miércoles, 4 de mayo de 2016

Energía renovable para Yucatán. Oportunidades y riesgos

Dulce María Sauri Riancho
Se le presenta a Yucatán una oportunidad que puede ser aprovechada o, simplemente, dejarla pasar. Guardadas las distancias, puede ocurrir lo que pasó con el henequén hace 150 años, cuando la invención de una máquina en Estados Unidos hizo que un cultivo de traspatio se volviera el eje de la economía de Yucatán por más de 100 años. Ahora es la necesidad de combatir la contaminación producida por los combustibles fósiles que se utilizan en el transporte y en la generación de electricidad para mover a las economías del mundo, totalmente dependientes de ellos. Pero igual que entonces, la miopía política y la ambición se pueden conjugar para que Yucatán y su desarrollo se queden a medio camino: con avances, sí, pero totalmente insuficientes para las necesidades de una sociedad que tiene a más de la mitad de su población en condiciones de pobreza.

Primero vino la explotación de la tierra en la parte pedregosa de Yucatán. Años después, se quiso hacer de la pesca y del mar una opción distinta para diversificar la economía. Ahora la oportunidad puede venir del aire, de “Ik”, el dios maya del viento, o de “Kin”, el dios-sol. El aprovechamiento del aire fue parte de la tradición en las casas, haciendas y quintas donde se regaban frutales. Yucatán en el Tiempo reporta que la veleta fue invención de un yucateco de origen francés, Raúl Perón, que incluso hizo los planos y envió su patente a Estados Unidos para su fabricación. Pero falleció y al poco tiempo comenzaron a llegar de Chicago, con una marca extranjera, las estructuras metálicas con aspas movidas por el viento, que permitían extraer fácilmente el agua. Todavía a mediados del siglo XX, se censaron más de 3 mil veletas en Mérida. La supuesta modernidad nos privó de veletas y con ellas desaparecieron personajes que nos eran familiares, como el veletero o el hojalatero. Nos acostumbramos a encender la bomba, a abrir la llave del agua potable, sin cuestionarnos cómo y a qué costo llegaba el fluido eléctrico a los hogares y el líquido vital a los tinacos.

Las nuevas formas de producción de energía renovable se abren paso en México. La crisis de los combustibles fósiles, como el petróleo y el gas natural, están conduciendo a desarrollar nuevas formas de obtener electricidad y fuerza motriz.

Desde hace muchos años, las presas en los ríos caudalosos del país han retenido el agua para las plantas hidroeléctricas. Pero en la Península no existen corrientes superficiales.

La segunda reserva más grande de agua dulce del país está guardada en el subsuelo peninsular, en los cenotes, que pueden volverse en un futuro el “oro azul” de Yucatán. Pero la producción de electricidad, aquí y ahora, se realiza en plantas termoeléctricas, que trabajan con gas natural, en el mejor de los casos, o con el caro y contaminante combustóleo, como sucede cuando falla el gasoducto que lo trae desde Chiapas. Las industrias y los negocios yucatecos pagan la electricidad 20% por arriba de lo que cuesta en otras partes del país. Y la CFE responde que porque en esta región cuesta más generarla. Que se regularice el suministro de gas natural para las termoeléctricas y para las fábricas que lo utilizan en sus procesos industriales es importante y urgente. Pero no es suficiente.

Las leyes secundarias de la reforma energética, en especial la relativa a la electricidad, privilegian el desarrollo de las fuentes renovables, es decir: geotermia, solar, mareomotriz, eólica. En la Península no tenemos géiseres ni volcanes superficiales. Tampoco las mareas en nuestras costas son tan significativas como para producir energía. Sin embargo, Sol y Aire, ¡eso sí tenemos! Aquí es donde se abre la oportunidad. En primer lugar, para abastecer con energía eléctrica a precios competitivos a las empresas de la Península y más barata para los consumidores domésticos; y en segundo término, para hacer de Yucatán un proveedor nacional de energía eléctrica. Quizá piensen los lectores, que las altas temperaturas de estos días han afectado mi imaginación, que vislumbro espejismos donde sólo hay piedras calcinadas por un sol abrasador. Tan no es así, que en la primera Subasta de Energía Eléctrica convocada por la Secretaría de Energía que culminó el pasado 28 de marzo, seis empresas con nueve proyectos ubicados en Yucatán fueron ganadoras, de un total de 11. Tres de estas compañías recibieron autorización para instalar parques de energía solar fotovoltaica en Ticul, Cuncunul, San Ignacio (comisaría de Progreso) y Kambul (Motul). Las otras tres empresas comenzarán la construcción de los parques eólicos de San Pedro Chacabal (Motul) y Tizimín. En la prensa se han dado a conocer las pretensiones de instalar un parque eólico en Dzilam de Bravo y otro en Kimbilá, municipio de Izamal. Es en esta última comunidad donde se han encendido las luces de alarma que remiten nuestra atención a la cara oscura de las oportunidades, que son los riesgos que traen aparejadas.

Éstos tienen que ver con la participación de la población, de los dueños de la tierra, que son los ejidatarios, en los beneficios que traerá la operación de estos generadores en sus parcelas.

El tema es tan importante, que con la licencia de ustedes, amigos lectores, y la generosa disposición del Diario, lo abordaré en las dos próximas entregas, desde la perspectiva de oportunidades y riesgos: económicos y, sobre todo, sociales. Para que el bienestar que puede traer “Ik” no se vuelva “chikinik”.— Mérida, Yucatán.