miércoles, 27 de abril de 2016

Fumar cannabis. No, muchas gracias.

Dulce María Sauri Riancho
El presidente Enrique Peña Nieto anunció en Naciones Unidas el fin de una política prohibicionista respecto a las drogas y un giro hacia la consideración de la farmacodependencia como enfermedad, no delito. Todo sucedió hace apenas una semana. Confieso que me emocioné. ¡Al fin —me dije— habrá una reconsideración de algo que manifiestamente no ha funcionado! Más cuando dijo que se trataba de promover un nuevo paradigma en el tema. De inmediato me imaginé el anuncio de una nueva estrategia para regresar la tranquilidad perdida en extensas regiones como Michoacán, Guerrero, Tamaulipas. Pensé en un retorno paulatino de las fuerzas armadas a sus cuarteles, de donde sólo salieran, como antes, para aplicar el Plan DN-3 en auxilio a la población en casos de desastre. Sumé los dólares que recuperarían las autoridades mexicanas al quitarle a los capos de la droga sus ganancias ilícitas, tal como lo han hecho en Estados Unidos, con cientos de millones de billetes verdes que han servido para reducir las largas condenas que enfrentan allá los extraditados.

Dicen que cada quien ve y oye lo que desea, no necesariamente lo que es. Debí haberme supuesto que cuando el Presidente habló en la ONU de abandonar la criminalización del consumo de la droga se iba a referir exclusivamente a la mariguana. Estaba el antecedente de la sentencia de la Suprema Corte de Justicia de la Nación que concedió un amparo a cuatro personas que pretendían cultivarla y fumarla para su recreación. Además, la oportuna reconsideración del uso de esta yerba para fines terapéuticos, como en el caso de la niña Grace y su rara enfermedad epiléptica, cuyas convulsiones sólo podían ser moderadas tomando un derivado de la cannabis prohibida. Estos dos sucesos motivaron un llamado de las autoridades a la realización de una serie de foros donde se discutió sobre las distintas opciones para modificar ese enfoque prohibicionista. Todo esto sucedió antes de la visita a la ONU de la semana pasada.
Foto: SDPnoticias
Peña Nieto cumplió y presentó el jueves pasado una propuesta para reformar la Ley General de Salud y el Código Penal con el propósito de incrementar hasta 28 gramos (dos onzas) la posesión legal de mariguana, que ahora es sólo de cinco gramos. El equivalente a dos cajetillas de cigarrillos de tabaco podrán estar en posesión de quienes deseen fumar marihuana, eso sí, para su consumo personal, si es aprobada la iniciativa presidencial. No sé si es mucho o poco, para efectos prácticos, implicará la salida de la cárcel de miles de personas procesadas y sentenciadas por cantidades menores a la mágica cifra de 28 gramos. Respecto a la investigación y su uso como medicamento, se haría legal lo que las abuelas empleaban años atrás: una frotada de alcohol con hojas de mariguana maceradas para aliviar el dolor de músculos o huesos.

Coincido con la apuesta presidencial por la información hacia la sociedad, especialmente niños y jóvenes, sobre los riesgos y potenciales daños que provoca el consumo de la mariguana. Nada hay más poderoso que un “No, gracias”, cuando alguien, por las razones que sean, nos ofrece sustancias que sabemos que nos pueden ocasionar daños de algún tipo. Sucede con el alcohol, con el tabaco, socialmente permitidos pero, como ahora sabemos, con terribles consecuencias a largo plazo sobre el hígado y los pulmones, cuando menos. A pesar de todas estas consideraciones, el tabaco es legal igual que las bebidas alcohólicas, comenzando por la cerveza y el vino.

La mariguana puede ser a las drogas psicotrópicas lo que la cerveza fue para las bebidas alcohólicas. Nadie se vuelve borracho por ingerir caguamas, aunque puede preparar a algunas personas para escalar hacia otras bebidas que ocasionan daños a la salud y al comportamiento social de las personas. Estamos de acuerdo con que los menores de edad no puedan comprar cigarros ni bebidas alcohólicas. Lo mismo, seguramente, sucedería con la mariguana. La mayor duda sobre su consumo es si después de fumarla se hace más fácil o necesario ingerir otras drogas, las “duras” y nefastas, como anfetaminas, cocaína, heroína, etcétera.

Hay muchas preguntas aún abiertas en torno a la liberalización del consumo de la yerba inmortalizada en la canción revolucionaria de “La Cucaracha”. Si se legaliza en cierta cantidad, ¿dónde y quiénes la van a cultivar: sembrar, cosechar, preparar? ¿En casas con modernas instalaciones, como las encontradas recientemente en Mérida, o en las parcelas ejidales del Sur? No hay noticias de que se vaya a levantar un padrón de productores de mariguana, con cantidades autorizadas y supervisadas para poderse adquirir. Tampoco hay respuestas sobre el sitio de producción y adquisición de los medicamentos, asumo que, al igual que otros, con receta. ¿Tendrán los laboratorios mexicanos la posibilidad de producir y comercializar las drogas con base en cannabis? ¿O toda —otra vez— tendrá que importarse de los Estados Unidos? No hay que olvidar que la mitad de los estados del vecino país del Norte ya han autorizado el cultivo y la venta de mariguana, además de su consumo.


Tomando de la botella de mi optimismo, espero que la legalización del consumo de 28 gramos de mariguana sea el primer paso para enmendar el camino e iniciar un difícil viraje en la estrategia de combate a las drogas que ha ensangrentado al país, sumido en la desesperación a millones de familias y, que a todas luces, ha resultado ineficaz.— Mérida, Yucatán.