jueves, 8 de enero de 2015

Mujeres en Navidad

(Publicado el 24 de diciembre en el Diario de Yucatán)

Para mi hermanita Rosi, en la primera Navidad sin ti

Por alguna razón la Navidad me recuerda a mis tías y a mis abuelas. Tal vez es por causa de las recetas familiares celosamente guardadas para preparar el pavo o el pastel de nuez, que sólo se cocinaban para la cena de Nochebuena. O puede ser consecuencia de los sabores mantenidos en los recuerdos infantiles del atropellado de coco o las empanadas de camote que nos distribuían al final de la novena en casa de las tías Elidé y Pastora. O quizá son los recuerdos de los afanes por recibir la ansiada invitación para asistir a la cena de la casa de la abuela María, a que sólo podían asistir quienes hubiesen cumplido 12 años.

La Navidad es la celebración cristiana más importante del año: y es también la fiesta mexicana por excelencia, que llama a sumar a todos, aun a quienes viven en lugares lejanos. Es la noche de los milagros, donde llegan los hijos distanciados del hogar familiar y se afirman los lazos entre quienes comparten cotidianamente dichas y zozobras. En cierta manera, el 25 de diciembre equivale en términos familiares al Día de Acción de Gracias de los Estados Unidos o al Año Nuevo chino, donde no median las distancias, sino la necesidad de trasladarse para llegar al hogar y dar gracias a Dios por ello.

Pero en todos los casos: americanos, chinos, mexicanos, son las mujeres las que mantienen la magia de esas fiestas. Las madres son el eje que congrega a la familia. Su figura impone orden y sana agravios, reales o supuestos, entre hermanos y parientes. Los platillos preparados según la tradición de cada familia actúan como bálsamo de recuerdos que ayudan a sobrellevar el presente y a olvidar, así sea por una noche, grietas y abismos impuestos por la convivencia. Nunca se extraña más a una madre ausente que la víspera de Navidad. Muchas veces, cuando muere, los tenues hilos que sostenían la relación entre hermanos se desatan e incluso desaparecen. Entonces, alguna de las hermanas, casi siempre la mayor, asume el papel central de convocar y mantener reunida a la familia.

Las tías son otras importantes actoras de la tradición que se manifiesta en la Navidad. Ellas, como las mías de la calle 65, se encargaban de ayudar a la hermana y consentir a los sobrinos, quienes, según el dicho popular, se los mandó el mismo diablo. Mis tías eran las organizadoras de las novenas, tanto las de antes de Navidad, como las de los nueve días después, hasta Reyes. Con sus vecinas y amigas, reunían a niños y adultos que, al concluir el rezo y el canto de los villancicos, degustaban los platillos que llevaba la “nochera”. Esta actividad repetida año tras año, constituía un elemento fundamental en la reafirmación de los lazos de cohesión entre vecinos y habitantes de un mismo barrio, en este caso del rumbo de Lourdes, que fomentaba la ayuda y los lazos de solidaridad para cuidarse entre sí y afrontar las adversidades.

Muchas cosas han cambiado en 50 años, tanto en el país como en Yucatán. Aquellas familias extensas, que sumaban más de una decena de miembros entre hijos, tías solteras, abuelos y algún sobrino, han sido sustituidas por el pequeño núcleo que incluye a padres e hijos y en uno de cada cinco hogares, sólo a la madre. A diferencia de entonces, casi la mitad de las mujeres adultas trabajan fuera de la casa y difícilmente tienen tiempo de preparar el pavo de acuerdo con la receta tradicional de la abuela, que implicaba iniciar las actividades dos días antes de ponerlo a cocinar. Se comienzan a imponer los menús de cenas navideñas preparadas en algún restaurante de cadena nacional. O, en otros casos todavía minoritarios, para acudir a algún salón y celebrar la Navidad como si fuera el último día del año. A las tías de antaño, que rezaban y cantaban villancicos, tal vez los niños de ahora les reclamarían entonar alguna de las canciones en boga, aunque se salve “… Pero mira cómo beben los peces en el río…”.


No se trata, desde luego, de proponer que las jóvenes mujeres del siglo XXI carguen sus ya de por sí apretadas agendas de trabajo con la confección de las recetas tradicionales a la antigua usanza. Tampoco pretendo que las tías de ahora, aquellas que han decidido libremente permanecer solteras o no tener hijos propios, organicen novenas como lo hacían mis tías. Pero sí es necesario revalorar el sentido de mantener costumbres que contribuyan en forma significativa a la cohesión social, de no permitir que la vorágine de la vida moderna, con sus SMS y WhatsApps incluidas, nos desvíe de la esencia familiar de las festividades por venir. Tal vez en esas tradiciones, las de la cena de Nochebuena y la comida de Navidad, se encuentren los primeros pasos para recuperar la seguridad perdida en muchas partes de México. Quizá en los lazos familiares, reforzados por una política social que asuma como propio el compromiso de apoyar efectivamente a las familias, esté el comienzo para salir de la espiral de violencia y hacer que la “Noche de paz, noche de amor” se prolongue todo el año.- Mérida, Yucatán.