lunes, 28 de junio de 2010

El derrame en el Golfo

El Quinto Día

Dulce María Sauri Riancho


En medio de la zozobra por la violencia que parece incontenible en muchas partes del país; entre revelaciones de conversaciones telefónicas de gobernantes y candidatos que corroen la credibilidad en el sistema electoral; entre polémicas sobre la magnitud y calidad del gasto gubernamental yucateco, la información sobre el desastre ambiental en el Golfo de México abre conciencias con desventajas: la sentimos todavía lejana, que parece no afectarnos directamente y en forma inmediata.

Hace algunos meses leí un libro, El Quinto Día. En el día 5 de la Creación, dice la Biblia, Dios creó a todos los seres que viven en el agua y a las aves. Esa es la razón de su título, que gira en torno de ese inmenso espacio desconocido casi en su totalidad, como son los mares y océanos que cubren casi dos terceras partes de la superficie de la Tierra.

El tema gira en torno a dos extraños sucesos. Por una parte, los expertos de una empresa petrolera noruega, especializada en plataformas de exploración y extracción en aguas profundas, encuentran una especie de gusanos, parecida pero más grande que los llamados “gusanos de hielo mexicanos”, cuando perforaban a gran profundidad en el Mar del Norte. Esta especie, que se alimenta del metano, empieza a “comerse” la plataforma continental, ocasionando terremotos y tsunamis en distintas partes del mundo.

Por otro lado, en la Columbia Británica, del lado del Pacífico canadiense, comienza a observarse un extraño cambio en el comportamiento de las ballenas que se vuelven contra los seres humanos que acudían a observarlas como parte de los atractivos turísticos de la región.

La tesis central del libro está en la existencia de vida inteligente en las profundidades de los mares, que se defiende vigorosamente de las agresiones a su medio ambiente por la acción de los humanos.

Esta reflexión viene a propósito de las alarmantes noticias acerca del derrame producido por el colapso de la plataforma Deep Water Horizon, de la poderosa British Petroleum. Era un gigante construido para perforar a profundidades de más de 10 mil metros. Para tener una referencia, esa es la altura a la que vuelan los aviones jet a velocidad de crucero. Pero todo se realiza bajo el agua, traspasando el lecho marino y perforando la roca en búsqueda de yacimientos de hidrocarburos.

La Deep Horizon ya había tenido una experiencia exitosa en el Golfo de México, pues en septiembre de 2009 llegó hasta un depósito de petróleo y gas ubicado a más de 10,600 metros de profundidad, en el llamado Yacimiento Tíber.

No es la primera vez que ocurre un incidente de este tipo en las explotaciones petroleras del Golfo. Su antecedente es el pozo Ixtoc que, del 3 de junio de 1979 —cuando se salió de control— y el 24 de mayo de 1980 —cuando fue finalmente sellado— vertió a las aguas unos 3.3 millones de barriles, que equivalen a la producción petrolera de un día del país. Del total tirado al mar sólo se recolectó menos del 6%; la mayoría se quemó y finalmente se calcula que alrededor del 30% se dispersó en las aguas del Golfo de México.

La magnitud del desastre del Deep Horizon es descomunal, quizá mucho más grave que el del Ixtoc. Las previsiones de seguridad fallaron; desde el 22 de abril se vierten a las aguas del Golfo alrededor de 60 mil barriles diarios de petróleo. Los alardes de tecnología avanzada poco han logrado: ni el pozo ha sido sellado ni se ha podido recolectar más que una pequeña parte del petróleo vertido a las aguas. Mientras, los humedales y pantanos de Luisiana, las costas de Florida y, potencialmente los estados mexicanos del Golfo de México, están amenazados.

La decisión de un juez norteamericano de levantar la moratoria de 6 meses para las actividades de perforación en aguas profundas norteamericanas dictada por el gobierno de Obama, favorece a las compañías petroleras, que muestran una vez más su poder por encima de los intereses generales.

Como la crisis económica actual, la crisis ambiental se generó fuera de las fronteras de México. Pero aquí pagamos sus consecuencias. ¿Qué podemos hacer? En lo inmediato, demandar a la Cámara de Diputados y a la Secretaría de Hacienda que, a la mayor brevedad, autoricen los modestos tres millones y medio de pesos que solicitan los científicos del Cinvestav para poder muestrear el agua en altamar, cerca del vórtice generado por la Corriente del Lazo. Imagínense que el petróleo puede llegar a una gigantesca licuadora que lo disperse e impulse hasta nuestras costas. Ya no lo podemos evitar, pero sí prever sus efectos más directos, si tenemos información oportuna y exacta.

En el mediano plazo, tendríamos que revisar las formas de extracción de petróleo en nuestras propias aguas profundas, esas del “tesoro en el fondo del mar”. No se puede irrumpir en los abismos insondables del espacio exterior sin prepararse tecnológica y humanamente; tampoco en las profundidades de los mares y océanos sin pensar que puede haber consecuencias. Una de ellas la estamos sufriendo ahora.

Las aguas del planeta han soportado la contaminación de la acción humana: basura de todo tipo, drenaje en las costas, detergentes y fertilizantes en los ríos. ¿Hasta cuánto y hasta cuándo? No sea que los “Yrr” inteligentes de El Quinto Día comiencen a actuar para aniquilar a la especie humana.— Mérida, Yucatán