lunes, 11 de enero de 2016

Balanza 2015. Esperanza y fe para 2016

Dulce María Sauri Riancho (Adaptación del texto publicado en el Diario de Yucatán el 30 de diciembre de 2015)

Quiero emplear la generosidad de este espacio para intentar hacer un somero balance entre las expectativas y las realidades vividas a lo largo del año que concluyó. Dos mil quince no comenzó con felicidad para millones de mexicanos, víctimas de la violencia y de la falta de oportunidades. Y así concluyó para muchos, en México y en el mundo. El plato de la balanza que acumula decepciones y fracasos se llena con facilidad cuando consideramos lo que sucede fuera de Yucatán y nos adentramos en otras regiones en que la delincuencia provoca muertes por la ilegal e incontenible “ordeña” de los poliductos de Pemex.

Robar gasolina se ha vuelto un explosivo negocio con consecuencias impredecibles para quienes se dedican a extraer y comercializar el producto sustraído a la paraestatal y para las familias que viven en comunidades cercanas.

La fuga del Chapo Guzmán dominó el escenario del combate al narcotráfico y su búsqueda para recapturarlo, la atención de los cuerpos de seguridad, en particular de la Marina, que se ha concentrado en el estado de Durango, muy lejos del mar y de los puertos, pero muy cerca del “triángulo de oro” mexicano, donde se produce mariguana y la poco publicitada amapola de la que se extrae la heroína. (Al finalizar este texto, no se había concretado la recaptura)

En el mundo, la migración de personas alcanzó cifras récord en este año, cuando millones huyeron de la guerra en Siria e Iraq y de las hambrunas y de la violencia política en los países del sur del Sahara.

En su esfuerzo por llegar al refugio de la Unión Europea, familias enteras cruzan desiertos, se amontonan en frágiles embarcaciones en su intento por cruzar el Mediterráneo. Muchos, más de 5,000, murieron buscando llegar a una tierra que imaginan promesa de paz.

La dolorosa contabilidad consigna una reducción en la brutal frontera norte de México, donde 302 personas perdieron la vida buscando el “sueño americano”. La mayoría de los muertos no tienen nombre ni rostro; simplemente desaparecen sin dejar huella más que en el corazón de sus familiares que los buscan vanamente. La ola migratoria sobre Europa occidental está contribuyendo a socavar los pilares de la Unión Europea, en forma tal vez más severa que la crisis financiera de varios de sus miembros, encabezados por Grecia. Las barreras al tránsito de personas se vuelven a levantar en las fronteras; los ciudadanos europeos se sienten amenazados por la irrupción masiva de quienes tienen otra religión, color de piel, costumbres y tradiciones.

Los atentados de París con su secuela de más de 130 muertos obligaron a enfrentar la impactante realidad de que no son los recién llegados quienes alimentan las fauces del terror, sino sus propios ciudadanos, nacidos y educados en Europa, pero que se perciben a sí mismos como excluidos de una sociedad que rechazan como suya.

En el otro plato de la balanza, donde se agrupa aquello que permite abrir paso al optimismo, se encuentra el acuerdo surgido de la COP21, para hacer frente al cambio climático. Parecía que iba a naufragar en el agitado mar de los intereses y las rivalidades económicas entre gobiernos y grandes empresas de los países desarrollados. No fue así: salió adelante, por lo que en el seno de las Naciones Unidas 195 países habrán de ratificarlo, adherirse a él y ejecutar las medidas que hagan posible limitar el aumento de la temperatura media mundial por debajo de los 2 grados centígrados, hasta 1.5 grados. Este aparente modesto 0.5 implica un compromiso de las economías más industrializadas del planeta para reducir la emisión a la atmósfera de los gases de efecto invernadero. Esto cuesta mucho dinero, en adaptaciones y la adopción de tecnologías limpias, en especial para producir energía. Se constituirá el Fondo Verde para el Clima, para apoyar a los países menos adelantados y en desarrollo. Además, se necesita proteger a los países más afectados por las consecuencias del calentamiento global, como los pequeños estados insulares del Pacífico Sur, que se encuentran en riesgo real de desaparecer al invadir el mar su territorio. Si pudieron ponerse de acuerdo en este asunto, hay razones para esperar que logren hacerlo en cuestiones que ataquen de raíz las causas de la migración de millones de personas. La acción internacional por la paz podría restablecerla en la región más convulsionada del planeta. Entonces, sus ciudadanos ya no tendrían que abandonar sus hogares y arriesgar su vida para escapar de la violencia. En México tenemos nuestros propios desplazados internos, que también han huido de sus hogares en busca de la tranquilidad perdida. Algunos de ellos han echado raíces entre nosotros. Parecía que ignorando el fenómeno, desaparecería. Afortunadamente, el Conteo 2015 lo consideró, por lo que ahora sabemos con datos duros que Chihuahua y Tamaulipas son las entidades que más población han perdido como consecuencia de la violencia criminal que las azota.

La Real Academia Española define la “esperanza” como un estado de ánimo que surge cuando se presenta como alcanzable lo que se desea. Su prima hermana es la “fe”, que hace creíble incluso aquello que la razón se resiste a admitir. Mis deseos para 2016 tienen que ver con esa fe que nos sostiene y con la esperanza de lograr una sociedad en paz y con respeto a los derechos de cada uno de sus integrantes. “A Dios rogando, y con el mazo dando…”. ¡Felicidades!