miércoles, 27 de julio de 2016

El botón nuclear gringo. Hillary Clinton vs. Donald Trump

Dulce María Sauri Riancho
Como en la granja de animales de Orwell, en la jerarquía de los procesos electorales hay algunos más importantes que otros. Uno de estos sucede en los Estados Unidos, que en estos días está viviendo la culminación de sus primarias para elegir a sus candidatos a la presidencia de la república. El próximo noviembre, los electores americanos decidirán si Hillary Clinton o Donald Trump gobernarán durante cuatro años (2017-2021).

Voces críticas de la Unión Americana han manifestado su temor de que el “desdichado, ignorante, peligroso payaso de tiempo parcial y sociópata de tiempo completo” Donald Trump gane las elecciones de noviembre. Michael Moore, destacado cineasta crítico del sistema, da cinco razones por las que considera que el candidato republicano se impondrá sobre Hillary Clinton.
La primera proviene de la actuación de la clase media blanca, muy afectada en su economía, en especial en los cuatro estados del Medio Oeste: Michigan, Ohio, Pennsylvania y Wisconsin, que han perdido industrias completas, desplazadas a otros países como México. Detroit, otrora el centro del imperio automotriz mundial y ahora una ciudad endeudada, es un ejemplo.

Segunda razón: hombres blancos agraviados por los avances en la igualdad de género, cuando el empoderamiento de las mujeres los hacen sentir como una especie en peligro de extinción. Y reaccionarán en consecuencia, votando a favor de un macho, sexista y misógino, que reivindique sus perdidos poderes. Tercera: Hillary Clinton representa “la manera antigua de la política”, que hace compromisos con cualquiera con tal de ganar una elección, y que esta actitud es fuente de rechazo, especialmente entre las mujeres jóvenes. Injusto, sí, porque Hillary pertenece a la generación que libró las grandes batallas a favor de los derechos de las mujeres. Pero las glorias pasadas ni allá ni acá, son suficientes para ganar el futuro.

Cuarta razón de Moore: los seguidores de Bernie Sanders, el rival de Hillary en las primarias, están “deprimidos”. Es cierto que no votarán a favor del adversario, pero tampoco se movilizarán para atraer a otros posibles simpatizantes y garantizar que el día de la elección acudan puntualmente a votar.

El quinto y último argumento del negro vaticinio de Moore tiene que ver con el que denomina “Efecto Jesse Ventura”, destacado profesional de la lucha libre quien sorpresivamente se impuso en la contienda por la gubernatura de Minessota (1999-2003).
Dice Moore: “No lo hicieron porque (los votantes) fueran estúpidos, ni porque pensaran que Jesse Ventura fuera un hombre de estado o un intelectual de la política”, sino como una especie de chiste de humor negro, una forma de protestar contra un sistema político enfermo. Para este tipo de votantes, Trump puede ser una especie de venganza, “coctel molotov” que pueden utilizar los agraviados para “limpiar la casa” de todos sus fantasmas: inmigrantes, negros, feministas, etc.

Para la mayoría de los mexicanos, inmersos en nuestros propios problemas de inseguridad y pobre crecimiento económico, este asunto “es de los gringos”. Ni siquiera la descalificación sistemática de México y de todo lo que huela a mexicano por parte del candidato republicano ha sido suficiente para activar las alertas que se prenden cuando estamos en presencia de una potencial amenaza que puede materializarse si Donald Trump se vuelve presidente de Estados Unidos.

¿Exagero? No lo creo así. No prendo la luz roja sólo por el muro que habrá de construirse en las zonas faltantes de los tres mil kilómetros que dividen a México y Estados Unidos desde 1848. Ni lo hago por la sentencia de Trump que serán los mexicanos quienes pagarán por esa muralla con los aranceles e impuestos que impondrá sobre todos aquellos productos manufacturados en nuestro país.

Mi alerta tiene que ver con una característica singular de nuestro vecino. Junto con Rusia, China, Reino Unido y Francia, Estados Unidos comparte la calificación de “potencia nuclear”, es decir, dueña de armamento que podría generar un proceso que borrara a los seres humanos de la faz de la tierra.

Por eso, cuando se elige a un mandatario de estas cinco naciones, se designa a una persona con poder para utilizarlas. El botón nuclear no es sólo una fantasía de los guionistas de Hollywood, sino una terrible realidad que subyace como un peligro potencial para la humanidad. Como persona, madre y abuela, tengo derecho a inquirir sobre las capacidades de quienes compiten por la silla presidencial norteamericana, sus propósitos e incluso, sobre su temperamento y estabilidad mental.

Si pretende que Estados Unidos se salga de la Organización Mundial de Comercio; si cuestiona los pactos y acuerdos multilaterales y deslegitima a las instancias internacionales, incluyendo la ONU, ¿cuánto tardaría Donald Trump en tomar la decisión de emplear su arsenal nuclear para solucionar, por ejemplo, una disputa comercial con China?

Además de rezar y encomendarnos a la Virgen de Guadalupe, los mexicanos podemos alertar a amigos, parientes y paisanos en los Estados Unidos, para que no se materialice “la profecía que se cumple a sí misma”. Que todos quienes tienen derecho, salgan a votar. Que no les pase como a los electores británicos que se quedaron en casa o quienes llevados por su coraje y frustraciones, se arrepintieron al día siguiente de haber emitido su voto a favor de la salida del Reino Unido de la Unión Europea.


En materia nuclear no hay mañana. Hiroshima y Nagasaki, este 6 y 9 de agosto así nos lo recuerdan, 71 años después.— Mérida, Yucatán.

miércoles, 20 de julio de 2016

Matrimonio a debate. Cuatro lecciones

Dulce María Sauri Riancho
No sólo las elecciones y los partidos polarizan las opiniones y los puntos de vista de los ciudadanos. Otros temas también lo hacen, como por ejemplo, la reforma educativa y los movimientos magisteriales para rechazarla. Algunos asuntos, vinculados a creencias arraigadas y principios religiosos, dividen con mayor intensidad, a grado tal que las descalificaciones dominan el escenario. En este ambiente, parece una tarea imposible realizar un intercambio razonado de argumentos entre partes tan enfrentadas. Sin embargo, hace una semana cuatro personas, con posiciones encontradas sobre el matrimonio igualitario, debatieron abiertamente utilizando las modernas técnicas de comunicación, que permitieron en tiempo real conocer las primeras intervenciones de las partes, y después, leer en la edición impresa del Diario las respuestas al resto de las preguntas.

No abundaré sobre el fondo del asunto, que ha sido analizado con detalle en estas páginas. Ahora quisiera enfatizar en las cuestiones que tienen que ver con la forma y las circunstancias que hicieron posible la realización de ese intenso intercambio de argumentos, que demostró por la vía de los hechos que sí es posible realizar un debate que realmente ilustre a la ciudadanía sobre temas de interés general. De este episodio extraigo cuatro lecciones, que quisiera compartir con ustedes, amig@s lector@s, como una manera de contribuir a la reflexión colectiva sobre aquellos mecanismos que pueden enriquecer la vida democrática de la sociedad yucateca.

Primera lección: el valor civil para debatir. Rodrigo Llanes Salazar, presidente del Colegio de Antropólogos; Antonio Salgado Borge, maestro en Estudios Humanísticos con especialidad en Ética; Víctor Pinto Brito, presidente de la Asociación de Médicos Católicos de Yucatán, y Abraham Cardeña López, directivo de la Unión por la Familia, dejaron la molicie de la descalificación y decidieron “dar la cara”. Los cuatro son personas acreditadas en sus respectivos medios profesionales y sociales; dos de ellos, Antonio Salgado y Rodrigo Llanes, articulistas de Diario de Yucatán, además de sus responsabilidades académicas. El doctor Pinto ya había dado a conocer su posición contraria a la iniciativa presidencial en estas mismas páginas. El médico había retado a los dos académicos a confrontar sus puntos de vista en un debate.

Parecía que todo iba a quedar en la página editorial, en que cada quien por su carril iba a exponer sus argumentos, buscando convencer a los lectores sin “arriesgar el pellejo” en un intercambio directo. Pero recibieron una invitación del Diario… y aceptaron. Cuatro preguntas, tiempo igual para responder y grabación accesible desde el portal web de toda la sesión, además de la edición impresa de viernes y domingo. Viéndoles suspiré pensando: ¡Cuántas veces nos hemos quedado ansiosos por presenciar un verdadero intercambio de posiciones y argumentos entre candidatos a algún cargo de elección popular! Y hasta la fecha, nos lo han negado. Cálculo político, prevención de posibles daños a su imagen, lo cierto es que hasta el momento, nos lo deben.

Segunda lección: el respeto a la pluralidad. En un ejercicio de simplificación, podríamos clasificar a la línea editorial del anfitrión, el Diario, como contraria a las posiciones que defienden el matrimonio igualitario. Sin embargo, ha sido en sus páginas donde se han expuesto los encontrados puntos de vista al respecto, dando espacio y oportunidad de expresión a unos y otros: el Diario convocó al debate; lo organizó y difundió en condiciones de equidad. Recordé la máxima de Voltaire: “No comparto su opinión, pero daría mi vida por defender su derecho a expresarla”.

Tercera lección: los temas más polémicos pueden ser confrontados civilizadamente. Un debate es un ejercicio de retórica, con argumentos basados en criterios de carácter jurídico, filosófico y político. Se trata no sólo de hablar bien y bonito, sino de encadenar los razonamientos para adoptar o rechazar determinadas cuestiones. El jueves pasado hubo réplicas, contrarréplicas y aclaraciones; el moderador, elemento clave, hizo uso de la flexibilidad para lograr el objetivo de un pleno intercambio de ideas. ¡Cómo me gustaría haber presenciado hace cinco años un debate entre los defensores de la construcción del paso deprimido y quienes trataron a toda costa de impedirlo! O entre quienes quieren el cierre del tránsito vehicular en el centro histórico de Mérida y los que lo defienden a ultranza. Las soluciones sobre esos y otros asuntos ganarían mucho en legitimidad con una confrontación pública de visiones encontradas.

Cuarta lección: un verdadero debate sí ayuda a la ciudadanía a tomar posiciones sobre temas y personajes. En ese sentido, creo que el principal destinatario de la lección es el Instituto Nacional Electoral y el órgano local, que tendrán a su cargo la organización de las elecciones en 2018. Otra vez mi memoria voló hacia los debates de 2012, acartonados intercambios entre personajes atrincherados, monólogos en un mismo espacio físico, pero sin tocarse ni con el pétalo de una rosa. Aburridos hasta decir basta. Concebidos sólo para llenar el requisito, sin verdadera intención de ir un milímetro más allá. Vean, por favor, señoras y señores del INE, que sí es posible generar condiciones para confrontar ideas entre adversarios políticos, como son los candidatos a cargos de elección popular. Sería forma efectiva de atender el derecho ciudadano a la información.


Por mi parte, me convencen los argumentos de empatía, solidaridad y cooperación, así como no discriminar en razón de la preferencia sexual. Por eso creo que el matrimonio igualitario es parte de la respuesta social a una innegable pluralidad en nuestra vida colectiva.— Mérida, Yucatán.

miércoles, 13 de julio de 2016

Cambios en el PRI: Legitimidad indispensable

Dulce María Sauri Riancho
Los partidos políticos son definidos por la Constitución como “entidades de interés público”. Su compromiso con la sociedad consiste en ampliar la democracia y mejorar la convivencia mediante una disputa pacífica por el poder político. Los partidos cuestan mucho dinero proveniente del financiamiento público, léase nuestros impuestos. Por ese mero hecho tendríamos que prestar atención a lo que sucede en su vida interna, aun no siendo militantes o simpatizantes de los mismos. De su cabal funcionamiento depende la calidad de la democracia: partidos que cumplen su función de representación de la sociedad, rinden buenas cuentas. PRI, PRD y PAN viven ahora problemas severos de organización. Los primeros dos, como consecuencia de derrotas electorales e indefiniciones en su conducción y el último, PAN, curiosamente derivados del éxito inesperado que los llevó a ganar siete gubernaturas en junio pasado.

El Partido de la Revolución Democrática parece haber perdido el rumbo que lo llevó a situarse como la segunda fuerza política en 2012. Ellos de plano eligieron a un externo, Agustín Basave, para presidir su comité ejecutivo nacional. No les dio resultado. Basave renunció después de siete meses. Ahora tienen que elegir dirigentes en medio de las disputas entre sus corrientes internas, que no ceden en su afán de adquirir ventajas en la distribución de las candidaturas y prebendas hacia 2018. El PAN, como señalamos, vive su propia crisis de identidad, aunque disfrazada por los triunfos electorales. Esta situación ha logrado ocultar ante los ojos de la ciudadanía las grandes grietas que recorren la estructura panista, en la que se han refugiado “moches” y gobernantes acusados de corrupción.
El PRI está pasando un delicado momento, en cierto modo semejante a lo que acontece en el PRD. Su característica de partido en el gobierno hace que los problemas internos del PRI tengan un efecto multiplicador hacia la sociedad en su conjunto. Por eso vale detenerse a realizar una revisión de los recientes acontecimientos registrados en este partido. Manlio Fabio Beltrones, experimentado político, ex gobernador de Sonora, coordinador del grupo parlamentario del PRI en las cámaras de Diputados y Senadores, renunció a la presidencia nacional después de sólo 10 meses. Más que las derrotas en siete gubernaturas, imperaron los desacuerdos entre la dirigencia partidista y su gobierno, particularmente cuando se trató de marginar sin éxito a algunos gobernadores impresentables de la designación de los candidatos del PRI. Ahora un distinguido técnico, ex director de la Comisión Federal de Electricidad (CFE), toma posesión como presidente del comité nacional del PRI. A diferencia de todos sus antecesores, Enrique Ochoa no ha tenido cargo de representación popular ni ha sido dirigente de algún comité o sector del partido. De esta ausencia se pretende derivar la virtud de no arrastrar ninguno de los vicios que se achacan a los directivos priistas. Su cola corta “sólo” cuenta con el lastre de los recientes incrementos a las tarifas eléctricas. Se han destacado sus cualidades de polemista, capaz de enfrentar al encendido presidente nacional del PAN, con argumentos que convenzan a la sociedad y entusiasmen a las bases priistas, seriamente desmotivadas por los malos resultados de junio.

Si el voto contrario al PRI fue efecto del hartazgo social frente a la corrupción y la violencia; si los aumentos de precios vinieron en cascada después de las elecciones agraviando aún más la economía familiar; si cuestan más la electricidad, la gasolina y el gas, ¿podrán las palabras emocionadas del dirigente priista convencer de lo contrario a los afectados? Cuando miles de maestras y maestros salen a la calle para protestar por el daño infligido a sus ingresos; cuando la movilización magisterial comienza a aglutinar la protesta social en el país, la congruencia entre lo dicho y lo hecho se vuelve indispensable. Un tímido paso se dio al interponer la Procuraduría General de la República (PGR) una acción de inconstitucionalidad ante la Suprema Corte contra los llamados “paquetes de impunidad”, aprobados por los congresos de Veracruz y Quintana Roo.

No conozco personalmente a Enrique Ochoa. Llegará a la cúpula de la dirigencia del PRI sin “luna de miel” ni tiempo para vivir la curva de aprendizaje que se requiere en toda actividad nueva. Tendrá que construir su legitimidad adentro y afuera del partido. Las candidaturas del Estado de México, Coahuila y Nayarit 2017 ya están en el caldero de las ambiciones. Los tres procesos están indisolublemente unidos a 2018. Para el PRI, ganar el Estado más poblado del país, raíz del poder político del presidente Peña Nieto, es condición necesaria para competir en la elección presidencial.

Mas no es suficiente, como se demostró en 2006.

Para que el PRI retome el rumbo, no basta un rostro joven y una voz vigorosa. El gobierno que surgió de sus filas en 2012 tiene también que cambiar; asumir como propias las reclamaciones de la sociedad; combatir de verdad la corrupción; comprometerse con la transparencia y los derechos humanos, no sólo de dientes para afuera.
Y sobre todo, revisar un modelo de desarrollo que genera desigualdad y pobreza. Que Ochoa sólo tenga 11 meses, antes de la elección del 4 de junio del año próximo, sería lo de menos. Es el tiempo del país el que se agota. Y nadie hay más responsable que el partido en el gobierno. Mérida, Yucatán.

miércoles, 6 de julio de 2016

Diezmos y moches. El huevo de la serpiente

Dulce María Sauri Riancho
“Diezmo” y “moches”. El diezmo alude a la obligación de los fieles católicos de donar a la Iglesia el diez por ciento de sus ingresos. En la jerga política, es la aportación que contratistas y proveedores de servicios deben entregar a funcionarios gubernamentales a cambio de cualquier asignación presupuestal. El “moche” es otra cosa, muy parecida al diezmo en cuanto a corrupción se refiere, pero distinta. La palabra alude a “mordida”, pedazo que se cercena de un presupuesto público destinado a proyectos en los municipios, muchos de ellos pequeños y con poca capacidad de gestión de los fondos federales. El “diezmo” se le otorga al funcionario del Ejecutivo; el “moche” proviene del Legislativo y surge de la posibilidad que tienen los legisladores para “acercar” partidas del presupuesto anual de egresos a municipios o grupos de la sociedad. Muchas veces es una gestión desinteresada del legislador, con el solo propósito de facilitar el camino a las autoridades locales, la mayoría con poca experiencia en los vericuetos burocráticos de la administración pública. En otros casos, el favor se cobra con un “moche”. Conlleva, en reciprocidad, favorecer al contratista amigo del legislador, que resultará agraciado con el contrato conseguido gracias a la gestión de su amigo, compadre o socio.

Puede o no mediar concurso de obra, pero el resultado invariablemente recaerá en su compañía. No es difícil suponer que después de obtenido el contrato, hay un sacrosanto reparto de la cantidad “mochada” al presupuesto público.

Los “moches” también pueden provenir de los recursos presupuestales que son asignados a cada diputado(a) durante el proceso de aprobación del presupuesto anual, para la ejecución de obras en los municipios de su distrito. Pueden ser más de 20 millones de pesos, que multiplicados por 500 pueden alcanzar hasta la astronómica cifra de 10,000 millones de pesos. Disponen de esos fondos legisladores de todos los partidos políticos, que pueden dar curso a proyectos de cualquier tipo, sin expediente técnico y, por tanto, sin supervisión en su ejecución, ya no digamos en su planeación. El desperdicio de dinero en inútiles y frívolas obras es la consecuencia inmediata de este desorden administrativo que implica la irrupción del Poder Legislativo en funciones y atribuciones reservadas, por mandato constitucional, al Poder Ejecutivo, que es el que tiene los medios institucionales y las personas capaces de analizar la viabilidad de las propuestas y de llevarlas a cabo.

Habrá quien diga que el problema del “diezmo” proviene de la época colonial, cuando los puestos eran vendibles y los funcionarios de la Corona se dejaban sobornar con singular alegría.

No discutiré si la situación actual tiene estas añejas raíces, pero indudablemente son las estructuras institucionales de hoy, frágiles y maltrechas, las que permiten y protegen estas prácticas.

El “moche” viene de otro lado y de una fecha cercana. Dicen que se presentó por primera vez en 2006, cuando Felipe Calderón estuvo a punto de no rendir su compromiso constitucional ante el Congreso de la Unión por las protestas por el apretado resultado de las elecciones. El PRI, que habría ocupado el tercer lugar en la contienda presidencial y era la tercera fuerza en la Cámara de Diputados, se erigió en el fiel de la balanza que se inclinó a favor del presidente electo. Pero las negociaciones del nuevo gobierno se complicaron extraordinariamente, en especial las relativas al Presupuesto de Egresos 2007. Fue entonces cuando se estableció un mecanismo para “convencer” a los legisladores de todos los partidos de votar a favor de las iniciativas presidenciales en materia económica. Consistió en asignar alguna cantidad para que éstos la administraran directamente, de acuerdo con las necesidades y los compromisos políticos que pudieran haber contraído durante sus campañas. Así se hizo desde entonces. El huevo de la serpiente había sido introducido en el Poder Legislativo a grado tal, que durante varios años la iniciativa del Presupuesto federal siempre consideró el programa destinado a canalizar esos recursos a los legisladores. El año pasado, el presidente Peña Nieto (léase Luis Videgaray) no envió en su iniciativa el monto acostumbrado. Esta omisión no fue obstáculo para que los diputados establecieran una partida especial que le diera nueva vida a los programas más proclives a los “moches”. Razones y pretextos abundaron: que tenían muchos compromisos después de sus campañas (noviembre de 2015); que ya era una costumbre, que sus alcaldes y sus representados les exigían. En fin, contra viento y marea, la práctica se sostuvo.

El agudo análisis del doctor Freddy Espadas realizado en las páginas del Diario encarna con precisión los terribles resultados de la laxitud a la hora de ejercer recursos públicos. Los afectados tienen rostro y nombre, como el pequeño Francisco Jadiel Góngora May, quien falleció en Tekax ante la falta de atención de un hospital que debió haber sido inaugurado hace nueve años pero que, entre “diezmos” y “moches”, sigue sin entrar en funciones.


¿Cómo se combate a la serpiente que brotó del huevo, incubado en una transición política inconclusa y frustrada? Sólo la organización social lo puede hacer, obligando a los legisladores a aprobar un presupuesto verdaderamente austero, sin programas y partidas con dedicatoria personal. Así, el ofidio de la corrupción puede morderse la cola y morir envenenado.— Mérida, Yucatán.