jueves, 26 de agosto de 2010

Viaje a través del tiempo por México

Dulce María Sauri Riancho

Desde hace algunos meses circula profusamente por todo el país “Viaje por la Historia de México”, de la autoría de Luis González y González. Se rumora que la reimpresión de 2010 alcanzará la fabulosa cifra de ¡27 millones! de ejemplares, para que pueda llegar a cada hogar del territorio nacional. La coedición está patrocinada por la Secretaría de Educación Pública y la Comisión Nacional de Libros de Texto Gratuito, lo que garantiza la disponibilidad de recursos económicos y la realización del amplio tiraje por la experiencia de la Conalitex en estos menesteres.

Muchas familias yucatecas han recibido o lo harán próximamente, este bello ejemplar. Sin lugar a dudas es un esfuerzo loable, de los muy pocos para conmemorar el bicentenario de la Independencia y el centenario de la Revolución que se pueden tocar y palpar. El distinguido historiador cuya obra sirve de base al libro, hace una advertencia: “…Habrá quien se pregunte por la ausencia de algún prohombre en este álbum, o critique la inclusión de personas que no son de su agrado…”. Son sólo 65 páginas que comprimen los casi 4 mil años de historia patria: menos de 2 mil antes de Cristo y 2 mil de la actual era. Pero esa exigencia de síntesis no puede impedir las preguntas sobre dos notables exclusiones: las mujeres y los protagonistas de la Guerra de Castas.

¿Dónde quedaron los personajes femeninos en más de 2 mil años de historia patria? ¿Se extraviaron? ¿Fueron despreciados o considerados “poco significativos” para ser destacados? Lo cierto es que sólo incluye tres rostros femeninos, dos de ellos presentados en el capítulo “La etapa barroca”, correspondiente al siglo XVII, calificado como “el siglo olvidado”: Nuestra Señora de Guadalupe y Sor Juana Inés de la Cruz, que comparten siglo y página. La tercera es Josefa Ortiz de Domínguez, la Corregidora, que es registrada en la parte de “Antecedentes de la Independencia”. Y después, ninguna más.

La Malinche desapareció. Leona Vicario fue ignorada. Carmen Serdán, Hermila Galindo y Elvia Carrillo Puerto no alcanzaron mención alguna en la parte correspondiente a la Revolución. En “La Generación del Medio Siglo” dejaron a un lado a Rosario Castellanos. Griselda Álvarez, primera gobernadora y distinguida literata, no calificó para ser incluida entre los personajes destacables. El colmo está en la parte final del libro, “La generación de Fin de Siglo”: tampoco figura una sola mujer entre los 8 personajes destacados del mundo de las artes, de las ciencias y la literatura, 6 todavía vivos y dos ya fallecidos. ¿Y Elena Poniatowska? ¿Y Julieta Fierro? José María Leyva fue cacique y alcalde mayor del río Yaqui. Encabezó una de las rebeliones indígenas más cruentas del porfiriato, la Guerra del Yaqui. Manuel Lozada, El Tigre de Alica, luchó por los campesinos huicholes. Son los únicos personajes recordados como protagonistas de los movimientos sociales indígenas que acompañaron la vida colonial y buena parte del siglo XIX. No sucede así con Cecilio Chi, Jacinto Pat y Manuel Antonio Ay, quienes encabezaron la Guerra de Castas, la más amplia y sostenida insurrección de la población indígena contra los blancos y criollos en alguna parte del país; abarcó casi la totalidad de la península de Yucatán; puso en jaque la sobrevivencia de la sociedad mestiza; costó miles de vidas de uno y otro lado y mostró con claridad las consecuencias brutales de la colonización española.

A casi ciento diez años del fin del conflicto con la caída de Chan Santa Cruz (duró de 1847 a 1901), ¿por qué se hizo a un lado este episodio fundamental de la historia nacional? ¿Molesta recordar el conflicto sobre los derechos y cultura indígenas, todavía presente en muchos lugares del país? Esta selección de personajes que le ponen nombre y rostro a tres milenios de historia compartida, demuestra con prístina claridad el dominio de una visión misógina y androcentrista del proceso de construcción de la identidad nacional. Las mujeres y los indígenas, prácticamente excluidos, invisibles, inexistentes.

Lo lamentable es que sea la propia SEP, la institución responsabilizada de la transmisión de los valores de igualdad, equidad y no discriminación, la que reproduzca los prejuicios y estereotipos de exclusión que patentemente acompañan este libro.

Quizá ya es tarde para corregir una edición de 27 millones de ejemplares, a unos cuantos días de los 200 años del Grito de Dolores. Pero estamos a tiempo para darle rostro y nombre a la aportación femenina a la construcción del México del siglo XX y de los albores del XXI, en las artes, en las ciencias, en la organización social y en la política. Porque podemos fijar nuestra atención en las causas indígenas del presente a partir del reconocimiento del pasado.

No habría mejor forma de conmemorar las fechas históricas que dando voz a los excluidos de la historia oficial, mujeres y hombres que han sufrido discriminación y desventajas por su género o su origen étnico.— Mérida, Yucatán.