Austeridad como pretexto del Plan B
El llamado Plan B anunciado por
la presidenta Claudia Sheinbaum tras el fracaso de su reforma electoral en la
Cámara de Diputados —una suerte de “sana, sana, colita de rana” para recomponer
la relación con sus aliados legislativos— podría terminar abriendo una
discusión mucho más profunda que la que pretende cerrar: la del debilitamiento
del federalismo mexicano.
La iniciativa presidencial
incluye, entre otros puntos, la reducción del número de integrantes de los
congresos estatales y de los cabildos municipales bajo el argumento de la
austeridad. A primera vista podría parecer una medida administrativa destinada
a disminuir el costo del aparato político. Pero vista en perspectiva histórica
y constitucional, toca uno de los pilares del pacto político mexicano: la
libertad y soberanía de los estados y la autonomía de los municipios.
No nació para ahorrar dinero
Desde su origen, el federalismo
mexicano fue concebido como un mecanismo para evitar la concentración del poder
en un centro político. La Constitución —la de 1824, la de 1857 y la vigente, de
1917— ha definido a México como una república federal integrada por estados
libres y soberanos en todo lo concerniente a su régimen interior. A partir de
esa lógica, los estados conservan la facultad de organizar sus propias
instituciones políticas, incluida la integración de sus congresos locales y de
los ayuntamientos.
La Constitución de 1917 dio
además un paso decisivo al consagrar el principio del municipio libre. El
artículo 115 estableció que los ayuntamientos serían electos directamente por
la población y tendrían autonomía administrativa para gobernar su territorio.
Con esa decisión, el municipio dejó de ser una simple dependencia del
gobernador para convertirse en la base del sistema político mexicano.
Entre la Constitución y la
realidad
Durante gran parte del siglo XX,
sin embargo, ese federalismo existió más en el texto constitucional que en la
práctica política. El sistema presidencialista y la hegemonía del PRI generaron
un modelo altamente centralizado en el que gobernadores, congresos estatales y
ayuntamientos respondían en gran medida a las decisiones del poder federal. El
federalismo era una promesa jurídica que no siempre encontraba correspondencia
en la realidad.
La apertura democrática de
finales del siglo pasado comenzó a cerrar esa brecha. La alternancia política
en México no surgió primero en la Presidencia, sino en los municipios urbanos
más importantes del país. En ciudades del norte, del Bajío y del sureste
comenzaron a registrarse victorias opositoras que permitieron construir
liderazgos político y disputar espacios al partido hegemónico. La secuencia
histórica fue clara: primero los municipios, luego las gubernaturas y
finalmente la alternancia presidencial del año 2000.
Ese proceso empezó a darle
contenido real al federalismo constitucional. Los gobiernos municipales se
transformaron en espacios de competencia política efectiva y los congresos
estatales comenzaron a reflejar la pluralidad electoral del país. Durante varias
décadas la evolución democrática avanzó en esa dirección: acercar la realidad
política al diseño federal previsto en la Constitución.
Pero ese proceso no fue lineal.
Como ocurre en muchas democracias, el cambio político no avanzó en línea recta.
Avanzó en espiral, con avances, retrocesos y nuevas expansiones. Cada vuelta
parecía acercar un poco más la práctica política al mandato constitucional.
La pregunta que surge hoy es si
esa espiral no ha comenzado a girar en sentido contrario.
Debilitar al federalismo
Desde 2018 se han acumulado
decisiones que apuntan hacia una mayor concentración del poder político y
fiscal en el centro. La desaparición de fondos federales de inversión
territorial —entre ellos el importante Ramo 23 del Presupuesto—, la eliminación
del Fondo Minero, que permitía a municipios participar en los ingresos
derivados de la explotación de recursos, y la creciente dependencia de los
ayuntamientos de las participaciones federales distribuidas por los estados han
reducido los márgenes de autonomía financiera de los gobiernos municipales.
En ese contexto aparece ahora la
propuesta de reducir el número de integrantes de congresos estatales y cabildos
municipales.
La justificación oficial es el
ahorro presupuestal. Sin embargo, el impacto fiscal de una medida de ese tipo
sería relativamente limitado si se compara con el tamaño del gasto público
nacional. En cambio, sus efectos institucionales podrían ser mucho más
significativos.
Reducir el número de regidoras/es
no solo afecta la representación proporcional en los cabildos —donde suele
expresarse la pluralidad política local— sino también la capacidad de gestión
de los gobiernos municipales. En las ciudades más grandes del país, los
regidores integran comisiones, supervisan obras públicas, participan en la
negociación presupuestal y mantienen interlocución con autoridades estatales y
federales. Un cabildo más pequeño significa menos capacidad institucional para
ejercer esas funciones.
Propuesta envenenada
Pero hay además un elemento
político que conviene observar con cuidado. La reducción del tamaño de los
cabildos no sería políticamente neutra. Muchas de las ciudades más pobladas del
país —precisamente aquellas donde los cabildos son más amplios— están gobernadas
por partidos distintos a Morena. Reducir su representación afectaría, sobre
todo, a esos ayuntamientos urbanos donde la competencia política sigue siendo
real.
Puebla, por ejemplo, cuenta con
uno de los cabildos más grandes del país, con veintiséis integrantes, y es
gobernada por el PAN. Mérida, con veintiún miembros en su cabildo, también está
gobernada por ese partido. En el área metropolitana del Valle de México,
municipios como Naucalpan o Ecatepec tienen cabildos de veintidós integrantes.
Y en la frontera norte, ciudades como Ciudad Juárez o Monterrey cuentan con
estructuras edilicias igualmente amplias.
El mapa urbano mexicano revela
una realidad que suele pasar inadvertida: buena parte de las ciudades más
grandes del país está gobernada por fuerzas distintas al partido dominante en
el ámbito federal. Reducir la representación municipal en esos ayuntamientos
puede terminar afectando principalmente a gobiernos locales de oposición que ya
enfrentan restricciones financieras crecientes.
La reforma tendría así una doble
consecuencia. Por un lado, invade facultades que históricamente han pertenecido
a los estados para definir la integración de sus poderes locales y de sus
ayuntamientos, debilitando uno de los pilares del federalismo mexicano. Por el
otro, introduce un efecto político que podría alterar el equilibrio de la
competencia partidista en los municipios urbanos más importantes del país.
Para el Partido Verde y el PT,
aliados legislativos del gobierno federal, el costo político de esta operación
parece bajo. Su presencia territorial fuera del Congreso de la Unión es
limitada y la reducción de cabildos en las grandes ciudades difícilmente
afectará sus posiciones. A cambio, el gesto presidencial les ofrece tiempo para
recomponer su relación política con Morena.
El verdadero horizonte está en
las elecciones de 2027, cuando se renovarán congresos locales y ayuntamientos
en la mayor parte del país. Para entonces, el camino de regreso a la coalición
legislativa podría haberse consolidado.
Para esos partidos, la apuesta
parece razonable. Para el federalismo mexicano, no necesariamente.
Porque lo que está en juego no es
sólo el número de regidores o el tamaño de los cabildos. Es el lugar que ocupan
los poderes locales en el equilibrio político del país. El federalismo rara vez
desaparece por decreto. Se debilita poco a poco cuando los gobiernos locales
pierden recursos, autonomía y representación.
Y cuando eso ocurre, el pacto
federal comienza a vaciarse desde sus raíces, precisamente donde alguna vez
empezó a construirse la democracia mexicana.
Un muy costoso “sana, sana,
colita de rana”.— Mérida, Yucatán
Correo: dulcesauri@gmail.com
*Licenciada en Sociología con doctorado en Historia.
Exgobernadora de Yucatán