miércoles, 12 de agosto de 2015

Carreteras del Norte. Vivir con miedo...

Dulce María Sauri Riancho
¿Cómo se vive con miedo? En los últimos ocho días tuve una pequeña muestra en la visita que realicé a Nuevo León y Tamaulipas. ¡Escribe sobre los caminos, Tita!, me dijeron mis nietas mientras comíamos el lunes pasado en Tampico. “El tema de los partidos puede esperar”, añadió mi hija. Me convencieron las tres, pues compartían conmigo sus experiencias del mes de vacaciones en el estado donde las niñas nacieron y que tuvieron que abandonar cuando la violencia se acrecentó hace cinco años. A partir de entonces, miles de tamaulipecos han emigrado a otras partes del país y a las ciudades norteamericanas de la frontera, como McAllen y Brownsville. Pero millones, imposibilitados de trasladarse a otros sitios, han sobrevivido cambiando hábitos y costumbres, y adquiriendo otros que les permiten realizar algunas actividades que de otra manera les estarían vedadas por los delincuentes o por el temor de volverse sus víctimas.

Emprendí viaje hacia Monterrey en una línea de bajo costo que vuela diario desde Mérida con sus asientos completamente llenos. Iba a visitar a una buena amiga delicada de salud. Después, me trasladaría a Ciudad Victoria, capital de Tamaulipas, también para encontrarme con otra querida compañera sumida en la neblina del Alzheimer, para finalmente llegar a Tampico. No había opción más que el autobús para hacer el recorrido. Ya sabía del riesgo de las carreteras tamaulipecas: imposible viajar de noche; de preferencia, usar transporte público directo, es decir, sin paradas intermedias. A continuación les narraré algunas experiencias propias y otras de las que me enteré en las conversaciones con los norteños o en la lectura de las notas de sus sitios de internet de esos días.

El Convoy. Si quieres viajar de Reynosa a Tampico, con relativa tranquilidad, la Policía Federal ofrece un servicio de protección a los automovilistas durante todo el trayecto, más de 600 kilómetros. Se trata de un convoy, una especie de caravana a la usanza del viejo Oeste, encabezada por un contingente policiaco y con otro en la retaguardia. Es necesario esperar a un lado de la carretera, en la salida de Reynosa, para que los elementos responsables ordenen a los vehículos participantes, que pueden ser 90 o más, iniciar el trayecto, con sólo un par de paradas en las gasolineras del camino para recargar combustible y cambiar a los patrulleros. A una velocidad promedio de 130 kilómetros por hora, en cinco horas llegaron mi hija y su familia a Tampico, eso sí, asustadas ellas por la velocidad sostenida y mi yerno por la tensión de manejar como si fuera un rally. Los convoyes se han convertido en una costumbre para aquellas familias que no quieren enfrentar la zozobra de verse interceptadas en la carretera por personas con armas largas. Estos episodios pueden terminar simplemente en el robo del vehículo, pero también en el secuestro de algún miembro de la familia al que muy probablemente no se le vuelva a ver con vida.

Quizá con esto en mente, el guiador de un pequeño auto compacto atropelló a un delincuente que, armado de un fusil ametralladora, intentó interceptar el vehículo en el que viajaba con sus hijos. El malhechor quedó herido y a disposición de las autoridades. Fue una historia con final feliz para las presuntas víctimas, pues corrieron con la suerte de no recibir una ráfaga de metralla en su huida. Justo esa carretera tenía que tomar para trasladarme a Ciudad Victoria. Así lo hice, en un transporte que compré como expreso de primera clase. Cuál sería mi sorpresa cuando saliendo de Linares el autobús se detuvo a la vera del camino para dejar subir a un vendedor de golosinas y refrescos que ágilmente ofreció su mercancía a los pasajeros de los dos pisos. De inmediato pensé en el “halconeo”, es decir, la operación de reconocer el terreno para avisar de las posibilidades de interceptar y asaltar a los pasajeros. Tal vez era una inocente forma del chofer para ayudar a algún pariente o amigo, pero el clima de violencia que se percibe en la región alimentó mis miedos.

El tramo más difícil de mi trayectoria era Victoria-Tampico. Otra vez compré boleto directo para salir a media mañana del domingo. Es la parte de la carretera, después del tramo de San Fernando, donde se ha cometido la mayoría de los asaltos, a distintas horas del día y de la noche. Por eso es la más vigilada por la Policía Federal. A medio camino, el autobús se detuvo tras una larga fila de vehículos que se había formado por las maniobras que realizaban grandes maquinarias de construcción. “¿En domingo? ¡Qué extraño!”, me dije. Es fácil imaginar un escenario de asalto masivo, sin posibilidades de evadir por algún lado, más si las patrullas federales que habíamos encontrado kilómetros atrás brillaban en ese momento por su ausencia. Nada pasó, pero los anuncios de la propia línea de autobuses en los aparatos de televisión de la unidad recordaban la posibilidad siempre presente de la violencia. Además, enfatizaban, sus autobuses cuentan con wi-fi e internet inalámbrico, que les permite comunicación continua y GPS para localización en caso de secuestro.


La vida sigue. En las ciudades tamaulipecas las diversiones nocturnas han languidecido, pero los centros comerciales y los cines lucen pletóricos hasta el atardecer. En las colonias residenciales las casas no se pintan y en las cocheras sólo se guardan carros viejos, de preferencia compactos de bajo costo. De la garantía de libre tránsito consagrada en la Constitución, mejor ni hablamos; sólo pensemos que los convoyes son la nueva forma de disfrutarla. Éste es el México real en esa parte del país. Y duele.— Mérida, Yucatán.