jueves, 6 de abril de 2017

Sobre las "tendencias". Temporada de encuestas

Dulce María Sauri Riancho
Con el arribo de esta ardiente primavera, dio inicio la temporada de encuestas. Me refiero a los sondeos que acompañan invariablemente los pasos hacia una elección. Con muchas cifras, comienzan a publicarse las “tendencias” del voto en tres importantes procesos que se efectuarán el 4 de junio de este año. Se trata de la elección de los gobernadores del Estado de México, de Coahuila y Nayarit (en estos dos últimos coincidente con diputados locales y ayuntamientos), y la renovación de 212 presidencias municipales en Veracruz. La información es contradictoria. Por ejemplo, esta semana un medio pone a la cabeza a Alfredo del Mazo, candidato del PRI en el Estado de México, con una diferencia de seis puntos sobre Delfina Gómez, candidata de Morena, en tanto que otro, la pone a ella en primer lugar, por un porcentaje muy parecido. Sin embargo, las dos encuestas coinciden en ubicar a Josefina Vázquez Mota en tercer lugar. Otro tanto sucede en Coahuila, donde Miguel Riquelme, del PRI, aparece como favorito seguido muy de cerca por el candidato del PAN, Guillermo Anaya. Y en Nayarit, en alianza con el PRD, disputa con Manuel Cota, del PRI, el primer lugar en las predicciones electorales.

Ante tanta confusión de cifras, sólo parece haber una certeza: las tres elecciones serán muy competidas. Habrá quien diga —y con razón— que para llegar a esas conclusiones no se necesitan encuestadores ni gastar cantidades millonarias en contratar los servicios de empresas “demoscópicas” que, además, han demostrado sobradamente sus equivocados pronósticos en Estados Unidos, Reino Unido, Colombia, por citar tres de sus más recientes y publicitados fracasos. Entonces, amig@s lector@s, ¿para qué ocupar tiempo y espacio en analizar las encuestas? Por una razón fundamental: quienes nos interesamos en la política, bien sea como actores directos o como ciudadan@s, requerimos desarrollar un aparato crítico frente a la información que nos inunda, para poder analizarla, ponderarla, reproducirla y, eventualmente, emplearla para tomar nuestras decisiones, como por ejemplo, por quién votar en las elecciones.

Una encuesta electoral puede ser solicitada por un partido político, un aspirante a una candidatura, un medio de comunicación o el propio gobierno para poder configurar posibles escenarios electorales. De la mayoría de sus resultados no nos enteramos, más si éstos no favorecen a la causa de quien las contrata. Bien elaboradas, ayudan a tomar decisiones, a reconducir estrategias y corregir errores. Pero otras encuestas tienen desde un principio destino de propaganda electoral. Se trata de crear en la opinión pública la sensación de triunfo inminente de un candidato —o de la derrota del adversario—, de tal manera que los votantes indecisos se inclinen por la causa de los supuestos triunfadores. Los llamados al “voto útil” tienen en las encuestas electorales sus principales apoyos.

No es difícil distinguir la “propaganda electoral” disfrazada de encuestas de opinión.

Sugiero desconfiar sistemáticamente de todas aquellas que provengan de un partido político o de alguna organización aliada, porque ¿alguna vez han visto que publiquen resultados adversos o dudosos a su causa?

Sobre las encuestas patrocinadas por distintos medios de comunicación: impresos, electrónicos, digitales, el análisis crítico parte del cuestionamiento de su metodología. En lo personal, desconfío de entrada de quien no adjunta una ficha técnica sobre el diseño de la muestra (¿cómo seleccionan a quienes se les pregunta?), el tamaño de la muestra (¿representa estadísticamente al conjunto?) y la forma del levantamiento del cuestionario (en la calle, por teléfono, en la casa, en un sitio web).
foto: internet 
En algunos casos es posible tener acceso al cuestionario que se aplica para obtener la información. Los cambios tecnológicos han afectado la recolección de datos. En la década de 1990, las llamadas telefónicas eran la forma más sencilla de realizar sondeos. Pero ahora, las líneas fijas sólo se encuentran en los comercios o en las casas de las personas mayores. Jóvenes y adultos traen celular. Las visitas domiciliarias, es decir, la encuesta cara a cara, están prácticamente anuladas en ciertas regiones del país, en las que la inseguridad hace sospechar de cualquier extraño que toque la puerta. Otro sesgo más: en las casas con muro e interfono, de clase media alta o ricos, ¿aceptarán contestar? Es altamente improbable. Por estas razones, en las encuestas más serias se ha introducido un nuevo concepto, “casos exitosos”, que se complementa con el “porcentaje de rechazo”, es decir, personas que de plano se negaron a contestar una sola de las preguntas de los encuestadores. Por ejemplo, en un ejercicio reciente del Estado de México, un tercio de los potenciales entrevistados declinaron participar. Sobre el 66% restante, casi un tercio se manifestó como “indeciso”. En consecuencia, sólo 5 de cada diez personas dieron su opinión sobre partidos y candidatos, así como su posible preferencia de voto. ¿Qué va a pasar con la mitad en silencio? Simplemente no se sabe ni siquiera si van a asistir a las urnas, menos el sentido de su voto.


El 1 de julio del año próximo habrá elección de presidente de la república, diputados y senadores del Congreso de la Unión y en Yucatán, gobernador, presidentes municipales y 25 integrantes del Congreso local. Quince meses parecen lejanos, pero ya están presentes, alimentados por la especulación sobre lo que habrá de ocurrir: candidaturas, partidos, organización electoral, acusaciones mutuas, etc. Afinemos nuestra lectura crítica de la avalancha que viene. Que no nos agarre desprevenidos.— Mérida, Yucatán.