viernes, 28 de agosto de 2015

Devaluar y depreciar. Los efectos del dólar caro

Dulce María Sauri Riancho
Devaluación y depreciación: conceptos parecidos, pero que no son lo mismo. Devaluar es un acto de gobierno; depreciar, una situación de mercado. Sutilezas aparte, vale preguntar quién gana y quién pierde con la depreciación del peso frente al dólar americano.

La lista de los perdedores es larga. Comencemos con quienes pertenecen a una generación ya casi desaparecida: los que eran jóvenes aquella primavera de 1954 cuando de manera sorpresiva, en plena Semana Mayor, el gobierno federal anunció la devaluación de nuestra moneda, que pasó de 8.65 a 12.50 pesos por dólar.

Desde entonces, cada Semana Santa rondaba el fantasma de la devaluación. Después de esa fecha grabada con hierro candente en la memoria colectiva de la época, se dio inicio a la etapa conocida como “desarrollo estabilizador”, por la que México fue reconocido internacionalmente como un auténtico y sostenido “milagro económico” que se prolongó 22 años.

Fue otra devaluación, anunciada durante el Informe presidencial del 1º de septiembre de 1976, la que cerró definitivamente el ciclo de crecimiento sostenido. Seis años después, en el informe presidencial de 1982, se anunció la estatización de la banca privada y se estableció por primera vez el control de cambios, por medio del cual personas y empresas tenían que recibir autorización para adquirir dólares, a un tipo de cambio establecido por el gobierno.

No me detendré a narrar las consecuencias de la aplicación de una medida de esta naturaleza, que afectó a las empresas y al propio gobierno, que tuvo que pagar sus créditos internacionales en dólares, con un peso devaluado considerablemente.

Dieciocho años después, la crisis económica conocida como el “error de diciembre”, comenzó justamente con una devaluación de la moneda. En esos años, funcionaba una llamada “banda de flotación”, para que la paridad peso-dólar fluctuara en sus límites. Recuerdo que el 20 de diciembre de 1994, se “rompió” la banda y al día siguiente, comenzó la depreciación de la moneda que en un mes perdió más del 60 por ciento de su valor.

No fue lo más grave, sino que las reservas del Banco de México, las que garantizaban el mantenimiento de la paridad, se habían prácticamente agotado, por lo que éste se retiró del mercado cambiario con el propósito de proteger lo poco que le quedaba. No rememoraré los detalles de esa turbulenta etapa, en que la inflación se disparó y miles de empresas y millones de familias se vieron imposibilitados de saldar sus créditos por la abrupta elevación de las tasas de interés.

Sin embargo, vale recordar algunas cosas de esa terrible experiencia. No fue la depreciación del peso lo que lastimó el bienestar de los mexicanos, sino el deterioro de las finanzas públicas. Gastar más de lo que se tiene, tarde o temprano trae problemas. Así sucedió entonces, cuando se acudió al endeudamiento gubernamental para mantener en precario equilibrio las cuentas del sector público. Eso fueron los Tesobonos, obligaciones en pesos pero indizadas en dólares, lo que en buen castellano significaba que cuando se liquidaran a los inversores, principalmente extranjeros, se haría de acuerdo con la paridad prevaleciente en ese momento.

De la noche a la mañana hubo que pagar ¡29 mil millones de dólares! Se habían transformado en cifras astronómicas, inmanejables salvo que se volvieran deuda interna, tal como autorizó el Congreso de la Unión en una medida desesperada.

A partir de 1995, el Banco de México inició una lenta recuperación de sus reservas, hasta alcanzar hace algunos meses, casi 200,000 millones de dólares. Veinte años después, no es esta elevada cifra la que garantiza la paridad, como en el pasado, sino el libre juego de la oferta y la demanda en el mercado cambiario.

El Banco de México tiene la obligación legal de vender parte de sus reservas para lograr estabilizar la moneda cuando se deprecia más de lo contemplado. Por eso Banxico ha subastado casi 7,000 millones de dólares de este monto tan duramente ahorrado durante más de 20 años. Alguien dirá: “es menos del 4 por ciento del total”, pero se han esfumado en unas cuantas semanas y sin resultados reales, pues el lunes pasado un dólar costó 17.47 pesos, casi cinco pesos más que hace exactamente un año.

En una economía globalizada como la mexicana, insumos y productos industriales, así como bienes de consumo general tienen componentes que provienen del extranjero, que se cotizan en dólares y que, al costar más, sus fabricantes trasladarán el aumento al consumidor final. Así, sin deberla ni temerla, por esta vía muchos padecerán las consecuencias de la inestabilidad cambiaria.

Además, si las empresas venden menos, recortarán el número de trabajadores y otras más podrían cerrar. Por eso es tan importante darle cuidadoso seguimiento a las acciones del Banco de México. Seguir “quemando” sus reservas no parece ser el mejor camino.

Uno de los contados beneficiados con el dólar caro es la Secretaría de Hacienda. Resulta que Banxico está vendiendo dólares que compró a 12 y 13 pesos en los años de la bonanza petrolera, hasta más de 17 pesos, como ayer. Sólo con los remates de las últimas semanas, Banxico ha ganado más de 50,000 millones de pesos, mismos que completitos tiene que entregar a Hacienda que, de esta manera, podrá solventar parte del elevado déficit en las finanzas públicas previsto para 2015.


“De lo perdido, lo que aparezca”, me parece escuchar del secretario Videgaray al recibir estos ingresos extraordinarios. Flaco consuelo será frente al brutal descenso del precio del petróleo de exportación, que bajó ayer hasta 33.71 dólares, cuando hace un año costaba casi 100 dólares. Ya veremos qué pasa cuando en unos días se presente el proyecto de presupuesto 2016 y haya pasado el Informe presidencial del 1º de septiembre.— Mérida, Yucatán.

jueves, 20 de agosto de 2015

Relevos partidistas: Anticipados, remisos, a tiempo

Dulce María Sauri Riancho
Reza un refrán atribuido a Miguel de Cervantes: “el tonto sabe más en su casa que el sabio en la ajena”. Si tomara el consejo al pie de la letra, difícilmente podría compartir con ustedes, amigos lectores, algunas reflexiones sobre los relevos en la dirigencia de los tres grandes partidos nacionales.

Sin embargo, lo hago con la tranquilidad y el compromiso de analizar lo que sucede en el interior de las distintas denominaciones partidistas porque son “entidades de interés público”, tal como los define nuestra Carta Magna.

La Constitución nos concede el derecho de conocer, indagar y criticar a los partidos políticos, tengamos o no militancia en alguno de ellos. Incluso, podemos considerar que este ejercicio es una responsabilidad ciudadana para mejorar la calidad de la democracia en México, aunque sea la indiferencia o el franco rechazo los sentimientos que predominan cuando se abordan estos temas. Como si se hubiesen puesto de acuerdo, PAN, PRI y PRD están eligiendo en estas semanas a quienes los conducirán en el crucial año de 2016, cuando el calendario electoral del país marca la renovación de 12 gubernaturas, es decir, más de un tercio del total. Un poco más adelante, las mujeres y los hombres designados tendrán la encomienda de luchar por el triunfo de su partido en la elección presidencial de 2018.

A tiempo. El PAN fue el primero en concluir su elección interna, apenas el domingo pasado, cuando estrenó el método de la consulta directa a sus militantes, mediante el voto secreto. A pesar del aparente interés que suscitó la contienda por la dirigencia nacional y a que simultáneamente se eligieron dirigencias locales en un número importante de estados, sólo votó la mitad del padrón panista.

El candidato derrotado, Javier Corral, cuestionó con severidad la calidad del listado de su partido y las tácticas que sus opositores internos emplearon para obtener una aplastante mayoría, alrededor del 80 por ciento del total, a favor del joven candidato oficial, Ricardo Anaya.

Leyendo las crónicas de estos días sobre el relevo panista, tuve una especie de déjà vu, esa extraña sensación de haber visto y vivido antes algo semejante. Efectivamente, los sucesos del PAN se asemejan en buena medida a lo acontecido en el PRI después de perder la Presidencia de la República en el año 2000, cuando la Asamblea nacional decidió aplicar un método similar al del PAN del pasado domingo, que resultó en el cuestionado triunfo de Roberto Madrazo y Elba Esther Gordillo.

Al paso del tiempo, los priistas nos enteramos que había habido una decisiva intervención de Los Pinos para favorecer a la fórmula ganadora, porque el presidente Fox había pactado con ellos el apoyo a su reforma fiscal y a la pretensión de gravar con IVA a los alimentos y medicinas. Cuando intentó honrar su compromiso, la maestra Gordillo fue destituida como coordinadora del grupo parlamentario priista en la Cámara de Diputados.

Roberto Madrazo desconoció el trato con Fox; consintió la defenestración de quien se mantuvo todavía como secretaria general del PRI en tanto creaba un nuevo partido, el PANAL.

El saldo de la dirigencia madracista-elbista fue la aplastante derrota del PRI en la elección presidencial de 2006.

Con estos recuerdos no estoy diciendo que Anaya haya establecido algún compromiso con el gobierno de Enrique Peña para lograr el triunfo. Pero no es ningún secreto que para el gobierno de Peña negociar con Ricardo Anaya será menos complicado que con Javier Corral. Creo que al PAN todavía le falta una amarga derrota en 2018 para tocar fondo y desprenderse definitivamente de los lastres que impiden su recuperación.

En Yucatán, ganó Raúl Paz Alonzo y perdió Alfredo Rodríguez y Pacheco. La juventud se impuso a la experiencia que agrupó a panistas históricos y al mismo alcalde saliente de Mérida, que por tercera vez en seis meses resultó derrotado en sus aspiraciones.

Anticipado. El PRD anunció el relevo de su actual dirigencia nacional. Carlos Navarrete no pudo resistir los malos resultados electorales, que dejaron a su partido apenas unas décimas porcentuales arriba de Morena, su adversario en la izquierda, que además se impuso en el otrora bastión perredista de la capital de la República.

Lloviendo sobre mojado, el Tribunal Electoral anuló el triunfo del PRD en el municipio de Centro, Tabasco, por lo que de ratificarse la sentencia, tendrá que disputar de nueva cuenta la única capital estatal ganada el pasado 7 de junio. En consecuencia, el PRD se dispone a encontrar al personaje que les permita una razonable unidad interna y mayor eficacia en la lucha electoral. Tarea difícil cuando el escenario de la izquierda parece estar dominado con el activismo de Morena y de su líder histórico, Andrés Manuel López Obrador.

Remiso. El lunes pasado sólo se inscribió una fórmula para la dirigencia nacional del PRI. Manlio Fabio Beltrones y Carolina Monroy son, desde esa noche, presidente y secretaria general de su comité nacional, que rendirán formal protesta el próximo jueves.

Estatutariamente, relevarán a Humberto Moreira —¡sí, el gobernador que sepultó en deudas a Coahuila!—, electo en marzo de 2011, quien renunció en vísperas del inicio de la campaña presidencial, en diciembre del mismo año, después de que se reveló el escándalo financiero de su gestión.


La aparente tersura del cambio priísta no oculta las tensiones que anticipan un acotamiento a la voluntad presidencial sobre el candidato a sucederlo en el 2018.— Mérida, Yucatán.

miércoles, 12 de agosto de 2015

Carreteras del Norte. Vivir con miedo...

Dulce María Sauri Riancho
¿Cómo se vive con miedo? En los últimos ocho días tuve una pequeña muestra en la visita que realicé a Nuevo León y Tamaulipas. ¡Escribe sobre los caminos, Tita!, me dijeron mis nietas mientras comíamos el lunes pasado en Tampico. “El tema de los partidos puede esperar”, añadió mi hija. Me convencieron las tres, pues compartían conmigo sus experiencias del mes de vacaciones en el estado donde las niñas nacieron y que tuvieron que abandonar cuando la violencia se acrecentó hace cinco años. A partir de entonces, miles de tamaulipecos han emigrado a otras partes del país y a las ciudades norteamericanas de la frontera, como McAllen y Brownsville. Pero millones, imposibilitados de trasladarse a otros sitios, han sobrevivido cambiando hábitos y costumbres, y adquiriendo otros que les permiten realizar algunas actividades que de otra manera les estarían vedadas por los delincuentes o por el temor de volverse sus víctimas.

Emprendí viaje hacia Monterrey en una línea de bajo costo que vuela diario desde Mérida con sus asientos completamente llenos. Iba a visitar a una buena amiga delicada de salud. Después, me trasladaría a Ciudad Victoria, capital de Tamaulipas, también para encontrarme con otra querida compañera sumida en la neblina del Alzheimer, para finalmente llegar a Tampico. No había opción más que el autobús para hacer el recorrido. Ya sabía del riesgo de las carreteras tamaulipecas: imposible viajar de noche; de preferencia, usar transporte público directo, es decir, sin paradas intermedias. A continuación les narraré algunas experiencias propias y otras de las que me enteré en las conversaciones con los norteños o en la lectura de las notas de sus sitios de internet de esos días.

El Convoy. Si quieres viajar de Reynosa a Tampico, con relativa tranquilidad, la Policía Federal ofrece un servicio de protección a los automovilistas durante todo el trayecto, más de 600 kilómetros. Se trata de un convoy, una especie de caravana a la usanza del viejo Oeste, encabezada por un contingente policiaco y con otro en la retaguardia. Es necesario esperar a un lado de la carretera, en la salida de Reynosa, para que los elementos responsables ordenen a los vehículos participantes, que pueden ser 90 o más, iniciar el trayecto, con sólo un par de paradas en las gasolineras del camino para recargar combustible y cambiar a los patrulleros. A una velocidad promedio de 130 kilómetros por hora, en cinco horas llegaron mi hija y su familia a Tampico, eso sí, asustadas ellas por la velocidad sostenida y mi yerno por la tensión de manejar como si fuera un rally. Los convoyes se han convertido en una costumbre para aquellas familias que no quieren enfrentar la zozobra de verse interceptadas en la carretera por personas con armas largas. Estos episodios pueden terminar simplemente en el robo del vehículo, pero también en el secuestro de algún miembro de la familia al que muy probablemente no se le vuelva a ver con vida.

Quizá con esto en mente, el guiador de un pequeño auto compacto atropelló a un delincuente que, armado de un fusil ametralladora, intentó interceptar el vehículo en el que viajaba con sus hijos. El malhechor quedó herido y a disposición de las autoridades. Fue una historia con final feliz para las presuntas víctimas, pues corrieron con la suerte de no recibir una ráfaga de metralla en su huida. Justo esa carretera tenía que tomar para trasladarme a Ciudad Victoria. Así lo hice, en un transporte que compré como expreso de primera clase. Cuál sería mi sorpresa cuando saliendo de Linares el autobús se detuvo a la vera del camino para dejar subir a un vendedor de golosinas y refrescos que ágilmente ofreció su mercancía a los pasajeros de los dos pisos. De inmediato pensé en el “halconeo”, es decir, la operación de reconocer el terreno para avisar de las posibilidades de interceptar y asaltar a los pasajeros. Tal vez era una inocente forma del chofer para ayudar a algún pariente o amigo, pero el clima de violencia que se percibe en la región alimentó mis miedos.

El tramo más difícil de mi trayectoria era Victoria-Tampico. Otra vez compré boleto directo para salir a media mañana del domingo. Es la parte de la carretera, después del tramo de San Fernando, donde se ha cometido la mayoría de los asaltos, a distintas horas del día y de la noche. Por eso es la más vigilada por la Policía Federal. A medio camino, el autobús se detuvo tras una larga fila de vehículos que se había formado por las maniobras que realizaban grandes maquinarias de construcción. “¿En domingo? ¡Qué extraño!”, me dije. Es fácil imaginar un escenario de asalto masivo, sin posibilidades de evadir por algún lado, más si las patrullas federales que habíamos encontrado kilómetros atrás brillaban en ese momento por su ausencia. Nada pasó, pero los anuncios de la propia línea de autobuses en los aparatos de televisión de la unidad recordaban la posibilidad siempre presente de la violencia. Además, enfatizaban, sus autobuses cuentan con wi-fi e internet inalámbrico, que les permite comunicación continua y GPS para localización en caso de secuestro.


La vida sigue. En las ciudades tamaulipecas las diversiones nocturnas han languidecido, pero los centros comerciales y los cines lucen pletóricos hasta el atardecer. En las colonias residenciales las casas no se pintan y en las cocheras sólo se guardan carros viejos, de preferencia compactos de bajo costo. De la garantía de libre tránsito consagrada en la Constitución, mejor ni hablamos; sólo pensemos que los convoyes son la nueva forma de disfrutarla. Éste es el México real en esa parte del país. Y duele.— Mérida, Yucatán.

miércoles, 5 de agosto de 2015

Publicidad y hostigamiento

Dulce María Sauri Riancho
33 4777 2240. Este número telefónico —con clave Lada que corresponde a Guadalajara— ha aparecido en numerosas ocasiones en el identificador de llamadas de mi celular. Parte de nuestra familia reside en esa hermosa ciudad del occidente de México, por lo que cuando provienen de allá, invariablemente respondo. ¡Craso error! Por si no fuera demasiado, desactivado el celular, timbra el teléfono fijo de mi domicilio: Enfrascada en la tarea de redacción del borrador de mi tesis doctoral, contesto uno a continuación del otro. Mismo mensaje, pero preguntan por todos los nombres de mujeres y hombres que puedan ustedes imaginarse. Sin caer en el garlito de brindar mis datos, reitero atenta súplica de no ser molestada; que ese teléfono no es ni de fulanita ni de fulanito; que, aunque sé que no es culpa de la o el joven que hace la llamada, le pido encarecidamente que la anomalía sea corregida. Hasta el momento, palabras vanas ante la dictadura del servidor informático que ha atado mis dos números en una secuencia que no he podido cortar a pesar de mis desesperados —y educados— intentos.

No acostumbro utilizar el espacio generoso del Diario para dar a conocer problemas personales. Pero tratándose de una situación grave, que rebasa las implicaciones individuales, decidí compartir mi experiencia sobre la protección de datos. Todo comenzó hace poco más de tres meses, cuando compré vía internet dos boletos de avión en Volaris para visitar a nuestros familiares de Guadalajara en el mes de octubre. Pagué con tarjeta de crédito y llené todos y cada uno de los campos de información requeridos por razones comerciales y de seguridad de la línea aérea. Desde luego, el sitio de Volaris contiene el llamado “aviso de privacidad” que todas las empresas que reciben datos personales de sus clientes y usuarios están obligadas a incluir por disposición expresa de la Ley. Esta medida fue adoptada después de múltiples denuncias de abuso por parte de las personas que proporcionaban su información con un propósito, pero que después se encontraban víctimas de todo tipo de promociones telefónicas, por hablar de lo menos grave que puede suceder cuando se emplean inadecuadamente estas valiosas fuentes de información.

Confieso que no había leído con detalle el “aviso de privacidad”, ni de Volaris ni de ninguna otra línea aérea o servicio. Ni siquiera por curiosidad había pulsado la tecla para escucharlo en los servicios de banca telefónica. Apremiada por la necesidad, ya lo hice. El compromiso de la empresa es utilizar los datos personales recabados única y exclusivamente para dar seguimiento, actualizar y confirmar el servicio de transporte aéreo, carga, correo o cualquier otro “producto” contratado; enviar cotizaciones de los servicios de carga, así como dar seguimiento a las reservaciones de los pasajeros. Hasta aquí, todo muy bien. Pero a continuación se enuncian las excepciones. Envueltas en argumentos de mejor atención y servicio para los clientes, resulta que los datos personales pueden ser empleados para realizar encuestas, recibir promociones por correo electrónico y ¡ojo! “información de las promociones y servicios adicionales que nosotros (Volaris) o nuestros socios comerciales ofrecemos”. Y allí comenzaron mis problemas. Uno de los socios es Invex, una casa de bolsa fundada en 1991 que devino en un dinámico banco de ahorro y crédito, uno de cuyos siete centros financieros se ubica en Mérida. En una asociación con Volaris, están promoviendo una tarjeta de crédito —Volaris-Invex— que cuando es utilizada acumula kilómetros, redimibles en viajes a los distintos destinos de la línea aérea. Hace tres meses, cuando comenzaron las llamadas a mis teléfonos, supe que no era elegible para poder tener una tarjeta de este tipo. Tal vez por mi edad —próximos 64— o por mi condición de “sujeto políticamente expuesto”, al haber sido legisladora federal y gobernadora, fui rechazada por el comité de valuación crediticia de Invex. Hasta allá debimos haber llegado. No fue así. A partir de “su” negativa a darme la tarjeta, las llamadas se intensificaron, hasta cinco al día. Conozco el funcionamiento de los “call center”, empresas dedicadas a realizar llamadas promocionales por cuenta y orden de alguna compañía, de México o del extranjero. Este tipo de establecimientos pueden estar ubicados en cualquier parte del mundo o del país. No me gusta ser grosera con quienes llaman y simplemente colgar. Creo que realizan su trabajo y que la responsabilidad es de las empresas contratantes, no de sus trabajadores. Por eso he repetido como loro desde hace varias semanas la misma explicación: “no soy; no puedo”.

“Mamá: puedes bloquear el número en tu celular”, me dijeron mis hijos. ¿Y el teléfono fijo? Arrastrada por mis corajes me enteré de que existe un Registro Público para Evitar Publicidad (REPEP), que comenzó a operar en noviembre de 2007, donde se pueden dar de alta los números telefónicos para no recibir promociones. Haré el trámite para recuperar la tranquilidad alterada; lo que no podré recuperar es la certeza de que mis datos personales se utilicen única y exclusivamente para lo acordado; que no sean parte de un mercado negro, blanco o del color que sea, de intercambio. Por lo que respecta a la promoción Volaris-Invex, ¡por favor, retiren mis números de su base de datos! Después de mi viaje a Guadalajara, me lo pensaré para utilizar los servicios de Volaris. Ni modo.— Mérida, Yucatán.