difícil que supere al PRI, dicen en nuevo foro
  • Dulce Sauri dice que eso no significa que “el arroz ya se coc

miércoles, 21 de abril de 2010

Tejido social y credibilidad, los hilos de la confianza.

Dulce María Sauri Riancho

Muchas regiones y ciudades están profundamente lastimadas ante el fenómeno de la violencia. Para poder enfrentarlo, se ha acuñado un concepto: “restauración del tejido social”. Se asume así que los actos de violencia han transformado profundamente las relaciones entre las personas, en las familias, en los barrios y colonias; entre los ciudadanos y las autoridades. Que los lazos que los unían están rotos o al menos, seriamente dañados.

¿Cuáles son los hilos que se entreveran y hacen fuerte a una sociedad? Son básicamente dos: la confianza y la credibilidad. Confiamos en los vecinos, el pariente o el amigo; pero también lo hacemos frente a los desconocidos cuando, en un semáforo, pasamos con la luz verde, confiados en que se detendrán los vehículos ante la luz roja. Confiamos en los resultados de los análisis de laboratorio, en el diagnóstico del médico, en el pronóstico del tiempo. Confiamos porque creemos: en las personas, en las instituciones, en las leyes y en las reglas que nos permiten convivir. Los estudios de opinión pública que se han elaborado de cara a las próximas elecciones del 16 de mayo van mucho más allá de la intención de voto. Varias encuestas aportan luz sobre las percepciones y creencias de los ciudadanos de Mérida acerca de la vida pública, las instituciones y los problemas de la ciudad. Elegí una parte de la encuesta de Gabinete de Comunicación Estratégica (GCE), levantada en 600 domicilios del municipio de Mérida en los primeros días de abril y publicada en su parte electoral el 14 de este mes en las páginas del Diario.

La institución más confiable para los meridanos es la Iglesia. Seis personas de cada diez confían “mucho” en ella que, sumados a los que confían “algo” hacen un poco más de 8 de los 10. Este resultado se da a pesar de que la Iglesia católica ha estado sometida a la dura prueba de las denuncias por pederastia y abuso sexual en varias partes del mundo, incluyendo México. El Ejército es la segunda institución confiable para los ciudadanos de Mérida. Sin embargo, sólo 3 de cada 10 personas confían “mucho” en los militares (casi 70% incluyendo a los de “algo”). Es muy probable que la desgastante actuación de las fuerzas armadas en el combate al narcotráfico esté cobrando su “cuota de confianza” entre la ciudadanía, incluyendo la yucateca.

Casi el mismo nivel de confianza otorgan los meridanos a los gobiernos federal, estatal y municipal. Un poco más al federal, un poco menos al ayuntamiento (65.6%, 64.4%, 60.2% respectivamente). En cuanto a las policías, sólo 2 de cada 10 confían plenamente en la policía federal y en la estatal (60% incluyendo a los que confían “algo”). Caso curioso es el de la policía municipal de Mérida; a pesar de lo reducido de su ámbito de competencia en torno a la Plaza Grande, tiene una calificación un poco menor que las otras dos (57.7%).

No es sorpresa el resultado de la evaluación de los diputados y senadores, así como del Congreso del Estado. Poco más de la mitad confían “mucho” (14.6%, 16.6%) o “algo” (39.4% en los dos casos). El Poder Judicial recoge la confusión de muchos ciudadanos con la “policía judicial”. Así puede entenderse la calificación de sólo 18.5% de los entrevistados que confían “mucho”; sumados a los de “algo”, arroja más de la mitad de la ciudadanía (56.6%) con algún grado de confianza en los jueces y magistrados.

“Poco” o “nada” confían 4 de cada 10 ciudadanos en las policías, en el Congreso de la Unión y en el estatal. Un poco mejor le va a los tres niveles de gobierno (federal, estatal, municipal): sólo una tercera parte desconfía en algún grado de ellos.

Apartado especial merecen los órganos electorales. En el Instituto de Procedimientos Electorales y Participación Ciudadana confían casi 2 terceras partes de los ciudadanos. El problema es que el 30 por ciento de las personas “no confían” o lo hacen “poco” en la instancia responsable de las elecciones. La desconfianza ciudadana es una reacción frente a la percepción de exclusión. Si la mayoría siente que la política sólo sirve a los intereses de unos cuantos (71.5%); si asume que si llama a su diputado, este no le responderá (67.4%). Si más del 60 por ciento de las personas sienten que no pueden influir en las decisiones de los políticos y piensan que el gobierno del Estado no pone atención a lo que la gente opina antes de tomar una decisión. Si la mayoría percibe que los legisladores toman en cuenta los intereses de los partidos políticos (79.9%), de los empresarios (71.7%), de los políticos (77.4%) antes que los de la gente común, ¿con qué razones habrían los ciudadanos de calificar mejor a sus instituciones? Esta sensación de estar excluido como persona de las decisiones colectivas se combina con el reconocimiento de que son otros grupos los que tienen el poder de influir en el gobierno a favor de sus intereses. Los ciudadanos de Mérida otorgan relevancia al narcotráfico (29.6%), a los empresarios (26.6%), a los periódicos (19.5%) y a la Iglesia (13.8%) como factores reales de poder.

Los acontecimientos diarios abonan a la desconfianza ciudadana en las instituciones. La venta de la base de datos del IFE en Tepito; el caso de la niña Paulette; los asesinatos de los jóvenes del Tec de Monterrey, de los dos hermanitos en Nuevo Laredo; las investigaciones “empantanadas” y sepultadas en el olvido, todo ello pesa considerablemente en el ánimo y desgasta los hilos del tejido social que nos sostiene.

Sin embargo, me reservo mi derecho a creer en los milagros. Así como siete de cada diez entrevistados dijeron reconocer la existencia de fuerzas capaces de hacer el mal, ocho de diez personas (81.9%) creen que existen los milagros.

¿Sería milagro restaurar la confianza y encontrar nuevas fibras para tejer?— Mérida Yucatán

jueves, 15 de abril de 2010

Termómetros y encuestas, no hay que confiarse.

Dulce María Sauri Riancho

Faltan escasamente cinco semanas para los cierres de campaña y la jornada electoral del domingo 16 de mayo.

¿Quién ganará la elección? En los 106 municipios especulan los observadores políticos —que los hay, aun en los más pequeños— y los ciudadanos interesados. Por razones entendibles, Mérida ha concentrado la mayor expectación: es la capital; ha sido gobernada por el PAN ininterrumpidamente casi 20 años; es la pieza central que le falta al PRI para cerrar el círculo de la alternancia política; es el principal bastión blanquiazul en el sureste de México.

Las encuestas de opinión son los instrumentos que ayudan a pronosticar resultados electorales. Son una especie de fotografía del estado de ánimo de la sociedad en relación con los partidos políticos y sus candidatos. Son útiles en la medida en que están bien elaboradas y reflejan sin mayores distorsiones la opinión de los entrevistados. Sirven a los partidos para trazar y reorientar sus estrategias de campaña y a la ciudadanía, para tener un termómetro más o menos preciso de la temperatura electoral.

Para que una encuesta sirva para informar necesita tener una buena muestra y haber realizado correctamente las preguntas. Una buena muestra reproduce a la población en su conjunto: mujeres y hombres, jóvenes y adultos, pobres y ricos. Las encuestas se pueden realizar por teléfono, aunque significaría que sólo la mitad de los hogares de Mérida podría participar; se puede efectuar con visitas domiciliarias, cara a cara. Un buen cuestionario no induce las respuestas del entrevistado.

Los responsables de realizar las preguntas, bien sea encuesta telefónica o domiciliaria, deben tener la habilidad de ganarse la confianza de las personas que pretenden entrevistar. Con tantas llamadas de promoción comercial a los teléfonos es muy fácil colgar antes que tomar unos minutos para contestar. Ante el clima de inseguridad, muchas personas se niegan a abrir la puerta a desconocidos que se presentan como encuestadores. “¿Y si son asaltantes”?, se preguntan las amas de casa.

Los “sondeos” por internet para conocer preferencias electorales son los nuevos invitados a los pronósticos de resultados. Sólo que hay que tomar en consideración la aún escasa penetración del internet, que no rebasa el 20% de los hogares, principalmente de clase media y alta; además, los jóvenes predominan; el acceso es voluntario, no por muestra. Por eso hay que tomar con muchas reservas sus resultados.

Otro “secreto de las cocineras” de las encuestas que hay que conocer para paladear plenamente el guiso es cómo se reparten los indecisos, que son las personas que respondieron que aún no saben por quién votarán. En algunos casos, con toda claridad se especifica el porcentaje; en otros, se “asignan” o distribuyen entre los partidos de acuerdo con una fórmula establecida por los encuestadores y que, salvo contadas excepciones, tiende a privilegiar al candidato y al partido más mencionado.

El Diario de Yucatán ha publicado los resultados de tres encuestas sobre la intención de voto para la presidencia municipal de Mérida: Wilsa, Gabinete de Comunicación Estratégica (GCE) y Numeralia, estas últimas en días recientes, que son las que comentaré.

GCE realizó sus preguntas por teléfono a 1,200 personas mayores de 18 años. Numeralia aplicó cuestionarios en los domicilios de 1,950 personas de 83 colonias. La intención de voto es muy semejante: más de 10 puntos arriba para Angélica Araujo sobre Beatriz Zavala (38%-28%). Con la información publicada en la edición impresa del Diario no es posible conocer las preferencias por grupo de edad: si los jóvenes están con Angélica o Beatriz; si las mujeres apoyan más a una o a otra; si las personas de clase media prefieren a la priista sobre la panista o si en las colonias populares el PAN volverá a ganar.

La llamada “vergüenza de la confesión” también está presente. Numeralia preguntó sobre el sentido del voto en la elección de 2007: sólo 26.5% declaró haber votado por el PAN entonces, a pesar de que este partido ganó con el 48% de los votos el municipio de Mérida. Correlativamente, existe el “imán del triunfador” que, de acuerdo con GCE, lleva a que el 44.4% de los encuestados perciba que el PRI ganará la elección, frente al 17.6% del PAN, independientemente de la decisión de votar a favor de uno u otro. Sin embargo, también GCE señala que más de una tercera parte de los entrevistados (37.3%) declaró “no saber” qué partido ganará.

Sobre los indecisos, sólo GCE los señala con precisión: tres de cada 10 entrevistados (30.2%) todavía no saben por quién votarán. Numeralia captó que dos personas de cada 10 dijeron “no votaré”, lo que es coherente con el 66% (siete de cada 10) que le expresaron a GCE que estaban “completamente seguros” de ir a votar.

Si fuera estratega del PRI, no me confiaría con los resultados favorables que reportan las encuestas. Entre indecisos por quién votar y personas que dicen no estar seguros de ir a las urnas el domingo 16 de mayo, más de una tercera parte de los electores de Mérida todavía no define el sentido de su voto. Además, en la memoria priista subsisten las encuestas de 2004, cuando todas anticipaban el triunfo de Víctor Cervera Pacheco por más de 10 puntos, unos cuantos días antes de la elección. Todos sabemos cuál fue el resultado.

Los estrategas del PAN pueden sentir que aún “se les mueve la patita”. Saben que en Mérida subsiste la tradición de la desconfianza para responder encuestas, que muchos deciden casi de última hora por quién votar.

Que tienen redes de simpatizantes y “voto duro” de muchos años; que saben —o sabían— movilizarse en las colonias populares. El convencimiento a los indecisos y la capacidad para movilizar a sus simpatizantes a votar serán los factores que determinen el resultado electoral del domingo 16 de mayo. Sólo una cosa es segura: tendremos, otra vez, presidenta municipal en Mérida.— Mérida, Yucatán.

miércoles, 7 de abril de 2010

Carretera federal 180, Un reflejo de este país

Dulce María Sauri Riancho

Las carreteras son como espejos que reflejan la realidad del país. Ninguna quizá lo hace con mayor exactitud que la carretera federal 180, que inicia su largo camino desde Matamoros, Tamaulipas, hasta concluirlo en Puerto Juárez, Quintana Roo, después de recorrer casi 2,400 kilómetros.

Es toda la costa del Golfo de México, la zona productora del sorgo, caña de azúcar, naranjas, quesos, carne y leche; es área de pesca, de captura y de cultivo en sus lagunas. Cruza el área petrolera del Golfo, tanto de los pozos —agotados unos, en actividad otros—, como las refinerías y buena parte de la industria petroquímica. Pasa junto a grandes proyectos gubernamentales, como el Plan Chontalpa, en Tabasco, y la explotación petrolera en el mar, cuya ancla continental es Ciudad del Carmen. Une a grandes ciudades de seis estados: Tamaulipas, Veracruz, Tabasco, Campeche, Yucatán y Quintana Roo. Es paso casi obligado para los centroamericanos que se dirigen de los Estados Unidos hacia sus hogares. Desde la “Costa Esmeralda” veracruzana, hasta Cancún, es atractivo para miles de visitantes.

Por su importancia económica y su relevancia estratégica, la carretera 180 tendría que estar en óptimas condiciones para cumplir su cometido. No es así: en largos tramos es una modesta y delgada vía de dos carriles, sin acotamiento alguno; en muchas partes de su largo trayecto, el pavimento está lleno de hoyancos; en los tramos de autopista de cuatro carriles —por la que se paga cuota, en vez de transitar por la libre— hay baches y cuadrillas de reparaciones interminables, aparentemente inútiles. El tráfico es intenso: camiones de todos tamaños, autobuses de pasajeros, modestos y deteriorados vehículos que son remolcados hasta Centroamérica, coches de pasajeros, uno que otro tractor, motocicletas y muchos topes para atravesar poblaciones que merecerían un libramiento.

¿Por qué la carretera 180 no puede ser una vía de “primer mundo”, de al menos tres carriles, con acotamientos amplios, sin baches ni hoyancos, segura para todos? Por la falta de planeación a largo plazo, por la ineficiencia gubernamental y la indiferencia privada, por el dominio de los intereses económicos de los más fuertes sobre el interés colectivo, por el encadenamiento de gobiernos débiles, incapaces de establecer normas y de hacerlas cumplir. Por el silencio y el conformismo de la mayoría, que todo lo soporta estoicamente, pensando que nada puede ser cambiado para mejorar.

Falta de planeación.— Los camiones “doble semirremolque”, las “madrinas” que transportan 20 ó más vehículos nuevos, las “pipas” de “material peligroso” —gases, gasolinas, petrolíferos—, las “plataformas” que cargan enormes tubos para las instalaciones petroleras no tendrían que transitar por la carretera 180, si contáramos con un ferrocarril eficiente. No sucede así porque desde hace un buen tiempo, los ferrocarriles dejaron de ser prioridad para el desarrollo del país y a su ineficiencia tradicional se agregó la fragmentación impuesta por las empresas privadas que los adquirieron. Porque el gobierno tolera que esos enormes camiones, que transportan 40, 60 toneladas, que miden 30, 40 metros de largo, transiten por angostos y sinuosos tramos, destruyendo el pavimento, poniendo en peligro la vida de otros conductores y de los habitantes de las poblaciones que cruzan, sin obligarlos a cumplir la Norma Oficial Mexicana (NOM) sobre pesos y medidas para circular en carreteras federales. Mejorar la competitividad del país significa llegar barato y a tiempo a los mercados; no se puede sin una red ferroviaria eficaz.

Intereses de unos cuantos sobre la mayoría.— No se ha extendido la red para llevar gasolinas y diesel por tubería, en vez de hacerlo por “pipas”; costaría menos, pero les quitaría un jugoso negocio a los transportistas privados. Ni siquiera el argumento de la seguridad de los ciudadanos motiva suficientemente al gobierno para ejercer su autoridad: no hay “veda” para que esos “monstruos” del camino dejen de circular en periodos vacacionales, como esta Semana Santa.

Simular y aparentar.— La carretera 180, como otras del país, está en perpetua reparación. Los letreros que anuncian las inversiones multimillonarias son, en la mayoría de los casos, las únicas manifestaciones visibles. Los trabajos de “conservación” son tan chabacanos que ni siquiera sobreviven la temporada de lluvias. En la región petrolera de México, las carreteras y caminos deberían ser los mejores del país, por interés, conveniencia, por los ingresos nacionales que allí se generan y por la disponibilidad del material para construirlos. No es así.

El consuelo.— “Podríamos estar peor”; “ahora, al menos, no hay que pasar siete pangas para ir a la ciudad de México”, esos y otros argumentos se escuchan cuando hablamos sobre este tema. ¿Y los comerciantes yucatecos que ven aumentado considerablemente el costo de sus mercancías por la ineficiencia del transporte? ¿Y los inversionistas que demandan insumos “justo a tiempo” para operar, con entregas oportunas a sus clientes, imposibles de lograr en las actuales circunstancias? ¿Y el presupuesto público que año tras año se destina a reparaciones que no sirven? ¿Y las vidas que se pierden en accidentes causados por el intenso tránsito de enormes camiones? Si el país se ve reflejado en las carreteras, mejoremos la 180 y ayudaremos a México.— Mérida, Yucatán.