miércoles, 22 de mayo de 2013

El Archivo General del Estado de Yucatán (AGEY), entre el olvido y la memoria


En la vida cotidiana, enfrentada a los caudales de información que alimentan los medios masivos de comunicación y el internet, el olvido parece constituirse en el resultado del consumo de datos, imágenes y voces que llegan y se van apenas dejando huella en la memoria. Para perfeccionar la democracia como una forma de vida, es necesario combatir el olvido y dar paso a la memoria. En cierta forma, la Historia es la disciplina que la cuida, que se encarga de estudiarla y perpetuarla, por medio de las instituciones responsabilizadas de esta colosal e indispensable tarea: los centros de investigación, los museos, los departamentos y facultades de las universidades y significativamente, las bibliotecas y los archivos. El grado de avance de una sociedad también se mide por la calidad de sus instituciones culturales, muy particularmente de su sistema de bibliotecas y archivos.
¿Qué hacemos en Yucatán para preservar la memoria colectiva? En las bibliotecas, hemerotecas y en los archivos históricos, parroquiales, notariales, sucede cotidianamente este “milagro” que, muchas veces, no aquilatamos en su real dimensión. Me atrevo a llamarlo “suceso o cosa rara, extraordinaria y maravillosa”, que es la definición de la Real Academia, porque sólo así podemos calificar a la acción de un puñado de investigadores, empleados y restauradores responsabilizados de nuestro patrimonio histórico en medio de difíciles condiciones materiales, administrativas y políticas. En especial, el Archivo General de Yucatán (AGEY) tiene la función de custodiar la documentación generada por las instituciones públicas yucatecas, de ordenarlas, clasificarlas y ponerlas a disposición de los investigadores y de toda persona interesada.
He tenido la ocasión de conocer de cerca la labor del Agey, hace 22 años como gobernadora, cuando equipamos la entonces recién restaurada morgue del Hospital O’Horán como su nueva sede; y hace poco tiempo, como usuaria, cuando elaboré mi tesis de Maestría en Historia. Como gobernante asumí su importancia, por lo que decidí nombrar como su directora a una doctora en Historia, con grandes méritos académicos y conocimiento de los archivos de México y Francia. Juzgué, y creo que con razón, que un trabajo de esta naturaleza requiere una alta especialización; que el mismo perfil de la persona que pondría a cargo daría un poderoso mensaje a la sociedad yucateca sobre la importancia que el gobierno del Estado que entonces encabezaba otorgaba a la preservación de la memoria colectiva. Que poner al frente a un/a improvisado, sólo por llenar la plaza burocrática, sería menospreciar su valor y dejar a un lado su trascendental papel para facilitar el conocimiento de la historia y la rendición de cuentas.
El vendaval burocrático que vivimos en el pasado gobierno estatal alcanzó al sistema de bibliotecas y archivos de Yucatán. La parte buena -tal vez la única- fue la inauguración y puesta en marcha en septiembre del año pasado de la Biblioteca Yucatanense, en el restaurado edificio del ex Diario del Sureste. La mala, muy mala, fue el abandono en el que quedó sumido el Agey. No es que hubiera gozado de la abundancia en la administración de Patricio Patrón, pero la escasez se volvió miseria en el gobierno siguiente. Fui testigo de la creatividad de los fieles trabajadores del Agey, que con una simple cámara fotográfica y un artilugio de su invención, fotografiaban los frágiles documentos para evitar su pérdida total y, a la vez, ponerlos a disposición de quienes los requirieran. También sufrí el desperfecto de los aires acondicionados, en la sala de lectura y en los recintos donde se resguardan los más valiosos documentos, que requieren de temperatura y humedad controladas, más en un clima como el nuestro. Conocí los fondos documentales que no han podido ser catalogados, a pesar del esfuerzo de los investigadores del Agey, porque no hay dinero disponible ni siquiera para adquirir las pastas de cartón especial para su clasificación. Y del espacio, mejor ni hablamos. Lo que hace 20 años lucía como suficiente y digno, ha sido rebasado adentro y afuera. Cientos, si no miles de cajas, están apiladas en espera de catalogación; no hay lugar (ni dinero) para nuevos anaqueles. Afuera, el ritmo de crecimiento del Hospital O’Horán ha acabado por “estrangular” al Agey que aparece como una isla entre vehículos y personas que acuden todos los días a este centro hospitalario. No creo exagerar si digo que el Agey está en espera de una intervención mayor del propio gobernador del Estado, que lo rescate de la asfixia del olvido y la indiferencia burocrática que lo ha asolado en los últimos seis años.
Piedad Peniche, su directora desde 1991, se retirará cuando concluya el mes de mayo. El nombramiento de quien habrá de sucederla será un indicador claro de las expectativas y el compromiso del gobierno de Rolando Zapata con la preservación de la memoria de Yucatán. Un burócrata más, que se asuma como “guardián de papeles viejos”, daría al traste con esa labor misionera realizada por muchas personas, durante muchos años, en las condiciones más adversas posibles. En cambio, un perfil de investigador reconocido, doctor en historia o especialista en archivonomía, que los hay y muy buenos, sería esperanza de que ahora sí el Agey vuelve por sus bríos como eje de la red de instituciones de Memoria de Yucatán.- Mérida, Yucatán.