miércoles, 27 de diciembre de 2017

Esperanza de vida. Mejor futuro para 2018

Dulce María Sauri Riancho
Mi última colaboración del año en el generoso espacio del Diario de Yucatán. En un abrir y cerrar de ojos las semanas se fueron volando y nos encontramos con la necesidad de realizar el balance que cierra un ciclo caracterizado por sus fuertes turbulencias. Es difícil encontrar algún elemento para perfilar el debate por venir entre la incertidumbre y las certezas de progreso. Elegí un indicador demográfico para intentar ilustrarlo. Es la esperanza de vida al nacer. Vivir más años que nuestros padres y abuelos ahora parece normal. Muy pocas veces pensamos en las razones y las causas del aumento de las expectativas de vida, en las que se mezclan mejores condiciones de salud, alimentación, agua limpia, entre otros. Lo tomamos como algo natural, sin que nos percatemos del enorme esfuerzo de organización social y de la administración pública para alcanzarlo. Veamos la situación actual en México. Por ejemplo, la niña y el niño que nacieron la pasada Nochebuena en esta ciudad tienen la esperanza de vivir al menos 75 años (la niña casi tres años más). Si ellos hubieran venido al mundo ese mismo día pero de 1930, su expectativa de vida hubiera sido sólo de 34 años. En esa década, cuando nacieron nuestros padres y abuelos, numerosas mujeres morían al dar a luz; los infantes eran presa de epidemias de difteria, tosferina y tétanos; la poliomielitis atacaba sin piedad y aún no había sido descubierta la penicilina para tratar infecciones. La desnutrición estaba presente en la mayoría de los hogares y la inexistencia de sistemas de agua potable cobraba anualmente una elevada cuota de víctimas de enfermedades hídricas, principalmente entre los menores. Cuando yo nací, hace 66 años, tenía la esperanza de vivir apenas 48. Para que yo alcanzara mi edad actual, en algunas partes de México y de Yucatán miles de niños murieron víctimas todavía de la falta de condiciones de salud. Sin embargo, cuando mi hija nació a mediados de la década de 1970, ella y los de su generación ya tenían la expectativa de vivir hasta los 63 años. Mis cinco nietas y un nieto, “generación Z”, así les llaman, tienen la posibilidad de llegar a más de 78 años. Las explicaciones para este dramático incremento de los años por vivir están en los extensos programas de vacunación, en la mejora de los servicios de atención médica y en una política social dedicada a atender las necesidades de los más vulnerables. Tal parece que México se dirige a alcanzar las expectativas de vida de los países desarrollados, entre los cuales Japón ocupa el primer lugar, con más de 80 años en promedio. Por cierto, de acuerdo con los datos de 2016, Yucatán se encuentra por arriba del promedio nacional por más de cuatro meses (75.6 años vs 75.2 años, respectivamente). Tal parece que todo tiende ineludiblemente al avance, tal vez con mayor lentitud que antes, pero nunca para atrás.

Malas noticias. Sí es posible retroceder, de hecho está sucediendo ni más ni menos que en los Estados Unidos. En este país vecino, por tercera ocasión desde 2015, la esperanza de vida de su población está disminuyendo. Sus autoridades lo atribuyen al aumento del consumo de drogas entre su población joven, entre las cuales destacan los nuevos productos sintéticos, letales en su mayoría. Rusia fue otra potencia que registró severos retrocesos en esta materia.

Al colapsarse la Unión Soviética también se cayeron sus servicios de salud, incluyendo vacunación. Veinticinco años después, aún no recuperan las cifras anteriores a 1991.

Vienen meses de campaña electoral, de promesas y compromisos de candidatos y partidos. Responder a la pregunta sobre cómo se proponen mantener e incrementar la esperanza de vida de la población no puede limitarse a las urgidas estrategias de prevención y atención a la salud. Trasciende hasta las políticas de desarrollo social, de iguales oportunidades para mujeres y hombres, del cese de la violencia que cobra crecientes cuotas de vidas jóvenes en varios estados del país. Tiene que ver con la garantía de acceso a la alimentación; a gozar de seguridad social en la vejez. Ningún presidente de la república ni gobernador de una entidad federativa puede presumir logros de su administración si retrocede la expectativa de vida de sus ciudadanos. No hay calificación mejor que el incremento anual de esperanza de vida, así sea solamente de pocos meses.


Nos asomamos a 2018 con miedo y esperanza. Por primera vez, tememos que el futuro no nos traiga inevitablemente “tiempos mejores”. Las amenazas del retroceso se ciernen sobre nuestras expectativas en la política, en la economía, en la organización social. Contaminación ambiental; violencia desatada en distintas partes del mundo y de nuestro país; guerras económicas y proteccionismo; violación a los derechos humanos fundamentales, son algunas de las preocupaciones que en distinto grado, acompañan la pérdida de las certezas que mantuvimos a lo largo de casi dos centurias. En su nombre, la esperanza de vida nos da alientos para esperar lo mejor. Ya habrá oportunidad de abordar los proyectos políticos que se confrontarán en las campañas de los meses por venir. Uno de futuro, con sus retos y expectativas. Otro, fincado en la memoria de un pasado al que es imposible e indeseable retornar. Pero hoy, en el presente, celebremos la vida que nos permite decir adiós a 2017.— Mérida, Yucatán