miércoles, 5 de agosto de 2015

Publicidad y hostigamiento

Dulce María Sauri Riancho
33 4777 2240. Este número telefónico —con clave Lada que corresponde a Guadalajara— ha aparecido en numerosas ocasiones en el identificador de llamadas de mi celular. Parte de nuestra familia reside en esa hermosa ciudad del occidente de México, por lo que cuando provienen de allá, invariablemente respondo. ¡Craso error! Por si no fuera demasiado, desactivado el celular, timbra el teléfono fijo de mi domicilio: Enfrascada en la tarea de redacción del borrador de mi tesis doctoral, contesto uno a continuación del otro. Mismo mensaje, pero preguntan por todos los nombres de mujeres y hombres que puedan ustedes imaginarse. Sin caer en el garlito de brindar mis datos, reitero atenta súplica de no ser molestada; que ese teléfono no es ni de fulanita ni de fulanito; que, aunque sé que no es culpa de la o el joven que hace la llamada, le pido encarecidamente que la anomalía sea corregida. Hasta el momento, palabras vanas ante la dictadura del servidor informático que ha atado mis dos números en una secuencia que no he podido cortar a pesar de mis desesperados —y educados— intentos.

No acostumbro utilizar el espacio generoso del Diario para dar a conocer problemas personales. Pero tratándose de una situación grave, que rebasa las implicaciones individuales, decidí compartir mi experiencia sobre la protección de datos. Todo comenzó hace poco más de tres meses, cuando compré vía internet dos boletos de avión en Volaris para visitar a nuestros familiares de Guadalajara en el mes de octubre. Pagué con tarjeta de crédito y llené todos y cada uno de los campos de información requeridos por razones comerciales y de seguridad de la línea aérea. Desde luego, el sitio de Volaris contiene el llamado “aviso de privacidad” que todas las empresas que reciben datos personales de sus clientes y usuarios están obligadas a incluir por disposición expresa de la Ley. Esta medida fue adoptada después de múltiples denuncias de abuso por parte de las personas que proporcionaban su información con un propósito, pero que después se encontraban víctimas de todo tipo de promociones telefónicas, por hablar de lo menos grave que puede suceder cuando se emplean inadecuadamente estas valiosas fuentes de información.

Confieso que no había leído con detalle el “aviso de privacidad”, ni de Volaris ni de ninguna otra línea aérea o servicio. Ni siquiera por curiosidad había pulsado la tecla para escucharlo en los servicios de banca telefónica. Apremiada por la necesidad, ya lo hice. El compromiso de la empresa es utilizar los datos personales recabados única y exclusivamente para dar seguimiento, actualizar y confirmar el servicio de transporte aéreo, carga, correo o cualquier otro “producto” contratado; enviar cotizaciones de los servicios de carga, así como dar seguimiento a las reservaciones de los pasajeros. Hasta aquí, todo muy bien. Pero a continuación se enuncian las excepciones. Envueltas en argumentos de mejor atención y servicio para los clientes, resulta que los datos personales pueden ser empleados para realizar encuestas, recibir promociones por correo electrónico y ¡ojo! “información de las promociones y servicios adicionales que nosotros (Volaris) o nuestros socios comerciales ofrecemos”. Y allí comenzaron mis problemas. Uno de los socios es Invex, una casa de bolsa fundada en 1991 que devino en un dinámico banco de ahorro y crédito, uno de cuyos siete centros financieros se ubica en Mérida. En una asociación con Volaris, están promoviendo una tarjeta de crédito —Volaris-Invex— que cuando es utilizada acumula kilómetros, redimibles en viajes a los distintos destinos de la línea aérea. Hace tres meses, cuando comenzaron las llamadas a mis teléfonos, supe que no era elegible para poder tener una tarjeta de este tipo. Tal vez por mi edad —próximos 64— o por mi condición de “sujeto políticamente expuesto”, al haber sido legisladora federal y gobernadora, fui rechazada por el comité de valuación crediticia de Invex. Hasta allá debimos haber llegado. No fue así. A partir de “su” negativa a darme la tarjeta, las llamadas se intensificaron, hasta cinco al día. Conozco el funcionamiento de los “call center”, empresas dedicadas a realizar llamadas promocionales por cuenta y orden de alguna compañía, de México o del extranjero. Este tipo de establecimientos pueden estar ubicados en cualquier parte del mundo o del país. No me gusta ser grosera con quienes llaman y simplemente colgar. Creo que realizan su trabajo y que la responsabilidad es de las empresas contratantes, no de sus trabajadores. Por eso he repetido como loro desde hace varias semanas la misma explicación: “no soy; no puedo”.

“Mamá: puedes bloquear el número en tu celular”, me dijeron mis hijos. ¿Y el teléfono fijo? Arrastrada por mis corajes me enteré de que existe un Registro Público para Evitar Publicidad (REPEP), que comenzó a operar en noviembre de 2007, donde se pueden dar de alta los números telefónicos para no recibir promociones. Haré el trámite para recuperar la tranquilidad alterada; lo que no podré recuperar es la certeza de que mis datos personales se utilicen única y exclusivamente para lo acordado; que no sean parte de un mercado negro, blanco o del color que sea, de intercambio. Por lo que respecta a la promoción Volaris-Invex, ¡por favor, retiren mis números de su base de datos! Después de mi viaje a Guadalajara, me lo pensaré para utilizar los servicios de Volaris. Ni modo.— Mérida, Yucatán.