jueves, 21 de abril de 2016

Centro peatonal. Otra vez llega al debate público

Con cierta regularidad se abre paso el debate sobre el cierre del centro de Mérida a la circulación de vehículos para transformarlo en área peatonal. Fue Herbé Rodríguez Abraham en su gestión como alcalde en 1985 quien lanzó la primera propuesta, que recibió un rechazo casi generalizado del comercio organizado, con excepción —como ayer mismo nos recordó— de Jorge Torre Loría, dirigente del gremio turístico.

El paso de los días apagó el interés de las autoridades y la beligerancia de los comerciantes.

El centro continuó como sede del comercio menudista, dedicado a la población de menores ingresos, mientras algunos establecimientos departamentales decidieron poner sucursales en las nuevas plazas construidas al norte de la ciudad y lentamente dejaron “morir” a sus tiendas del centro. Por su parte, las autoridades sometieron a prueba el cierre temporal al tránsito vehicular de ciertas áreas, como la 62, frente al Palacio Municipal, para la realización de los festivales de jarana de los lunes, o el “Mérida en Domingo”, que sumó después a la Bici-Ruta.
En las noches de los fines de semana es posible encontrar cerrada la calle 60 hasta Santa Lucía y las Noches Blancas nos han enseñado a recuperar el encanto perdido de los traslados por el centro de la ciudad, dejando a un lado las angostas aceras y el amenazante paso de los autobuses urbanos.

Otra vez resurge la propuesta de clausurar el tránsito vehicular en el corazón de la capital del estado.

El detonante inédito fue la necesidad de reducir la contaminación que se sufre en el área, por la concentración de gases procedentes de los vehículos que recorren lentamente las calles congestionadas.

Una vez más la Cámara de Comercio puso el piloto automático de su rechazo, aunque ahora su joven dirigente abrió una grieta en la coraza para aceptar discutir al menos una propuesta suficientemente fundada.

En el otro extremo, el presidente de una asociación dedicada a la restauración y conservación del patrimonio se manifestó abiertamente a favor. El director del Plan Estratégico de Mérida —¿existe todavía?— recordó que el centro de Mérida es “muy dinámico, muy vivo, parte del atractivo de la zona”.

La Coparmex y el Icomos (Consejo Internacional de Monumentos y Sitios Histórico-Artísticos) plantearon que la propuesta debe analizarse como parte de un proyecto integral, bien planeado, no sólo como prohibición permanente de la circulación de vehículos en el primer cuadro de la ciudad.

Coincido. El cierre de un área del centro histórico de Mérida tiene que responder a un plan general de movilidad en una amplia zona cuyo eje es la Plaza Grande.

En dos grandes círculos concéntricos, San Juan, al sur; Santa Ana, al norte; Mejorada, al oriente y Santiago, al poniente, marcan un primer límite. La periferia del centro estaría marcada por dos importantes concentraciones de actividades de residentes y visitantes de Mérida.

Me refiero al mercado “Lucas de Gálvez” y al Centro Internacional de Congresos de Yucatán, actualmente en construcción entre las avenidas Cupules y Colón y la calle 62.

Los anuncios de futuros hoteles que se sumarán a los existentes en esa estrecha franja entre Montejo y Reforma auguran un verdadero infierno de tránsito vehicular en esa zona, al sumarse el flujo estimado de personas que atraerá la flamante unidad de congresos.

¿Qué pasará con la concentración de instalaciones artísticas y culturales: Peón Contreras, teatros Daniel Ayala, Felipe Carrillo Puerto, Armando Manzanero, Auditorio Cepeda Peraza, unidad cultural de la Uady en el actual edificio central y el magno proyecto en construcción, el Palacio de la Música? ¿Cómo se vincularán desde la perspectiva de la movilidad estas instalaciones con las obras del Paseo de Montejo y los nuevos hoteles del área?

Los funcionarios estatales y del Ayuntamiento autorizaron, y siguen haciéndolo, la construcción de edificios en el área de influencia del centro histórico de Mérida. Ni una palabra todavía respecto a un programa de movilidad, que adquiere rango de emergencia ante la situación que se presentará, cuando mucho, a la vuelta de dos años.

No todo es turismo y visitantes en el centro de la ciudad.

Su más intensa vida proviene de los miles de yucatecos no sólo meridanos, que a diario lo recorren para tomar autobuses, para hacer la transferencia de rutas porque casi todas confluyen en el centro.

Son los que no tienen auto quienes sufren las deficiencias del transporte público, los que resultan atropellados cuando las estrechas aceras son insuficientes para protegerlos del paso de vehículos que saturan sus calles.

La seguridad y los escudos deben ser también para ellos.

Recientemente, a una amiga de la familia que esperaba su camión en la calle 58, un conductor acelerado pasó su unidad sobre los dedos de su pie. Fotografías de la prensa, con ella tirada en la calle, fueron publicadas al día siguiente, pero las cámaras de videovigilancia no ayudaron a determinar qué camión causó el accidente. Todavía convalece. Salvó la vida, pero muchos más no lo han logrado en los últimos meses.

Respeto a los comerciantes que se asumen amenazados por el cierre vehicular de unas calles del centro histórico de Mérida, aunque me pregunto si mantener las mismas prácticas comerciales de antaño sirve en una ciudad con consumidores y clientes que ya cambiaron sus hábitos de compra. Demando a las autoridades estatales y municipales una pronta y eficaz respuesta a la cuestión de la movilidad —que incluye transporte público y seguridad peatonal—, que de no ser atendida con prontitud y eficacia puede lesionar seriamente las cuantiosas inversiones en marcha. Les toca decidir y actuar.— Mérida, Yucatán.