miércoles, 23 de noviembre de 2016

Violencia contra mujeres. Daños colaterales

Dulce María Sauri Riancho
¿Cómo estaríamos conmemorando el día dedicado a reforzar la lucha contra la violencia hacia las mujeres si Hillary Clinton hubiese ganado la presidencia de los Estados Unidos? Aparentemente no existe relación entre un suceso electoral allá y los problemas de violencia e inseguridad que viven millones de mujeres y niñas mexicanas. Pero la hay por dos razones: la primera, por el perfil y las actitudes de quien se impuso en la carrera presidencial norteamericana. La segunda, porque la derrota de Clinton reforzó la discusión sobre el machismo soterrado, presente hasta en una sociedad que considerábamos muy avanzada en los temas de igualdad de género. El próximo presidente de los Estados Unidos mostró durante su campaña rasgos de discriminación hacia las mujeres, así como su “cosificación”, al considerarlas exclusivamente como objetos de uso y deleite masculino. El “efecto imitación” de la conducta del hoy presidente electo, es demoledor para las causas de la igualdad de las mujeres. Su triunfo dio legitimidad a todos aquellos hombres que simplemente se niegan a aceptar la participación femenina en la toma de decisiones sobre asuntos públicos. Fue como destapar una cloaca, de la que están emergiendo las resistencias –antes ocultas, ahora abiertas- a considerar a las mujeres con iguales derechos a participar. La cultura patriarcal resurgió con vigor renovado. Observemos las fotografías de sus colaboradores, donde el único rostro femenino que aparece es el de Ivanka, su hija.

Bajo la influencia de Trump, se presentará la amenaza de un verdadero retroceso en los temas y causas de las mujeres, desde su participación política, hasta derechos relacionados con la educación y la salud. El riesgo no se detiene en ese punto, sino que el lenguaje procaz y descalificador de Donald Trump crea condiciones para incrementar la violencia por cuestión de género. Este personaje dijo hace algunos años: Estoy automáticamente atraído por las mujeres hermosas. Simplemente empiezo a besarlas. Es como un imán. Beso, ni siquiera espero. Cuando eres una celebridad, te dejan hacerlo. Puedes hacer cualquier cosa. Agarrarles por el *****. Puedes hacer de todo”. Tenía entonces, 2005, el poder para imponer sus caprichos y deseos sobre un grupo. Ahora lo puede tener para hacerlo sobre toda una nación. En el imaginario machista, suena como disparo de salida de una carrera para recuperar supuestos privilegios perdidos frente a la igualdad de género. En la Casa Blanca de Washington cabe esperar un ambiente enrarecido para las mujeres que ahí trabajen, posiblemente extendidos a otros espacios públicos, donde el sometimiento y la vejación pueden constituirse en la única vía para conservar sus empleos. Es difícil imaginar mayor violencia: verbal, psicológica, laboral, sexual.

En México, desafortunadamente, la violencia contra las mujeres sigue presente. El INEGI ha documentado que cerca de dos tercios, 63 de cada 100 mujeres de 15 años y más, ha experimentado al menos un acto de violencia de cualquier tipo, ya sea emocional, física, sexual, económica, patrimonial, y discriminación laboral. Quien agrede puede ser la pareja: esposo o novio, algún familiar, compañero de escuela o del trabajo, alguna autoridad escolar o laboral. Aun así, se han registrado avances. El Sistema Nacional contra la Violencia hacia las Mujeres, coordina al gobierno y a la sociedad para diseñar y aplicar programas y acciones en la materia. A través del programa PAIMEF (Programa de Apoyo a las Instancias de Mujeres en las Entidades Federativas) de INDESOL, los institutos estatales de las mujeres reciben recursos federales para prevenir y atender a las mujeres en situación de violencia, cuyo origen en numerosos casos proviene precisamente de su hogar, donde tendrían que sentirse más seguras. La figura del feminicidio, entendida como la privación de la vida de una mujer por su condición de género, se ha implantado jurídicamente en varios estados, entre otros, Yucatán, aunque los fallos judiciales aún dejan mucho que desear. Pero a partir de 2015 se ha recrudecido la violencia política, la que se ejerce contra representantes populares, funcionarias públicas y otras figuras de autoridad femenina, por su condición de género. El establecimiento del principio de la Paridad en las candidaturas al Congreso, federal y de los estados, se ha hecho extensiva a los ayuntamientos en la mayoría de las entidades, tanto a nivel de planillas de regidores -50 por ciento para cada sexo- como en las candidaturas a las presidencias municipales, -mitad mujeres y mitad hombres. Para algunos hombres, ha sido un juego de “suma cero”, es decir, que las mujeres ganan espacios porque ellos los pierden. El enfoque de derechos no ha sido suficiente para restañar heridas. Así se ha demostrado en Chiapas, donde varias mujeres resultaron electas para encabezar los cabildos de sus municipios. Tanto Rosa Pérez, en Chenalhó, como María Gloria Sánchez, de Oxchuc, fueron obligadas a renunciar. Son mujeres; los usos y costumbres locales no toleran que ellas puedan gobernar, aún habiendo obtenido la mayoría de los votos.


Afuera, la elección que favoreció a Donald Trump en los Estados Unidos, trajo consigo “daños colaterales” a las causas relacionadas con el derecho a la Igualdad de las mujeres en el mundo que no podemos ignorar. Adentro, los fenómenos de violencia política por condición de género comienzan a mostrar la resistencia masculina frente a los cambios que han abierto paso a una mayor participación de las mujeres en los asuntos públicos. Este 25 de noviembre habremos de recargar baterías, mujeres y hombres, para seguir luchando por el derecho de las mujeres a vivir en paz. 

miércoles, 16 de noviembre de 2016

Gobierno de Trump. Los primeros 100 días

Dulce María Sauri Riancho
Qué hacer. Es la pregunta que se escucha incesantemente desde que Donald Trump resultó electo presidente de los Estados Unidos. Lo mismo en la Unión Europea que en Asia, en Medio Oriente o América Latina, el futuro inmediato parece rodeado de incertidumbre. Se visualiza un grave retroceso en materia de derechos humanos y un aumento de las tensiones políticas y económicas en el mundo. México figura en primer lugar de la larga lista de posibles afectados. Los rumores abundan.

La revisión del “Contrato de Donald Trump con los votantes americanos” podría darnos un piso sólido para conocer las acciones previstas en el “plan de acción de los primeros 100 días de gobierno” que, como el “Te lo firmo, te lo cumplo” de Peña Nieto, fue pieza fundamental de la estrategia para convencer a millones de norteamericanos de votar por él.
(El Plan) “es un contrato entre mí mismo (Trump) y los votantes americanos”, que se compromete a restaurar “honestidad y rendición de cuentas, y traer el cambio a Washington”. Contiene seis medidas “para limpiar de corrupción” y de colusión al aparato de gobierno que reside en la capital americana; siete acciones “para proteger a los trabajadores americanos”; cinco, para “restaurar la seguridad y el estado constitucional de derecho”; dos medidas para “aliviar” los impuestos de la clase media; el fin de la tolerancia al “offshore” para las transnacionales norteamericanas; incentivos fiscales para la inversión en infraestructura a través de la asociación público-privada. El “plan de los 100 días” anuncia también la expedición de una serie de actas, compromisos detallados para cada tema de interés. Trump propuso un acta especial para “limpiar la corrupción” en Washington en los primeros tres meses de su gobierno. Actas y acciones deberán estar instrumentadas antes del 1 de mayo del año próximo, cuando cumpla el plazo del “contrato” suscrito por el nuevo presidente, que tomará posesión el 20 de enero.
“Piensa en lo mejor; prepárate para lo peor” podría ser la máxima adoptada para transitar por estos días de incertidumbre y temor. No dudo que Donald Trump cumplirá sus promesas de los primeros 100 días. Se juega su credibilidad y su imagen de “rebelde” frente al statu quo que encarnó en la burocracia de Washington. Prepararnos para lo peor significa, en el caso de México, aceptar abiertamente que sufriremos la inmediata presión para renegociar el Tratado de Libre Comercio de América del Norte. Dos son los sectores económicos en principal riesgo: la industria automotriz instalada por las ventajas de acceso a la Unión Americana y los exportadores de hortalizas y frutas.

El muro

Deliberadamente he dejado a un lado la amenaza de construir un muro que proteja a Estados Unidos de las “invasiones bárbaras” procedentes del Sur. Lo hago porque ya han sido edificadas altas murallas de ladrillo y acero en cientos de kilómetros de frontera entre los dos países, además de que la historia ha demostrado una y otra vez su inutilidad. Preocupan las remesas de los mexicanos, que podrían ser gravadas con un impuesto a las transacciones, so pretexto de pagar el muro. Se sumaría a la persecución en el caso de los indocumentados, o del hostigamiento y discriminación, para quienes legalmente viven en los Estados Unidos. Cumplir la promesa de los 100 días respecto a la deportación de personas recluidas en las cárceles o con antecedentes criminales representará una enorme carga para el aparato penitenciario y la organización social en muchas regiones de México. No parece que haya más alternativa que admitirlos, no sólo por razones humanitarias, sino también porque pende la amenaza de cancelar las visas norteamericanas para todos los ciudadanos mexicanos si las autoridades locales se niegan a aceptar la repatriación de los presuntos delincuentes.

Salgamos de nuestra burbuja de ilusiones. Trump ya llegó y va a gobernar. No es cierto que las reacciones en su contra van a permanecer por siempre. La atracción que representa la promesa de reducir significativamente el impuesto sobre la renta para las familias de clase media y el descenso del 35% al 15% de la tasa impositiva para las empresas le ha ganado tempranas simpatías al magnate. Forman parte de las medidas de los primeros 100 días. Tiene a las dos cámaras del Congreso para aprobarlas sin mayor discusión. Hasta las transnacionales norteamericanas tendrán su tajada del pastel, pues además de la expectativa de enormes inversiones en infraestructura y de la liberación de las restricciones para construir gasoductos y explotar petróleo y gas, podrán repatriar utilidades con una tasa impositiva del 10%. Qué vaya a pasar cuando las políticas proteccionistas eleven los precios de los bienes y servicios en los Estados Unidos es otra parte de la historia. Primero, los caramelos de la luna de miel. Después vendrá el duro enfrentamiento con China, acreedor y verdadera fuente de problemas para el nuevo presidente.

Extraño una matriz FODA para México en esta coyuntura, aquella que establece Fortalezas y Debilidades, Amenazas y Oportunidades. Más todavía, añoro una adecuada comunicación de este análisis a la sociedad mexicana por parte de los funcionarios gubernamentales. El optimismo motivacional al estilo de Miguel Ángel Cornejo no ayuda. Menos el pesimismo paralizante. Rechazo aquellas expresiones y actitudes que pretenden comunicar “aquí no pasa nada”. En esta coyuntura sólo sirve el pensamiento lúcido y la actitud valiente para enfrentar los retos por venir. Se trata del gobierno, pero también de la sociedad en todas sus formas de organización y de participación.— Mérida, Yucatán.


miércoles, 9 de noviembre de 2016

Nostalgia vs. Esperanza

Dulce María Sauri Riancho
Desde 2000 no había experimentado sentimientos de angustia frente a los posibles resultados de una elección. A diferencia de entonces, la fuente de mi congoja proviene de otro país, de otro proceso electoral con reglas y tradiciones distintas de las nuestras, todavía empantanadas en una transición que se antoja interminable.

“Hoy se está haciendo historia”, me dijo una amiga hasta ahora ajena a la política y a los políticos. Ríos de tinta y millones de bytes de información se han dedicado en los últimos 12 meses a analizar la elección presidencial en los Estados Unidos desde todos los ángulos imaginables, incluyendo desde luego las consecuencias del triunfo de una u otro. Los candidatos de los partidos tradicionales: el del burro azul-Demócrata y el elefante rojo-Republicano, son atípicos: una mujer y un empresario multimillonario. No es sólo el género, su perfil profesional y su experiencia política lo que los separa. Es una visión del presente y del futuro de la nación que continúa siendo la más poderosa del mundo en términos militares y económicos. “Que Estados Unidos sea grande otra vez” (Make America Great Again), lema de campaña de Donald Trump, y “Más fuertes juntos” (Stronger Together), de Hillary Clinton, resaltan ese abismo que los divide. Un lema tiene dejo de nostalgia. El otro, reto de futuro. Los nostálgicos quieren cerrar sus fronteras no sólo a las personas, sino a las mercancías provenientes de otras regiones del planeta. Recuperar la grandeza implica según este pensamiento, que Estados Unidos regrese a ser la fábrica de manufacturas del mundo, tal como sucedió en la añorada década de la post-guerra. Los seguidores de Trump quieren que la sociedad norteamericana vuelva a ser blanca, rubia y de ojos azules, dejando atrás las mezclas raciales que han desdibujado esa imagen de los “hueros del norte”. Bienvenida la inmigración, pero de piel blanca, religión cristiana y europeos, de preferencia. Con visa o sin ella, no importa, como sucedió con Melania, flamante tercera esposa del magnate candidato. Volver la manecilla del reloj atañe también a las mujeres. Que el hogar y la familia vuelvan a ser el centro de sus ocupaciones; y que sus preocupaciones se concentren en la adquisición del refrigerador más moderno o el centro de lavado de última generación. Dar la vuelta a la rueda del tiempo implica regresar al pasado de clara superioridad militar norteamericana en la Tierra y en el espacio, ámbitos indiscutibles de su supremacía, más cuando colapsó el régimen de la Unión Soviética.
En la etapa de la “Guerra Fría”, de la “Destrucción Mutua Asegurada” (MAD, por sus siglas en inglés), predominaba el miedo, porque se sabía que si se empleaba un arma nuclear también el atacante quedaba destruido por la brutal represalia ejercida de ese lado.

El terco presente se impone a la nostalgia por un pasado idealizado en la memoria colectiva. La globalización económica ha implicado la salida de fábricas del territorio norteamericano para instalarse en otros lugares donde la mano de obra es más barata. Trump puede prometer, a la mejor usanza de un demagogo latinoamericano, que habrá de cerrar sus fronteras a los productos importados, comenzando por los mexicanos. Pero cuando los consumidores norteamericanos vean deteriorar su poder de compra por el incremento de los precios —los comerciantes no van a absorber el nuevo arancel— protestarán ruidosamente, se llamarán engañados por quien les prometió “hacerlos grandes de nuevo”.

Por eso me preocupan un poco menos las consecuencias comerciales de un triunfo del demagogo norteamericano, incluyendo la amenaza reiterada de construir un muro a lo largo de la frontera con México.

No sería la primera vez que un político en campaña abandona sus promesas electorales, una vez que comienza el difícil camino de gobernar.

Quiero creer que apretar el botón nuclear demanda de dos: militar y presidente en ese orden, por lo que aún un loco en el Ejecutivo norteamericano tendría algún contrapeso.

Entonces, ¿dónde está la principal fuente de mi zozobra en este día histórico en que los yucatecos celebramos el 142 aniversario del nacimiento de Felipe Carrillo Puerto? Se encuentra en todo aquello que no regresará a donde estaba antes de iniciarse esta campaña electoral en los Estados Unidos: el respeto a la diversidad, la tolerancia hacia las minorías de cualquier tipo. “Los demonios del racismo salieron del clóset y no van a regresar”, fue la expresión de otra persona cercana.

Se rompieron los límites de lo políticamente correcto, base de la convivencia en una sociedad plural, y surgió la discriminación hasta ahora soterrada, que en esta campaña adquirió legitimidad para expresarse ruidosamente. Ni siquiera se salvan los personajes artísticos nacidos en Estados Unidos, si son judíos, afroamericanos; menos las personas comunes, incluyendo latinos o asiáticos.

Los mexicanos de este lado no votamos en los Estados Unidos, verdad de Perogrullo. Eso hace aún más dramático el momento: observamos y creemos que poco podemos hacer. No queremos a Donald Trump en la presidencia de los Estados Unidos: es una amenaza para el mundo y para su propio país, estamos ciertos. Hillary Clinton es incertidumbre, pero al menos en su caso, como en el pithos de Pandora abierto en esta elección, en el fondo quedará la Esperanza. Esta mañana del miércoles lo sabremos.— Mérida, Yucatán.