viernes, 10 de febrero de 2017

Sillas vacías. Cupos en las escuelas

Dulce María Sauri Riancho.
En días pasados, los vecinos de Mérida fuimos testigos de un intercambio de opiniones entre dos partes que no parecen tener referentes comunes, en una especie de “diálogo de sordos”, ese que no permite entendimientos porque se sostiene desde frecuencias distintas y se aborda desde lógicas diferentes. Me explico.

El secretario de educación estatal, licenciado Víctor Caballero, declaró que no tenían sentido ni razón las sillas encadenadas y enfiladas en las puertas de numerosas escuelas, ya que todos los niños y las niñas del estado tenían un lugar asegurado en cualquiera de las escuelas públicas de la entidad para el nuevo ciclo escolar. Aseguró el funcionario que así había sucedido en años anteriores. A pesar de la explicación y del compromiso institucional, los padres y las madres mantienen la costumbre de plantar sillas los últimos días de enero, como una forma de “guardar turno” en el proceso de inscripción que se abre el 1 de febrero. La ruidosa protesta de los vecinos de la colonia Villas de Oriente, perteneciente al municipio de Kanasín, contradice las seguridades del secretario Caballero y refuerza la muda exigencia de cupo que enarbolan las sillas vacías en las puertas de las escuelas (Diario de Yucatán, 30 de enero de 2017). Decenas de padres de familia de esta colonia cerraron por varias horas la carretera a Tixkokob pues numerosos niños no encontraron cupo en la única escuela pública que existe en esa zona y que ofrece educación primaria en dos turnos. Se declararon cansados de llevar a sus hijos a escuelas distantes, que es donde les ofrecen lugar. Quedan lejos de su casa, cuesta dinero en pasajes de camión y, además, tiempo de las progenitoras o de las abuelas, que dedican buena parte de la mañana o de la tarde a llevar y recoger a los infantes.
Foto: internet
La situación que viven las familias de Villas de Oriente es similar a la que enfrentan las 20 mil familias que habitan en Kanasín, municipio con más de 90 mil habitantes y que sólo cuenta con 36 planteles escolares. La desigualdad queda manifiesta cuando se compara con Valladolid, que con menos pobladores, dispone de 139 escuelas; Tizimín, de 187; Progreso, de 71 y Umán, de 81. De las 41 escuelas que funcionan en Kanasín, 24 son primarias (seis operan en dos turnos), 15 secundarias y sólo dos preparatorias.

En el lado poniente de la ciudad de Mérida, Ciudad Caucel, se vive una situación similar a la de Kanasín. Aunque parecen no tener la cohesión de los padres de Villas de Oriente ni han recurrido a protestas públicas para exigir la atención a sus demandas, los padres de familia se quejan porque en ese complejo urbanístico, en donde residen cerca de 20 mil familias, sólo operan tres primarias públicas. Año tras año, los niños de Ciudad Caucel que no encuentran cupo en las escuelas cercanas, asisten a alguna de las tres primarias de la villa de Caucel o en las más lejanas de las colonias Nora Quintana y Juan Pablo II (Diario de Yucatán; 6 febrero 2017). Tiempo, dinero y camión son las constantes.

Padres de familia y funcionarios tienen razón, pero ópticas diferentes para afrontar el problema de los lugares en las escuelas públicas. Mientras el secretario de Educación recurre a la lógica de la demografía y las estadísticas para afirmar que la atención escolar de todos los niños de Yucatán está garantizada, los padres y las madres apelan al pragmatismo —“no hay mejor escuela para tus hijos que la escuela cercana…”— que los lleva a dudar de la oferta del secretario. Víctor Caballero mantiene la perspectiva del saldo global, de atención plena a la población en edad escolar porque, es cierto, hay lugares suficientes para atender a toda la niñez yucateca. Los padres de familia van un paso adelante. Las circunstancias familiares, el ingreso precario y el tiempo de las mujeres —madres y abuelas— los han empujado a exigir que la cobertura escolar contemple la ubicación de los planteles. Revisar su localización significa poner por delante el territorio. Esta perspectiva llevaría a las autoridades a decidir el posible cierre de algunas escuelas porque no hay suficientes alumnos. En otros casos, implicaría disminuir grupos o, seguramente, la apertura de nuevas escuelas en donde el aumento de familias jóvenes con hijos en edad escolar así lo reclame.


La mayoría de las niñas y niños yucatecos acuden a escuelas públicas. Por eso, la oferta de lugares suficientes, accesibles para ellos y sus familias seguirá siendo una prioridad. Sin embargo, también lo es la calidad educativa. No se puede permitir que la falta de espacios o una indebida percepción de los progenitores favorezcan el surgimiento de escuelas particulares. Ellas garantizan, sí, el cupo para la población demandante pero, además, alimentan muchas veces el espejismo de que su calidad educativa es “imposible” de encontrar y de exigir en el sistema público, gratuito y obligatorio. Tal vez sea la causa de que el problema de cupo en escuelas públicas no sea asunto que sacuda a los vecinos de Santa Fe, separados de Ciudad Caucel por una calle y algún decil en la estructura del ingreso familiar. Tampoco se encuentra esta preocupación en los vecinos del fraccionamiento Las Américas, en donde residen varios miles de jóvenes familias. O en una comunidad consolidada, de clase media, como Francisco de Montejo y las primeras secciones de Pensiones, por citar ejemplos palpables, que dieron hace años sus propias luchas. Allá, en los asentamientos de clase media, la escuela pública es subsidiaria, porque existe la posibilidad de pagar por una educación privada, si no hay lugar o si se considera que la oferta pública es de baja calidad. En miles de familias esa opción no existe. Si de combatir la desigualdad social se trata, las sillas vacías son la primera trinchera a conquistar.