sábado, 27 de julio de 2013

Para la blanca Mérida

Noche Blanca
Hace un buen número de años que mi experiencia noctámbula del centro de Mérida se reduce a una cena en “Amaro” a la salida de una función de teatro. Por eso me pareció atractivo el programa que se abría a las 8 de la noche y prometía cerrarse a las dos de la mañana de un sábado de temporada. Tamaña audacia, me dije, pretender hacer algo cuando una mayoría está de vacaciones, si no de cuerpo, sí de espíritu y de cambio de la rutina familiar. Acompañada por esas “sesudas” reflexiones, me apresté junto con mi esposo, a seleccionar de un extenso menú, los principales platos para saciar el apetito de una correría nocturna por el centro de Mérida.
La inauguración de la exposición “Rembrandt: lo divino y lo humano” era el evento central de la bautizada “Noche Blanca”. Pero el primer día nunca es el mejor para observar y disfrutar la obra que se exhibe: demasiada gente, colas y empujones. Decidimos entonces comenzar por “La comidilla”, muestra de los editoriales gráficos del genial Tony. Luego, nuestros pasos se dirigieron a la Pinacoteca “Juan Gamboa Guzmán”, para “Una noche con Piazzolla”, ejecutado magistralmente por el Cuarteto Vivace. A las 10 de la noche llegamos a la Galería In La’Kech, donde tomando el fresco de la calle 60 y a través de la ventana escuchamos a la joven cantante de jazz Gina Osorno, acompañada del tecladista Verástegui. De allá salimos hacia el Macay para estar en punto de las 11 al “Elogio del Insomnio”, espectáculo de Tatzundanza con las lecturas de Alberto Ruy Sánchez. A las 12 de la noche, cuando salimos a la Plaza Grande, muchos meridanos se desplazaban por las calles aledañas, prestos a continuar la jornada en algún café o restaurante de los muchos que tenían abiertas sus puertas a esas horas.
¿Cómo surgió la “Noche Blanca”? Como nacen las ideas que caen en suelo fértil. Convocaron las autoridades responsables de la cultura del Ayuntamiento de Mérida a una comunidad, la de los artistas, a participar en una jornada inédita e integrar un programa común en el que cada quien ponía una parte, grande o pequeña, para mostrar lo que están haciendo e invitar a otros a participar. Creo que la respuesta excedió con mucho las expectativas del propio Cabildo meridano. El saldo del programa publicado el sábado pasado consigna: siete espacios públicos -de Mejorada a Santiago, de Santa Ana a la Plaza Grande-, ocho museos y ¡veintidós galerías!, donde se exhibieron obras y actuaron músicos, intérpretes y artistas ante una audiencia variopinta, en la que predominaban afortunadamente los jóvenes.
Hubo dos convocatorias curiosas, más bien fuera de lo común en una jornada artística-cultural. Una de ellas fue el espectáculo del Juego de Pelota Maya, celebrado frente a la Catedral, y el otro, novedoso y extraño para muchos, fue el recorrido nocturno por el Cementerio General de Mérida, junto con un “Mórbido Film Fest” para proyectar en ese mismo sitio una película y cortometrajes sobre espíritus, fantasmas y aparecidos. Como para poner los pelos de punta.
La Noche Blanca fue la recuperación por parte de miles de meridanos del centro de su ciudad, de sus calles y plazas, por donde paseaban, entraban y salían de exposiciones y edificios que el tráfico cotidiano oculta de las miradas y del disfrute. Pero sobre todo, esas horas pudimos tener una muestra de la rica producción cultural que generan cientos de mujeres y hombres yucatecos o avecindados, quienes la pusieron al alcance de quienes decidieron participar de su música, pintura, danza o espectáculo teatral.
La colaboración de los grupos artísticos muestra la exuberancia de las manifestaciones creativas en nuestra tierra. Desde luego que no participaron todos, pero hubo una amplia respuesta que augura cosas buenas para una siguiente edición. También los comerciantes y restauranteros pusieron su parte; unos, dejando abiertas las puertas de sus establecimientos a las miradas de posibles clientes, lo que hizo aún más disfrutable la noche. Los otros, los restauranteros, se sumaron con una carta y un precio especial para los comensales.
Hicieron falta las puertas abiertas de los teatros y espacios culturales del gobierno del Estado. El Peón Contreras, iluminado, pero cerrado, parecía llamar a la Sinfónica o a una exposición pictórica en su “lobby”. El Daniel Ayala tal vez añoró la cartelera que exhibió su vecino, el Teatro Carrillo Puerto, de la Universidad, que presentó a dos grupos de comedia, uno de ellos de tipo regional yucateco y el otro, de la época grecorromana. Un poco más al sur, la Biblioteca Yucatanense, ubicada en el edificio remozado del antiguo Diario del Sureste, pudo haber mostrado sus tesoros a tantos meridanos como circularon por la 60 en esa noche.
Me sentí muy orgullosa en la Noche Blanca. Como meridana, al caminar libremente por las calles del centro de mi ciudad, junto con otras familias yucatecas y muchos que se miraban y oían como turistas de otras partes del país. Me preguntaba cuántos de ellos no envidiarían la suavidad de las noches yucatecas, llenas de música de trova, sin eco de balas, como la que suena en su tierra. Aprendí también que hay mucha vida en los veranos de la “temporada”, lejos del mar y de Progreso. Y una vez más se mostró que más que el dinero disponible, lo que importa es la convocatoria y la percepción de que todos, sin excepción alguna, ponen su parte, bien sea el equipo de sonido, las luces o el local, y lo más importante, la participación.
La Blanca Mérida tuvo su primera Noche Blanca.- Mérida, Yucatán.