lunes, 3 de noviembre de 2014

El sacerdote y el procurador. Iguala duele

Dulce María Sauri Riancho
(Publicado el martes 28 de octubre de 2014 en el Diario de Yucatán)

Al mediodía del jueves 23 se reunieron el padre Alejandro Solalinde y el procurador general de la república, Jesús Murillo. La entrevista había sido motivada por la información que el presbítero católico había recibido de un testigo del asesinato y posterior incineración de los jóvenes de Ayotzinapa, desaparecidos desde el pasado 26 de septiembre. Por su parte, la Procuraduría federal había estado realizando intensas investigaciones en el área de Iguala, durante las cuales logró encontrar nueve fosas y 30 cadáveres, aunque aparentemente ninguno correspondía al de los estudiantes desaparecidos.

He revisado con atención las diversas notas sobre el encuentro en los medios de comunicación. Lo primero que destaca es el tono de serenidad y la sensación de que hubo un esfuerzo real de intercambio de información entre el sacerdote y el procurador, ambos coincidentes en el propósito común de conocer la verdad sobre los hechos, que permita actuar contra el terrible crimen de desaparición forzada de personas o, el más grave aún, el de ejecución extrajudicial, si se comprueba que los jóvenes de Ayotzinapa fueron asesinados por policías del municipio de Iguala o de su vecino Cocula. El respeto guardado hacia los activistas sociales por el procurador -estaban presentes la escritora Elena Poniatowska y una religiosa, responsable de la Pastoral de Migrantes- fue recíproco, lo cual hace abrigar esperanzas para una eficaz colaboración entre autoridades y organizaciones de la sociedad hacia un fin común.

El padre Alejandro Solalinde es un sacerdote católico singular, que vive intensamente su compromiso evangélico. Es parte de un grupo de sacerdotes comprometidos cuya trayectoria recoge el libro “Ovejas negras. Rebeldes de la Iglesia mexicana del siglo XXI” (Emiliano Ruiz Parra; Ed. Océano). Ingresó en esta clasificación tras abrir un albergue para migrantes en la ciudad de Ixtepec, Oaxaca, en 2006 y, contra viento y marea, mantenerlo funcionando. Justamente por allá pasa el tren que corre de Tapachula hacia Acayucan, para enlazar con la red ferroviaria que llega hasta la frontera norte. El sobrenombre que ha recibido este medio de transporte para miles de centroamericanos que buscan cumplir el “sueño americano”, lo dice todo: La Bestia, porque víctimas de extorsión, secuestros, violencia sexual y física, cientos de migrantes pierden su poco dinero, sus extremidades e incluso la vida, en el intento de abordar y permanecer sobre los vagones de carga que integran el tren. Muchos de ellos tienen que esperar que pase para poderlo abordar, ya que las “corridas” no se dan diariamente ni en forma regular. Mientras, los migrantes requieren alimentos, agua, un techo donde guarecerse de las inclemencias del tiempo y dónde dormir con relativa seguridad. Estas necesidades apremiantes son las que atiende el albergue del padre Solalinde, incluso contra las autoridades municipales y de una parte de la población de Ixtepec, que consideran a “Hermanos en el Camino” -es su nombre- como un peligro.

Hace algún tiempo, un grupo de vecinos intentó quemarlo para acabar de una vez por todas con ese recinto de ayuda a quienes esperan abordar el tren hacia el norte, a los que consideran delincuentes en potencia. Esta breve descripción puede mostrar el grado de dificultad y de riesgo que entraña la labor del padre Solalinde. Pero también ilustra la profundidad de su compromiso con los débiles y los vulnerables, por lo que no es de extrañar que él haya sido escogido para las confidencias de testigos de los horrores de Iguala, convencidos de que el padre Solalinde las haría escuchar por quienes tienen la obligación de hacer justicia.

Jesús Murillo tampoco es un funcionario público cortado con la tijera de la burocracia. Ha sabido combinar las cualidades del político con la disciplina de trabajo que normalmente se asocia a los llamados “tecnócratas” del gobierno. Conozco, por experiencia propia, que no se arredra ante los problemas ni las situaciones de alto grado de dificultad, como las que vivimos en el Comité Ejecutivo Nacional del PRI después de la derrota en la elección presidencial de 2000. Esos días, cuando los compañeros del poder abandonaban al partido en busca de nuevos horizontes, Jesús se mantuvo firme ayudando en el difícil trance, resistiendo presiones y traiciones de los veleidosos que antepusieron sus intereses a los de la organización política que les había permitido desempeñarse en distintos cargos de representación popular.

Le correspondió a Jesús, junto a Beatriz Paredes, tejer la reconstrucción del PRI después del amargo tercer lugar en la elección presidencial de 2006. Al triunfo de Enrique Peña Nieto, Jesús Murillo recibió el que es quizá el encargo más complejo y comprometido de la administración pública: la Procuraduría General de la República, la misma que en la reforma política de 2013 fue dotada de autonomía constitucional y transformada en Fiscalía General de la República. Más allá de estos importantes cambios legislativos, la gran demanda de la sociedad mexicana por seguridad tiene en la procuración de justicia, en el combate a la impunidad, su primera y fundamental estación. Y la PGR y su procurador son los principales responsables de que estos propósitos se materialicen.


Iguala duele al sacerdote y al procurador. El padre Solalinde es la voz que llega a los más altos niveles de la administración para demandar justicia. El procurador Murillo Karam es quien recoge los reclamos, los hace suyos más allá de la sola obligación constitucional, con la convicción personal y el compromiso institucional de dar resultados tangibles a la sociedad. Lo hará: estoy convencida.- Mérida, Yucatán.