miércoles, 10 de abril de 2013

"Refrescar" al campo en Yucatán

Dulce María Sauri Riancho
Hoy es el aniversario del asesinato de Emiliano Zapata, hace 94 años. México y Yucatán eran muy distintos entonces. El campo y la población rural, su situación y rezago, habían motivado una revolución de la que se desprendió un nuevo orden para procurar el bienestar colectivo. Hubo notables avances, sí, pero el saldo a la fecha no es favorable para la mayoría de quienes todavía viven en los miles de pueblos dispersos por todo el país y obtienen de la tierra el sustento para sus familias. En Yucatán, al igual que en otras partes de México, es en las pequeñas localidades y la producción rural donde se concentran los mayores rezagos que lastiman a la sociedad yucateca y frenan su futuro. El Plan Estatal de Desarrollo 2012-2018 asume esta realidad y establece como objetivo de primer orden dinamizar la producción agropecuaria y mejorar el ingreso y las condiciones de vida de la población rural. Nada hay que señalar o cambiar en estos propósitos. Los problemas empiezan a cobrar cuerpo tan pronto empezamos a desbrozar los detalles de esta situación y se tornan críticos a la hora de definir cómo y con quiénes se hará el indispensable cambio de rumbo en el campo de Yucatán.
Hace 50 años más de la mitad de los yucatecos vivía del henequén o de la milpa para producir maíz. Entonces, la mayoría de las personas radicaba en pequeños pueblos o en centros semiurbanos, con menos de 15 mil vecinos. La única ciudad con servicios y población suficiente para serlo era la capital, Mérida y, en menor medida, Valladolid y Tizimín. Medio siglo después, los números se invirtieron. En la actualidad, sólo uno de cada seis yucatecos vive en poblaciones consideradas rurales. Y una de cada ocho personas que trabajan, que equivalen a 100 mil, vive del campo o se dedica a la pesca en el mar. Hasta aquí los números no nos transmiten problemas. Éstos aparecen cuando nos enteramos que de esos trabajadores del sector primario sólo 10 mil, uno de cada 10, utilizan tecnología moderna, incluyendo el riego o la pesca en embarcaciones equipadas, mientras los 90 mil restantes siguen aplicando métodos tradicionales que les permiten sobrevivir. y nada más. Este esfuerzo colectivo en condiciones tan poco favorables se traduce en una magra contribución a la riqueza del conjunto, que se mide a través del PIB (Producto Interno Bruto), de sólo cuatro pesos por cada 100 que se generan en Yucatán.
La población trabajadora del campo yucateco es -en promedio- de mayor edad que las que laboran en la industria o en los servicios. La edad de quienes trabajan en todo el Estado ronda los 38 años, pero en la zona rural rebasa los cincuenta años. El mensaje de estas cifras es grave: la agricultura y la ganadería, y en alguna medida la pesca de litoral se han vuelto actividades para los adultos mayores, es decir, casi ancianos. La mayor parte de las personas que permanecen en los pueblos, hombres y mujeres, tiene en sus derechos ejidales o en la titularidad de una pequeña parcela su principal motivo para quedarse y cuidar de lo que es, quizá, su única propiedad. Pero no implica necesariamente que la trabajen, bien sea por falta de créditos, por lo caro que resultan los insumos, por la escasa cosecha que obtienen o porque, sencillamente, ya no tienen fuerzas para hacerlo. Además, las familias crecieron; los hijos, y especialmente los nietos, ya no encontraron cabida en el trabajo de la tierra que, de por sí, resultaba insuficiente para vivir con holgura. Los jóvenes prefieren vivir en la ciudad cercana a su pueblo, o deciden establecerse en Mérida o, todavía más, se suman a los “trabajadores semaneros” que laboran en Quintana Roo. Otros, los más osados, se arriesgan a cruzar la frontera con los Estados Unidos en busca de mejores ingresos.
De allí que en el campo y en la actividad agropecuaria se vive un triple proceso de deterioro productivo: el primero, que es la despoblación en números absolutos y relativos, porque las personas han dejado el pueblo y la producción agrícola, para vivir y trabajar en los centros urbanos; la segunda, por el envejecimiento de la población rural; y el tercero, por la reticencia respecto a los cambios productivos, por la falta de acceso a créditos, a asesorías técnicas, por el desconocimiento de los mercados.
Las innovaciones tecnológicas, la nueva organización para el campo, difícilmente serían aceptadas por quienes ya tienen toda una vida haciendo las cosas de una manera. Por otra parte, ni siquiera los jóvenes egresados de las escuelas técnicas y de los tecnológicos agropecuarios tienen opción de aplicar sus conocimientos, pues no tienen tierra disponible para trabajar, ni para entregarla en garantía de los créditos que necesitan para iniciar la producción sobre nuevas bases.
Enfrentar esta situación requiere de políticas imaginativas para rejuvenecer el campo yucateco. Eso no implica de manera alguna lesionar a los adultos que han dejado vida y salud en la milpa o en la apicultura. Hay formas de conciliar y “refrescar” en términos de edad, conocimientos y expectativas las 30 mil hectáreas que comprometió el gobierno federal para Yucatán en los próximos seis años.
Epílogo. Demasiado pronto se fue el “Bonch”. Extrañaré su agudeza en la pluma y los sueños de sus ideas para cambiar el mundo.- Mérida, Yucatán.