jueves, 3 de noviembre de 2011

La lucha contra el Aedes

Ciudadanos culpables, autoridades omisas: ¿quién cambió?

Dulce María Sauri Riancho

Año tras año la proliferación de mosquitos acompaña a la temporada de lluvias. Algunos sólo ocasionan molestas picaduras; otros, los menos, son transmisores de graves enfermedades que afectan a los humanos.

Huelga decir que los mosquitos anopheles (portadores del paludismo) y aedes aegypti (transmisores de la citada fiebre -los silvestres- y del terrible dengue -los urbanos-) sobrevivieron con diferente intensidad en las distintas regiones tropicales del mundo y continuaron causando estragos en la salud de sus habitantes. En México, después de acabar con el paludismo en 1963, muchos años más tarde se presentaron casos aislados. No así con su primo hermano, el aedes, portador del dengue, que retornó con particular fuerza en la década de 1980.

Las campañas de erradicación del mosco transmisor del dengue (clásico y hemorrágico) han sido en los últimos 20 años un elemento fundamental para proteger la salud de los habitantes de los estados con clima "tropical", es decir, cálido y con muchas lluvias, combinación idónea para la proliferación de estos insectos. Entre 1957 y 1963, sin la infraestructura de comunicaciones y transportes de la que ahora disponemos, con instituciones de salud mucho menos fuertes y con pocos recursos económicos, el país acometió la tarea de fumigar casa por casa, en casi la mitad del territorio nacional, con el objetivo específico de eliminar desde los huevecillos hasta los adultos del mosco anopheles. Todavía recuerdo la noche que pasamos en casa de mi abuela, pues nuestro hogar había sido fumigado y no podíamos entrar antes de un día. Las letras CNEP (Campaña Nacional de Erradicación de Paludismo) marcaron la puerta de todas las casas yucatecas por un buen número de años, señal de haberse verificado la visita de las brigadas sanitarias.

Entonces y después, lo más importante eran y son las tareas de prevención. Cada vez que el gobierno baja la guardia, un rebrote nos recuerda lo fundamental que es la descacharrización oportuna, la recolección de la basura, en especial llantas usadas, y su correcta disposición. Desde la década de 1990 las camionetas blancas con sus bombas fumigadoras se volvieron parte habitual del paisaje de la madrugada citadina y la campaña para limpiar la casa y sacar la basura antes de que comenzaran las lluvias se volvió sana costumbre que descansaba en la certidumbre de que las autoridades hacían su parte.

Si durante varios lustros se estableció una especie de práctica social para protegerse del dengue; si las autoridades diseñaban las campañas y ponían los medios de motivación y coerción para hacerlas efectivas, ¿dónde y por qué se quebró la colaboración entre ciudadanos y gobierno, con las consecuencias de un peligroso repunte del número de casos de dengue y una lista de fallecimientos que parece aumentar todos los días a pesar del confuso manejo de cifras?

Para el secretario estatal de Salud todo es causa de la desidia y falta de colaboración de los meridanos, porque no manejan adecuadamente su basura, porque almacenan agua que es criadero de moscos y, además, "... hay familias que rechazan a las brigadas...". Pensará el doctor Quijano que nos gustan los piquetes de mosquitos, que no nos importa sufrir la "fiebre rompehuesos" y acabar en un hospital rebasado, donde ni siquiera hay camas suficientes para recibir a los enfermos. Sugiere el diagnóstico del doctor Quijano que las madres no se alarman cuando a sus hijos pequeños los ronda un insecto y que los hijos no vean con zozobra a sus padres ancianos, que pueden ser víctimas fatales si llegan a contagiarse.

Además del reconocimiento del dengue y sus efectos graves en la salud pública de Yucatán, habría otra preocupación que representa igual o mayor importancia para una autoridad responsable del bienestar de sus gobernados. Es el reconocimiento explícito, de un alto funcionario de la administración estatal, del alejamiento, incluso la oposición de un amplio sector de ciudadanos, de los programas del gobierno. Lo que en términos actuales se denomina gobernanza.

En cuatro años en el estado, en año y medio en Mérida, ¿será posible que los ciudadanos hayan cambiado tanto y tan rápido, que han pasado de ser colaboradores y solidarios, a despreocupados e irresponsables sobre una cuestión que atañe a su propio bienestar? Más bien parece que la transformación la han vivido las autoridades. De seguir un programa de prevención, con pasos y acciones probadas en la experiencia de muchos años, pasaron a la improvisación y a los "recortes" presupuestales que impactaron las fumigaciones oportunas. De disponer de un conjunto de funcionarios de carrera, epidemiólogos capacitados, formados en la salud pública, ahora toman decisiones que atañen a la salud de todos los yucatecos: un especialista en medicina hiperbárica, otro en enfermedades de los camarones y para acabar de redondear, una joven médica general de 27 años, recién egresada de la escuela, nombrada responsable de la Jurisdicción Sanitaria 1, la que corresponde a esta capital. La doctora desplazada de esta posición clave es una reconocida epidemióloga. A falta de una explicación institucional quedamos en libertad de imaginar las razones de su remoción y de temer lo que viene en materia de sanidad.

Es lugar común: "... con la salud no se juega...". Ni en lo individual, mucho menos en lo colectivo. Por eso, en esta materia los errores de política pública se miden en vidas humanas, perdidas, lastimadas por falta de atención y por el sufrimiento. Es un dudoso lujo que ninguna autoridad debería darse. Reconsideren, por favor.- Mérida, Yucatán.