lunes, 18 de junio de 2012

Entre confianza y miedo


Dulce María Sauri Riancho
Por qué votar, en quién confiar
Falta un poco más de dos semanas para el domingo de la elección. Al iniciar la campaña los últimos días de marzo lejos estaba el escenario electoral de tercios que en recientes declaraciones perfiló el presidente Calderón. Al arranque, la distancia del candidato priísta, de acuerdo con todas las encuestas, parecía irremontable para los demás en los 90 días destinados al proselitismo y la propaganda. Sin embargo, la brecha se ha reducido -más o menos, según la casa encuestadora-, lo que ha obligado a todos los partidos, sin excepción, a “echar su resto”, que no es otra cosa que convencer a los indecisos de votar por ellos. Por eso, desde el lunes pasado los partidos y sus candidatos han intensificado su estrategia de atracción de los votantes que aún no han definido su preferencia, en especial quienes son parte de esa gran clase media que habita en las ciudades del país. Hacia ellas y ellos van dirigidos los mensajes de la televisión y la radio. En algunos, los candidatos presentan compromisos y hacen promesas: mucho empleo, mayores ingresos para las familias, bajar el precio de las gasolinas y la luz, entre los más sobresalientes. En otros anuncios, los candidatos pretenden descalificar a sus adversarios en un curioso juego donde la candidata del PAN intenta poner en un mismo saco al PRI y al PRD, en tanto que el candidato de la Izquierda le llama “más de lo mismo” a los gobiernos del PAN y del PRI. La candidata del PAN se declara “diferente”; el candidato del PRI invita a votar por “el cambio”, mientras que el de las izquierdas convoca “al cambio verdadero”.
En el fondo de esta maraña de definiciones y descalificaciones está la vieja disyuntiva entre “continuidad” y “cambio”. Vázquez Mota se clasifica a sí misma como la candidata que asegura la “continuidad presente”, esto es, lo que a su juicio han sido los mayores logros de los gobiernos del PAN en los últimos 12 años, en cuanto a la estabilidad macroeconómica. Deja a sus adversarios políticos el señalamiento de la pobreza y la desigualdad social creciente como saldos de la ineficacia panista para gobernar y, lo más grave, omite el doloroso resultado del combate a las bandas criminales y su estela de inseguridad y zozobra, que se ha extendido sobre grandes regiones del país.
Peña Nieto rememora en un grupo importante de electores al PRI en el cenit de su gobierno; al partido que supo dar crecimiento económico, estabilidad y paz social a México cuando muchas partes del mundo se encontraban convulsionadas por guerras y dictaduras militares, como sucedió en buena parte de América Latina en las décadas de 1950 y 1960. Al gobierno fuerte con un presidente de la República capaz de imponer orden entre los gobernadores, corregir sus desviaciones y latrocinios, mediante leyes no escritas -las facultades meta-constitucionales que refirió Jorge Carpizo- que responsabilizaba a la figura presidencial del correcto funcionamiento del sistema político en su conjunto. Esta mezcla de añoranza de la tranquilidad perdida con los nuevos rostros de los abanderados del PRI llama a una “continuidad del pasado” que a muchos ciudadanos les resulta atractiva.
Tanto el PRI como el PAN han sido gobierno en la Presidencia de la República. El PRI y el PAN se pueden atacar mutuamente echando mano a las consecuencias y resultados de sus gobiernos. Como el PRD no ha tenido esa oportunidad y no lo ha hecho mal en el Distrito Federal, los obuses de los adversarios van dirigidos a infundir miedo entre los electores indecisos. Hace seis años, la frase “un peligro para México” fue “comprada” por ese sector de clase media urbana que se creyó que López Obrador iba a eliminar créditos de vivienda y a repartir sus propiedades. En esta campaña el PAN ha desempolvado el mismo argumento, intentando asustar a los electores para que voten por la “continuidad presente”, que son ellos.
Cada uno de nosotros tendrá sus propios miedos a la hora de tomar la decisión sobre por quién votar. Unos temerán que ganen los corruptos; otros más, a que sigan los ineptos. Quizá un grupo se deje embargar por la incertidumbre de lo desconocido y se resigne a votar por quien considere “el menos malo”. Pero no debieran ser los miedos de nadie los que pesaran a la hora de decidir su voto. Si el temor es emoción, sentimiento, percepción, el voto debiera estar fundado en razones.
La confianza y la credibilidad debieran guiar nuestra mano a la hora de cruzar el voto: confianza en el candidato o candidata, confianza en su honestidad y credibilidad por su trayectoria que avala sus palabras. Si queremos un gobierno luminoso, contribuyamos a darle luz al decidir, con razones bien fundadas, por qué darle a él o a ella nuestro voto.- Mérida, Yucatán.