miércoles, 13 de enero de 2016

Primer Congreso Feminista de Yucatán

Dulce María Sauri Riancho
El jueves 13 de enero de hace 100 años dio inicio el Primer Congreso Feminista de Yucatán. Había sido convocado por el general Salvador Alvarado, gobernador y comandante militar, con el propósito de discutir y resolver cuatro temas sobre la condición de las mujeres yucatecas relacionados con educación, economía y política. La convocatoria abarcaba todo el estado, aunque las potenciales delegadas debían cumplir dos requisitos: ser “honradas” y poseer “cuando menos” los conocimientos de la escuela primaria, es decir, saber leer y escribir, lo que en esos tiempos limitaba seriamente su número. El gobierno se comprometió a pagar todos los gastos de viaje y permanencia en Mérida de las 620 mujeres participantes, que dispondrían de ocho días como máximo para adoptar resoluciones, las cuales, una vez asumidas, tendrían la posibilidad de ser elevadas a la categoría de leyes.

Imagen del Primer Congreso Feminista de Yucatán

El movimiento revolucionario iniciado en 1910 había movido conciencias, además de armas, para gestar un profundo cambio social en el país, que recogió el Constituyente de Querétaro. En Yucatán, la condición femenina compartía con los peones acasillados de las haciendas henequeneras y con los obreros explotados en las factorías la situación de vulnerabilidad y discriminación. Alvarado había hecho realidad el decreto de liberación de los acasillados y promovió la formación de sindicatos para defensa de los trabajadores. En cuanto a las mujeres, giró órdenes perentorias a los jefes de armas de los distintos distritos del estado, de resolver a su favor las controversias presentadas en razón del abandono y falta de manutención de sus hijos, o de la violencia ejercida en su contra. Pero no era suficiente. Se requería la adopción de medidas que permitieran plasmar en las leyes sus derechos: a la educación, al trabajo, a su libertad como persona. Imaginar las condiciones de vida de nuestras abuelas es difícil en pleno siglo XXI, pero hace una centuria, ellas alcanzaban la mayoría de edad hasta los 30 años, en tanto que los hombres lo hacían a los 21. Quedaban “encomendadas” a través de la figura jurídica de las “curatelas” que les impedía tomar decisiones sobre sus bienes. Muchas de ellas contraían matrimonio a los 13 años, como Elvia Carrillo Puerto; morían de parto y tenían que soportar calladamente el abuso de su pareja con tal de no perder respetabilidad ante una sociedad que sólo admitía a una mujer sola si era viuda. Las mujeres nacían, se reproducían, hacían tortillas y morían. Nada más. La condición de discriminación femenina era semejante en todo el país.

¿Por qué germinó en Yucatán el “exótico” llamado al debate sobre la situación de las mujeres, para que fuera la voz de ellas mismas la que definiera cómo “manumitirlas” del yugo de las tradiciones? Aquí se combinó la visión de un gobernante revolucionario, Alvarado, con una corriente de cambio que venía desde el Instituto Literario de Niñas, de Rita Cetina Gutiérrez y “La Siempreviva”, que había formado maestras de educación primaria con una forma distinta de concebir la condición femenina. El gobernante no “inventó” el feminismo yucateco, como tampoco lo hizo con la Reguladora del Mercado del Henequén.

Se los encontró y logró potenciar a ambos. Sin las feministas yucatecas no habría habido llamado al Congreso; sin Alvarado, no habría gobierno que apoyara y promoviera la expresión de las mujeres.

Se ha pretendido ver en el primer Congreso una exclusiva intencionalidad electoral, para que las mujeres pudieran demandar el derecho de votar y ser electas, cuyos sufragios favorecerían el proyecto político de Alvarado. No descarto de manera alguna que hubiera existido esa visión, que en sí misma sería innovadora y revolucionaria; sin embargo, dominaba el propósito de “dar libertad a un(a) esclavo(a)”, que es la definición de “manumitir”, sobre todo cuando se trataba de contribuir a liberar a las mujeres del yugo de las tradiciones que las obligaban a permanecer recluidas en la esfera privada, en tanto que los asuntos públicos, incluyendo la política, eran exclusivos de los varones.

Esta semana Mérida es sede de varios encuentros de feministas, mujeres y hombres, que analizarán y discutirán sobre la condición actual de las mexicanas, sus avances y retos. Como yucateca, celebro la exuberancia de los eventos conmemorativos organizados en ocasión del centenario del Congreso Feminista. Las comisiones de Igualdad del Congreso de la Unión, el Congreso del Estado, el Instituto Nacional de las Mujeres (Inmujeres), el Instituto estatal, el gobierno de Yucatán; las organizaciones no gubernamentales, activistas sociales, mujeres íconos del feminismo nacional, investigadora(e)s y académicas, pondrán termómetro respecto a los obstáculos y retos de las mujeres mexicanas en la segunda década del siglo XXI. No puede de manera alguna ser ocasión de complacencia frente a los cambios que indudablemente han acontecido en los últimos cien años. Si la tentación surgiera, tendríamos la obligación de recordar las mujeres de hoy, que estamos aquí, que tenemos voz y poder de decisión gracias a ellas, a las de “La Siempreviva”, las del Congreso Feminista de enero de 1916, que resistieron las descalificaciones y las burlas por penetrar un territorio que era, hasta entonces, exclusivamente masculino.


Muchos historiadores le han regateado a Yucatán su papel de vanguardia en el movimiento revolucionario de 1910. Todos los cambios, sostienen, vinieron “de fuera”, gestados lejos de estas tierras. El feminismo yucateco, al igual que el antireeleccionismo, estaba aquí y actuaba antes de Salvador Alvarado. Del Congreso Feminista de 1916 al asesinato de Felipe Carrillo Puerto en 1924, se vivió un periodo de cambios jurídicos y sociales que mejoraron sustantivamente las condiciones de las mujeres yucatecas. Después vino el invierno, donde resurgieron los prejuicios de los gobernantes y se abandonaron las políticas de promoción activa a favor de los derechos femeninos. Pero las yucatecas no cejaron. Y Elvia Carrillo Puerto es el mejor ejemplo. Por eso su nombre brillará con letras de oro en el recinto del Congreso del Estado a cien años de la jornada histórica del feminismo mexicano.— Mérida, Yucatán.