sábado, 15 de agosto de 2009

Sin cruzar los límites. De visiones, sueños y pesadillas.

(Opinión editorial publicada en el Diario de Yucatán el 12 de agosto del presente)
Dulce María Sauri Riancho

En estos días de temporada, miles de yucatecos que disfrutamos las playas alrededor de Progreso podemos contemplar una línea que se adentra en el mar varios kilómetros: el viaducto de la Terminal Remota del Puerto de Altura, que, en unos meses más, en octubre, cumplirá 20 años de haber sido inaugurado.


La idea de transformar Progreso en puerto de Altura fue resultado de un sueño y una visión. Durante muchos años los puertos de Sisal, primero, y de Progreso, después, habían satisfecho los requerimientos para exportar henequén y para importar bienes de consumo para la población de la entidad.

Sin embargo, los puertos y los barcos en el mundo cambiaron y el principal puerto yucateco se había quedado rezagado, con su escaso calado que sólo podía admitir barcos pequeños. La modernización y ampliación de Progreso era una urgente necesidad para el desarrollo de la entidad.

No todos los sectores económicos lo veían así. Para algunos era sólo un sueño, imposible de hacerse realidad ante la falta de recursos para hacer la obra. Para otros, era algo innecesario, superfluo o exótico, que sólo representaba “tirar piedras al mar”.

Víctor Cervera tuvo la visión del Puerto de Altura de Progreso como el factor detonante del cambio que le urgía a Yucatán. En su mandato como gobernador interino se enfrentó a la acelerada decadencia de la actividad henequenera como motor de la economía del estado y a la imperiosa necesidad de impulsar la diversificación productiva más allá del ámbito agropecuario.

Al sueño de Yucatán como la “otra frontera” con los Estados Unidos, siguió el programa de industrias maquiladoras para exportación y la determinación de encontrar un transporte seguro y competitivo para sus productos. Por tierra, Mérida se encuentra a más de 2,000 kilómetros de la frontera norte, pero por mar, son sólo 555 km a Nueva Orleáns o 585 a Houston, por citar algún ejemplo. El transporte de hortalizas, materiales pétreos y sobre todo el turismo de cruceros tendrían en Progreso una alternativa atractiva para sus actividades.

En octubre de 1989 el Puerto de Altura fue inaugurado. Una revolución silenciosa se había iniciado con la construcción de la terminal especializada en granos. De pronto el maíz, la soya, el sorgo podían llegar en barcos grandes, de más de 20 mil toneladas, aprovechando los 9.75 metros de calado. Y Yucatán empezó a producir carne de cerdo y pollo no sólo para satisfacer la demanda local, sino que se colocó como uno de los mayores productores nacionales.

Es cierto que al Puerto le falta la espuela de ferrocarril que facilite y abarate las maniobras; está pendiente también el túnel o puente que libre a la población de Progreso del incesante paso de los camiones y contenedores. La corrección de la curva de aproximación y el dragado del canal de acceso, obra actualmente en marcha, le brindarán mayor seguridad a las embarcaciones.

Muchas veces me he preguntado si el Puerto de Altura se hubiese materializado sin la visión de Víctor Cervera y su determinación para realizarla contra viento y marea. Pero, ¿dónde se encuentra la tenue línea que divide la visión de un gobernante de sus caprichos y ocurrencias? ¿Cuándo los sueños de realizar grandes obras se vuelven pesadillas para la sociedad? Es difícil dar una respuesta categórica. Si visión significa la capacidad de imaginar un futuro que vaya mucho más allá del mandato constitucional, si de ella surge la convicción y el convencimiento de las acciones a realizar, entonces brota la fuerza para enfrentar los retos, por enormes que parezcan. Así sucedió con el Puerto de Altura de Progreso.

Por el contrario, cuando la imaginación alcanza sólo para inventar sin fundamento, cuando las obras se plantean para hacer lucir a un gobernante o su periodo de gobierno, cuando la meta es la ceremonia del corte de listón, aunque el proyecto no funcione o deje comprometidas por muchos años a las finanzas públicas, entonces los sueños se pueden volver pesadillas. Que así no suceda.— Mérida, Yucatán.