miércoles, 8 de marzo de 2017

Resignificar el 8 de marzo. Día internacional de la mujer

Dulce María Sauri Riancho
El 8 de marzo no es día de festejo. No lo es por su origen, motivado por una brutal represión a un grupo de obreras en Nueva York, ni por la situación actual de millones de mujeres. Si no es celebración gozosa de un solo día al año, en que se nos rinden encendidos homenajes, ¿qué es entonces el Día Internacional de la Mujer?

Una lectura reciente me movió a pensar sobre la mejor manera de aprovechar la coincidencia de este espacio semanal con el 8 de marzo. Fue un artículo de una joven mujer, Jaina Pereyra, publicado y difundido en las redes sociales. La joven Jaina elaboró una “Breve guía para no dar otro pésimo discurso en el Día Internacional de la Mujer”. Comienza diciendo enfáticamente: “No feliciten […] No hagan de un discurso que debe denunciar la discriminación, uno que enaltezca la condición”. Tampoco presenten “un rosario de cifras que no le significan nada a nadie”. En esta parte, Jaina hace una recomendación: “Traten de conocer la historia de una de las mujeres que las rodea y repítanla en público”. Así tomé la decisión de hablar de Rosa, una mujer de mediana edad con la que intercambio saludos y alguna plática ocasional cuando nos encontramos en un establecimiento comercial donde ella trabaja desde hace 14 años. A Rosa la dejó su marido entonces, como vulgarmente se dice, “con una mano adelante y otra atrás”. Con tres niños pequeños, tuvo que salir a conseguir el sustento de la familia. Con poca calificación para acudir a buscar empleo en una oficina, logró colocarse en una de esas empresas que prestan servicios de aseo y mantenimiento a edificios de corporaciones o dependencias de gobierno. Los jefes de Rosa aprecian su trabajo, a grado tal, que ha logrado resistir los cambios de compañía prestadora del servicio. Sin embargo, su diligencia en el trabajo no ha bastado para mejorar su salario ni tampoco para obtener la ansiada plaza definitiva que la libre de la zozobra de contratos eternamente temporales.

Rosa gana un poco más del salario mínimo, $1,250.00 cada 14 días. Son casi 90 pesos diarios. Pero también diariamente gasta $38.00 en venir de Umán ($11.00 viaje sencillo Umán-Centro y $8.00 de allá hasta su lugar de trabajo, ida y vuelta), más los $350.00 catorcenales que le paga al Infonavit, pues hace 4 años logró su anhelo de hacerse de una vivienda para ella y sus tres hijos. A Rosa le quedan $27.00 diarios para comer, vestirse, curarse en caso de enfermedad, comprar útiles escolares y si se puede, tener alguna pequeña diversión. Rosa no fue a Xmatkuil, ni a la Feria ni al Carnaval, porque es muy caro para su familia. Prefiere, si hay algún extra, dedicarlo a liquidar alguna deuda, que nunca falta en una economía precaria como la suya. Todas las mañanas, de lunes a viernes, Rosa entra a las 8, tiene que levantarse antes de las 5 de la mañana, para tomar el disputado camión de 5:50 que sale de Umán rumbo al centro de Mérida. Rosa no sabe que en la estadística ella está clasificada como “jefa de familia”, que sí lo es. Pero como mujer, Rosa ha visto a sus colegas hombres ascender en la pequeña escalera de su empresa, pero ella sigue igual. Temerosa de demandar con energía un incremento a su exiguo salario por el riesgo de perder el empleo, Rosa soporta y trabaja, con la esperanza puesta en que sus hijos alcancen una vida mejor de la que a ella le ha tocado vivir. No sé si la familia de Rosa tiene Oportunidades —hoy Prospera— que, si así fuera, le permitiría mejorar la salud, la asistencia escolar y la alimentación familiar. El monto de dinero recibido sería mayor al salario de Rosa y le permitiría algún respiro de sus apuros económicos.
Foto: internet
Conforme los hijos crecen, ingresan temprano al mercado de trabajo —hay que ganar dinero— y salen de la escuela, muy probablemente para formar parte de esa economía informal que puebla Yucatán, sin estabilidad de ingresos, sin seguridad social. La hija de Rosa terminará en breve la preparatoria. Le gustan las matemáticas, pero también sabe pintar uñas y tiñe el pelo de las vecinas. ¿Irá a la Universidad? Es muy poco probable. Ya el título de Bachillerato es un gran logro. Al menos, no tuvo un embarazo temprano que la volviera madre adolescente como tantas hijas de sus amigas.


Poco le dice a Rosa el Día Internacional de la Mujer. Quizá, parte de esa “moda” que denuncia Jaina, alguien la felicitará y ella no sabrá por qué. Tal vez en los millones de Rosas estaba pensando Nancy Fraser cuando criticó al llamado “feminismo corporativo”, el que se propone romper el “techo de cristal” que impide que un puñado de talentosas mujeres logre escalar posiciones de alta responsabilidad en la política y en la economía, pero se olvida de las demás. Rosa forma parte de ese gran conglomerado social marginado de las oportunidades por un sistema que reproduce la desigualdad. Si queremos darle un nuevo significado al 8 de marzo, lejos de las complacencias y del almíbar, centrémonos en imaginar a un país justo, con políticas de igualdad, en que las mujeres, libres de obstáculos culturales y sociales, puedan ejercitar plenamente sus derechos.— Mérida, Yucatán.