lunes, 5 de noviembre de 2012

Las decisiones de Peña Nieto (1)


¿Una nueva frontera?
Dulce María Sauri Riancho

Dentro de un mes, el sábado 1 de diciembre, se inicia el gobierno de Enrique Peña Nieto. Asumir la responsabilidad del Poder Ejecutivo Federal entraña hacerse cargo de la administración pública, de sus programas y presupuestos y de más de cuatro millones de trabajadores al servicio del Estado. No lo hará directamente, sino con el equipo que designará para ese propósito, encabezado por los secretarios de despacho y los directores de las empresas paraestatales. ¡Claro que son las especulaciones sobre las y los futuros integrantes del gabinete presidencial lo más sabroso de comentar! Lo haré con ustedes, amigos lectores, pero antes, tratemos de revisar cuáles son aquellos temas que pueden aportar un nuevo rumbo al desarrollo del país. Para este efecto, decidí seleccionar los tres sectores que al día de hoy son la principal fuente de divisas para la economía de México: Petróleo, Remesas y Turismo. Comienzo con el primero.

La venta de petróleo crudo al extranjero ha sido desde hace más de treinta años la fuente más importante de dólares para las arcas gubernamentales y riqueza que nos ha salvado en las crisis, como la de 1994-1995. Además, los impuestos y derechos que paga Pemex al fisco federal representan alrededor del 40% de la totalidad de los ingresos públicos. Ahora resulta que el petróleo, la “leche negra” de las entrañas de la tierra, está amenazado de agotamiento, que se necesitan cuantiosas inversiones y una nueva estrategia productiva para evitar que su declinación impacte severamente en las finanzas y el desarrollo de la economía nacional. En este sentido, Peña Nieto tendrá que tomar una crucial decisión sobre la estrategia a seguir el próximo sexenio: o instrumenta la exploración y producción petrolera en aguas profundas del Golfo de México, o aplica una estrategia de recuperación y explotación de los yacimientos existentes con nuevas tecnologías y procedimientos, desconocidos años atrás cuando numerosos pozos y campos petroleros fueron abandonados.

“Aguas profundas” quiere decir más de 500 metros hacia abajo desde la superficie del mar. Equivale a recorrer en bajada hacia el lecho marino una distancia equivalente a la que hay entre el Palacio de Gobierno y el parque de Santa Ana (500 metros) o entre la Plaza Grande y el Tecnológico de Mérida (4 kilómetros y medio) y a partir de ahí, perforar. La tecnología para encontrar petróleo en esas profundidades, extraerlo y bombearlo hasta la superficie es cara y de origen extranjero. El riesgo de perforar donde no hay petróleo es elevado; aun así, si los precios internacionales del crudo permanecen altos, esta “nueva frontera” podrá ser una opción.

Si la perforación en aguas profundas es la estrategia que prevalece en el próximo gobierno para la producción de petróleo crudo, tendrá que haber una amplia explicación a la sociedad mexicana sobre las razones para adoptarla, frente a la alternativa más barata y segura de rehabilitación y recuperación de yacimientos abandonados o ubicados en las llamadas “aguas someras” (menos de 300 metros).

Vale la pena detenerse a reflexionar sobre la posible participación de capital privado en estos “megaproyectos” de extracción de petróleo y gas. Aparte de Carlos Slim y su corporativo, difícilmente habrá capital mexicano con capacidad para disputarle a las grandes transnacionales petroleras esta inversión. Pemex es una empresa pública, con un régimen especial de tributación, lo que significa que el gobierno le quita vía diversos gravámenes, seis de cada 10 pesos de sus ingresos.

Si queremos garantizar equidad, Pemex tendría que pagarle al fisco federal los mismos impuestos que cualquier corporativo privado, lo que tendría como consecuencia una caída severa en los ingresos públicos no sólo de la federación, sino de todos los estados y los municipios, salvo que se realice la muchas veces postergada “reforma fiscal profunda” para compensar por otra vía los recursos que dejarán de percibir. Además, abrir paso a la inversión privada extranjera en petróleo sería una determinación que difícilmente se podría revertir, aunque hubiese razones de sobra para ello. En este terreno, “palo dado, ni Dios lo quita”, por lo que habrá que actuar con mucha cautela.

“¿Y los yucatecos, qué?”, se preguntarán, amigos lectores. Como ciudadanos y como contribuyentes, los aciertos del futuro gobierno los disfrutaremos, pero también podremos pagar sus errores de cálculo o su imprevisión. La zona del arrecife de “Los Alacranes” colinda con uno de los campos de exploración para extracción petrolera en aguas profundas. Si localizan yacimientos, comenzarán a explotarlos.

Lo menos que podemos hacer es organizarnos para exigir al gobierno federal y a Pemex la certificación internacional de seguridad para esas actividades, tal como tienen las empresas que trabajan en los campos petroleros del Mar del Norte.

Las profundidades pueden traer cosas buenas a la superficie, como es el caso del descubrimiento de un enorme depósito de agua dulce 2,000 metros abajo del lecho lacustre de la ciudad de México. Su explotación garantizaría el abasto de agua potable para toda la capital por muchos años, sin afectar lugares tan lejanos como Cutzamala. Desvelar los secretos de las profundidades, sean petroleras, fiscales, mantos acuíferos o la ciudad perdida de la Atlántida, exige prudencia, si lo que se busca es el bienestar colectivo y no la simple novedad o cesión a las presiones de los poderosos intereses económicos que las rondan y las prohíjan.

En la próxima: Seguridad Universal y Turismo.- Mérida, Yucatán.