miércoles, 31 de julio de 2013

El informe del Coneval 2012. Contar la pobreza, olvidar la desigualdad.

Dulce María Sauri Riancho
Dos mundos aparentemente muy alejados entre sí coincidieron el pasado lunes. Uno de ellos, el de las instituciones, revisó los resultados de la medición de la pobreza 2012, realizada por el Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval). El otro, el mundo de la violencia y las ejecuciones, registró el anuncio de la detención de tres integrantes del grupo delictivo de los Caballeros Templarios, como presuntos responsables del asesinato del vicealmirante Carlos Miguel Salazar y su chofer en la carretera a Morelia, como parte de su “trabajo” de robar, extorsionar, secuestrar y matar por siete mil quinientos pesos mensuales.
El Informe 2012 del Coneval es una especie de balance general de la política social aplicada el sexenio federal pasado, ya que la información que analiza corresponde a noviembre de 2012, último mes de la gestión de Felipe Calderón, que coincide con el final del gobierno de Ivonne Ortega en Yucatán. Los datos reflejan que entre 2010 y 2012 aumentó el número de personas pobres en México, aunque el porcentaje sobre la población total disminuyó levemente. Lo cierto es que casi la mitad de los mexicanos (53 millones de un total de 117) está en condición de pobreza, medio millón más que en 2010. En cambio, la población en pobreza extrema, que es la que no tiene suficiente para alimentarse, estudiar, curarse, acceso al agua potable, etcétera, entre otros servicios básicos, disminuyó en términos absolutos (de 13 millones a 11.5 millones) y relativos (9.8% del total de habitantes).
Primer “misterio” a resolver: ¿cómo pueden disminuir los pobres extremos y, al mismo tiempo, aumentar la situación de la población en pobreza? Analicemos el caso de Yucatán para ejemplificar y, simultáneamente, subrayar el mayor reto que enfrentan la política social y la convivencia entre los mexicanos, que es, ni más ni menos, que el de la desigualdad.
Yucatán, al igual que la mayoría de los estados del país, registró un descenso en el número de pobres extremos, de 230 mil a 200 mil, en números redondos, lo que lo ubica exactamente en el promedio nacional de 9.8% (en 2010 tenía el 11.7%).
Sin embargo, la misma información muestra que entre 2010 y 2012, treinta y ocho mil yucatecos cayeron en la pobreza porque su ingreso monetario fue menor al considerado como indispensable para lograr un mínimo bienestar. Lo anterior significa que, aunque contaban con vivienda, algunos servicios básicos en ella, acceso a la salud y a la alimentación, el dinero que lograban ganar era insuficiente. Esta situación la categoriza el Coneval como “población vulnerable por ingreso”. Me pregunto cuántas familias estarán en esta condición, si consideramos que alrededor de 150 mil de ellas, una tercera parte del total de Yucatán, recibe transferencias monetarias, es decir, subsidio en dinero, del programa Oportunidades, gracias al cual pueden solventar sus necesidades básicas de alimentación, vestido, entre otras. ¿Se imaginan, amigos lectores, lo que sucedería si por cualquier circunstancia -por ejemplo, cambios en la política presupuestal- dejaran de llegar los apoyos en dinero que cada bimestre entrega el gobierno?
Cuando analizamos las acciones institucionales que ayudaron a superar la condición de pobreza extrema a más de 30 mil yucatecos, vemos que descansaron principalmente en la ampliación del acceso a los servicios de salud, es decir, el Seguro Popular. Diversos y dolorosos testimonios hablan de sus serias limitaciones para atender de una manera efectiva a sus derechohabientes, aunque para las estadísticas gubernamentales la población está cubierta. Por otra parte, preocupan los datos vinculados a la calidad y servicios de la vivienda, pues entre 2010 y 2012 se incrementó el porcentaje de carencias: casi 130 personas sufrieron alguna falta de servicios básicos en la vivienda, y 34 mil, de deficiencias en la calidad o espacios de sus casas. Me llama la atención porque en buena medida los esfuerzos grandemente publicitados de la administración estatal anterior descansaron en los éxitos de sus programas de vivienda. La información del Coneval nos dice que éstos no lograron alcanzar a la población más vulnerable del Estado.
Otro aspecto delicado sobre la pobreza extrema en Yucatán es el incremento de la población con dificultades de acceso a la alimentación, hasta ascender a 88 mil personas. Si a los pobres más pobres les sumamos a aquellos que la sufren “moderadamente” (es una categoría, no un calificativo) y a los que son vulnerables por ingresos o por una carencia (que puede ser, por ejemplo, de vivienda adecuada), resulta que sólo uno de cada cinco yucatecos es no pobre o no vulnerable. ¡Ése es el tamaño de la desigualdad que enfrentamos!
Coincido con Luis Videgaray, secretario de Hacienda, cuando afirma que el enfoque exclusivamente asistencialista de la política social no es suficiente para lograr que millones de mexicanos salgan de la situación de pobreza; que es indispensable rediseñar los criterios y los programas sociales para introducir los elementos que induzcan a la productividad. Sin embargo, mientras no se desarrolle una gran estrategia para una distribución equitativa del ingreso, cualquier crecimiento económico sólo reforzará la desigualdad social.
Seguiremos siendo el país de los cincuenta y tres supermillonarios de Forbes y de los cincuenta y tres millones de pobres; una sociedad que no puede garantizar a sus jóvenes un empleo para ganar cuatro salarios mínimos al mes (eso representan siete mil quinientos pesos en Michoacán), sin que esto implique la obligación de asaltar, secuestrar, asesinar, tal como se mostró el pasado fin de semana en la carretera a Morelia.- Mérida, Yucatán.

sábado, 27 de julio de 2013

Para la blanca Mérida

Noche Blanca
Hace un buen número de años que mi experiencia noctámbula del centro de Mérida se reduce a una cena en “Amaro” a la salida de una función de teatro. Por eso me pareció atractivo el programa que se abría a las 8 de la noche y prometía cerrarse a las dos de la mañana de un sábado de temporada. Tamaña audacia, me dije, pretender hacer algo cuando una mayoría está de vacaciones, si no de cuerpo, sí de espíritu y de cambio de la rutina familiar. Acompañada por esas “sesudas” reflexiones, me apresté junto con mi esposo, a seleccionar de un extenso menú, los principales platos para saciar el apetito de una correría nocturna por el centro de Mérida.
La inauguración de la exposición “Rembrandt: lo divino y lo humano” era el evento central de la bautizada “Noche Blanca”. Pero el primer día nunca es el mejor para observar y disfrutar la obra que se exhibe: demasiada gente, colas y empujones. Decidimos entonces comenzar por “La comidilla”, muestra de los editoriales gráficos del genial Tony. Luego, nuestros pasos se dirigieron a la Pinacoteca “Juan Gamboa Guzmán”, para “Una noche con Piazzolla”, ejecutado magistralmente por el Cuarteto Vivace. A las 10 de la noche llegamos a la Galería In La’Kech, donde tomando el fresco de la calle 60 y a través de la ventana escuchamos a la joven cantante de jazz Gina Osorno, acompañada del tecladista Verástegui. De allá salimos hacia el Macay para estar en punto de las 11 al “Elogio del Insomnio”, espectáculo de Tatzundanza con las lecturas de Alberto Ruy Sánchez. A las 12 de la noche, cuando salimos a la Plaza Grande, muchos meridanos se desplazaban por las calles aledañas, prestos a continuar la jornada en algún café o restaurante de los muchos que tenían abiertas sus puertas a esas horas.
¿Cómo surgió la “Noche Blanca”? Como nacen las ideas que caen en suelo fértil. Convocaron las autoridades responsables de la cultura del Ayuntamiento de Mérida a una comunidad, la de los artistas, a participar en una jornada inédita e integrar un programa común en el que cada quien ponía una parte, grande o pequeña, para mostrar lo que están haciendo e invitar a otros a participar. Creo que la respuesta excedió con mucho las expectativas del propio Cabildo meridano. El saldo del programa publicado el sábado pasado consigna: siete espacios públicos -de Mejorada a Santiago, de Santa Ana a la Plaza Grande-, ocho museos y ¡veintidós galerías!, donde se exhibieron obras y actuaron músicos, intérpretes y artistas ante una audiencia variopinta, en la que predominaban afortunadamente los jóvenes.
Hubo dos convocatorias curiosas, más bien fuera de lo común en una jornada artística-cultural. Una de ellas fue el espectáculo del Juego de Pelota Maya, celebrado frente a la Catedral, y el otro, novedoso y extraño para muchos, fue el recorrido nocturno por el Cementerio General de Mérida, junto con un “Mórbido Film Fest” para proyectar en ese mismo sitio una película y cortometrajes sobre espíritus, fantasmas y aparecidos. Como para poner los pelos de punta.
La Noche Blanca fue la recuperación por parte de miles de meridanos del centro de su ciudad, de sus calles y plazas, por donde paseaban, entraban y salían de exposiciones y edificios que el tráfico cotidiano oculta de las miradas y del disfrute. Pero sobre todo, esas horas pudimos tener una muestra de la rica producción cultural que generan cientos de mujeres y hombres yucatecos o avecindados, quienes la pusieron al alcance de quienes decidieron participar de su música, pintura, danza o espectáculo teatral.
La colaboración de los grupos artísticos muestra la exuberancia de las manifestaciones creativas en nuestra tierra. Desde luego que no participaron todos, pero hubo una amplia respuesta que augura cosas buenas para una siguiente edición. También los comerciantes y restauranteros pusieron su parte; unos, dejando abiertas las puertas de sus establecimientos a las miradas de posibles clientes, lo que hizo aún más disfrutable la noche. Los otros, los restauranteros, se sumaron con una carta y un precio especial para los comensales.
Hicieron falta las puertas abiertas de los teatros y espacios culturales del gobierno del Estado. El Peón Contreras, iluminado, pero cerrado, parecía llamar a la Sinfónica o a una exposición pictórica en su “lobby”. El Daniel Ayala tal vez añoró la cartelera que exhibió su vecino, el Teatro Carrillo Puerto, de la Universidad, que presentó a dos grupos de comedia, uno de ellos de tipo regional yucateco y el otro, de la época grecorromana. Un poco más al sur, la Biblioteca Yucatanense, ubicada en el edificio remozado del antiguo Diario del Sureste, pudo haber mostrado sus tesoros a tantos meridanos como circularon por la 60 en esa noche.
Me sentí muy orgullosa en la Noche Blanca. Como meridana, al caminar libremente por las calles del centro de mi ciudad, junto con otras familias yucatecas y muchos que se miraban y oían como turistas de otras partes del país. Me preguntaba cuántos de ellos no envidiarían la suavidad de las noches yucatecas, llenas de música de trova, sin eco de balas, como la que suena en su tierra. Aprendí también que hay mucha vida en los veranos de la “temporada”, lejos del mar y de Progreso. Y una vez más se mostró que más que el dinero disponible, lo que importa es la convocatoria y la percepción de que todos, sin excepción alguna, ponen su parte, bien sea el equipo de sonido, las luces o el local, y lo más importante, la participación.
La Blanca Mérida tuvo su primera Noche Blanca.- Mérida, Yucatán.

sábado, 20 de julio de 2013

Desvío de fondos públicos. Salud y mal olor.

Dulce María Sauri Riancho
Algo huele muy mal en el sector salud de muchas partes del país. El hedor proviene del desvío de los fondos del gobierno a los bolsillos de los funcionarios responsables de su cuidado y correcta aplicación. Destinados a solventar las necesidades materiales y la operación de los centros de salud donde se atiende la mayoría de los mexicanos, han ido a parar a sus residencias -en México o en el extranjero-, yates, carros lujosos, etcétera, en vez de atender con dignidad a las personas que no tienen para pagar hospital privado o no pertenecen a las grandes instituciones de la seguridad social, como el IMSS y el Issste.
Las acusaciones de peculado y fraude han sido ampliamente documentadas por los medios de comunicación en los últimos meses. A continuación les presento una somera enumeración de los casos que han adquirido mayor resonancia. No son los únicos, pero quizá son los que mejor ejemplifican el problema que está carcomiendo el sistema de atención pública de la salud de buena parte de México.
En Guanajuato, dos ex directores de los hospitales de León y Celaya están en la cárcel por su responsabilidad en la simulación de compras de medicamentos y materiales de curación; es decir, presentaron las facturas, cobraron, pero ni las medicinas ni las gasas, algodón, etcétera, llegaron a donde se necesitaban. En Tabasco, el sistema hospitalario estuvo al borde del colapso a finales del año pasado, cuando no había en sus hospitales lo más elemental para mantenerlos abiertos, ni siquiera para pagarles los sueldos a sus empleados. La crisis de los hospitales forma parte importante del grave problema de peculado que ha llevado al ex gobernador Granier a la cárcel. En Morelos, el gobierno estatal denunció que su antecesor dejó dos hospitales inconclusos, pero eso sí, bien pagados. Las autoridades morelenses persiguen un presunto desvío de fondos federales que debían haber llegado al sistema de salud, pero que se “extraviaron” en el camino.
El caso de Aguascalientes merece punto y aparte. Allá, el ex gobernador Reynoso está sujeto a proceso penal por la compra y pago de un tomógrafo que costó la friolera de 13 y medio millones de pesos. Se decía que gracias a él, los pacientes de la región tendrían acceso a la tecnología más avanzada en la materia, que los hospitales públicos no tendrían nada que envidiar a sus homólogos privados. ¡Sueños, sueños! La realidad parece ser que el dichoso tomógrafo se pagó, pero nunca llegó. El misterio se complicó con las declaraciones del ex subsecretario de Egresos de esa entidad, quien dijo que el entonces gobernador dispuso del dinero “para pagar sobornos a los diputados”, aunque se guardó de ponerles nombre y apellido.
Oaxaca tiene a cuatro exfuncionarios procesados por un desvío de 700 millones de pesos; Nayarit y Colima, con acusaciones de haber utilizado los fondos destinados a la compra de medicinas, para otros menesteres, incluyendo los bolsillos de los encargados. Veracruz, hace unos meses vivió la destitución del secretario del ramo porque éste decidió hacer operación política más que atender la salud de sus paisanos. Vacunas inexistentes; medicinas caducas, con sobre precio o sin entregar; material de curación desaparecido; tomógrafos fantasmas; hospitales sin concluir. A estas alturas, podría poner un largo etcétera que incluyera los hospitales de Valladolid y de Tekax, todavía sin terminar, y no exageraría.
¿Por qué ha invadido la plaga de la corrupción al sector salud con tal intensidad? La respuesta tiene que ver con la sabiduría de nuestros abuelos encerrada en el dicho “… En arca abierta, el justo peca…”. Y no es que califique como justos a los gobernantes y administradores del sector salud, pero sí que ha habido un grave relajamiento de las normas mínimas de control sobre los recursos públicos que se destinan a atender y curar las enfermedades de los más vulnerables. Este enfangado trayecto burocrático se hizo más acentuado cuando en 2004 comenzó a operar el Seguro Popular, con fondos del gobierno federal, de los estados y de los asegurados voluntarios. La mayor parte del dinero la pone el gobierno federal, pero la recibe y administran los estados de la república. Y allá se complican las cosas, pues los recursos, una vez que entran a las arcas estatales, pueden usarse para muchos menesteres distintos a las prioridades de cuidar la salud de los ciudadanos. Los casos que conoce la opinión pública, como los que he registrado líneas arriba, tienen algunos elementos comunes; el más importante, que las denuncias por lo general se han dado cuando hay alternancia política en el gobierno local (Guanajuato es la excepción). Tal vez si hubiese ganado el PRI en Tabasco, desconoceríamos el caos en que quedó sumida la administración; o si el PAN hubiese repetido en Aguascalientes, nada hubiéramos sabido del tomógrafo “fantasma”; o si el PRD no hubiese triunfado en Morelos, el asunto de los hospitales inconclusos se hubiese tomado como una falla administrativa corregible por los nuevos funcionarios.
Los vicios y la corrupción en la administración pública son siempre condenables, pero cuando se trata del sector salud, adquieren visos de crimen social, porque cuestan mucho dolor y vidas humanas.
¿Qué esperan las autoridades federales para corregir? ¿Y las estatales para perseguir? ¿Y los jueces para castigar? ¿Y nosotros, para exigir?- Mérida, Yucatán.

jueves, 11 de julio de 2013

Agosto mocho, la "temporada". Cambio de una tradición

Dulce María Sauri Riancho
Esta semana se iniciaron formalmente las vacaciones escolares. Como cada año, el calendario escolar ha sido motivo de comentarios en el seno de las familias y en los medios de comunicación yucatecos, bien sea porque se cuestiona su característica “sui géneris” -es el único lugar de la república en que la escuela comienza con dos semanas de retraso-, o bien por la inquietud de los padres o por los temores de comerciantes y empresarios del sector turismo, de los efectos que acarrearía la homologación del calendario escolar yucateco con el del resto del país. Este año, tal parece que finalmente las autoridades estatales se decidieron a dar el paso de “alinearnos” con los demás. Esto significa que los niños yucatecos tendrán vacaciones “mochas”, pues comenzarán sus clases el 19 de agosto, lo que entrañará una pequeña revolución doméstica en numerosos hogares yucatecos.
No es mi pretensión analizar la pertinencia educativa de la decisión adoptada por las autoridades del ramo. Sólo anticiparé que, aunque cause inconvenientes en esta ocasión, es una medida necesaria, si queremos avanzar acompasadamente con las reformas que está impulsando el gobierno federal. Más me interesa comentar sobre una costumbre muy yucateca relacionada con este tema: la “temporada”. Como otras tradiciones, ésta tuvo su origen en un grupo de familias de hacendados henequeneros que a principios de siglo decidieron imitar a las ricas familias europeas que aprovechaban el sol veraniego para trasladar a sus familias a las campiñas o a las playas.
La brisa del mar que menguaba el calor excesivo de los meses de verano en Mérida, inspiró la construcción de varias casonas en lo que hoy todavía se conoce como los “Corredores” de Xkulukiá. A principios del siglo pasado, Progreso recibía cientos de embarcaciones de todo el mundo que venían a recoger las pacas de fibra de henequén para transportarla a los Estados Unidos y Europa. Al joven puerto -se había fundado en 1871- se llegaba desde Mérida por ferrocarril o recorriendo un camino de carretas, que hasta la década de 1940 fue pavimentado. Con el acceso carretero, las vacaciones en Progreso empezaron a popularizarse entre las familias meridanas de clase media. Las playas de Chicxulub y después Chelem, extendieron la ocupación más allá del Malecón, con la construcción de casas de veraneo de acuerdo a las posibilidades de sus dueños. Eran los tiempos en que la “temporada” empezaba a fines de junio y terminaba después del 1º de septiembre, cuando se reanudaban las clases de los distintos niveles escolares.
Toda la familia se trasladaba al “puerto”, desde donde los hombres viajaban diariamente a Mérida para cumplir sus trabajos, en tanto que las mujeres y los menores se quedaban a disfrutar de la playa y el mar. Las familias de menores recursos, tanto de la ciudad como de los pueblos del interior, se trasladaban los fines de semana utilizando el ferrocarril, que en esos días iba repleto de paseantes de todos los estratos sociales, muchos de los cuales ocupaban los arcos del Muelle Nuevo para guarnecerse del sol o, de plano, le “caían” al pariente o amigo que tuviera casa.
No sólo el calendario escolar cambió en los últimos 20 años. También las condiciones económicas de las familias que se han visto impedidas de enfrentar el gasto extraordinario de la “temporada”, más aún si tienen que rentar casa. Además, muchas madres de clase media empezaron a combinar la atención a sus familias con el trabajo fuera del hogar. Eso significa que no pueden separarse de sus empleos por ocho semanas. Sumémosle que los hijos mayores regresan a la universidad más temprano que sus hermanos menores. Entonces, las vacaciones empezaron a “achicarse” y julio desbancó al “mocho” agosto como el mes más popular para la “temporada”. También se modificaron los hábitos de compra de los vacacionistas en Progreso: ya no hay más “Milán” y sus deliciosos helados, el pan de “El Resbalón” en las tardes nubladas; llegaron las tiendas de autoservicio de Mérida y arrinconaron a las marchantas del mercado. Por su parte, los restaurantes de la playa dejaron de funcionar exclusivamente para los temporadistas, pues el flujo de visitantes de fin de semana se vio estimulado durante todo el año por la carretera iluminada de tres carriles y el arribo de cruceros. Hasta los meses de invierno cambiaron en la costa yucateca, gracias a la llegada de extranjeros jubilados que huyen del crudo frío de su tierra.
Puestas en la balanza económica de Progreso y de la costa, cada vez pesan más las actividades permanentes, incluso del ramo turístico, que las estacionales vinculadas a la “temporada”. ¡Qué bueno que así sea! Las considerables inversiones en residencias y casas que pueblan la costa yucateca sólo se utilizan intensivamente dos meses del año, incluyendo la Semana Santa, aunque el mantenimiento de la infraestructura de luz, agua, etcétera, gravita sobre los presupuestos municipales los 12 meses.
Todo cambia. Ahora le corresponde a la tradición de la temporada, como la conocieron nuestros abuelos, padres y hasta nosotros mismos. Con un suspiro de nostalgia, disfrutemos del julio que corre y del agosto “mocho” que nos trae el calendario escolar 2013-2014.- Mérida, Yucatán

miércoles, 3 de julio de 2013

Lecciones y aprendizaje a dos años del 4 de julio

Dulce María Sauri Riancho
En Mérida, desde hace dos años, el 4 de julio no sólo se conmemora la Independencia de los Estados Unidos. Desde 2011 se recuerda que las autoridades de la capital y del Estado mostraron el rostro duro de la imposición. Después, como Poncio Pilatos, pretendieron evadir su responsabilidad por la agresión a un grupo de ciudadanos que se oponían a la construcción del “paso deprimido” en la tradicional rotonda, a la cual impusieron también el irónico nombre de “Glorieta de la Paz”.
Vale recordar las consecuencias de una obra que nació con mal fario. Producto de una ocurrencia gubernamental, no estaba considerada en los programas de infraestructura vial del Ayuntamiento ni en el presupuesto que le fue aprobado. Aseguraban sus impugnadores que la construcción se inició sin contar con los estudios necesarios en materia de suelos y del impacto ambiental y urbano sobre una de las colonias simbólicas del siglo XX meridano. La compañía ganadora del concurso no tenía experiencia en excavaciones urbanas. Especialistas en esos temas, además de vecinos y ciudadanos interesados en el desarrollo armónico de Mérida pusieron en duda el beneficio que la obra podría tener en materia de vialidad, sugiriendo alternativas para aligerar el tráfico en esa zona de la ciudad.
La entonces alcaldesa de Mérida decidió dar la callada por respuesta. Tal vez, como arquitecta, coincidía con las críticas a la pretendida obra, pero como política que aspiraba a la candidatura al gobierno del estado prefirió no confrontar a la titular del Ejecutivo estatal, por lo que defendió a capa y espada el proyecto. El diálogo brilló por su ausencia. Si la alcaldesa no fraguó la agresión, como insiste ahora a quien quiera escucharla, tampoco hizo nada por evitarla ni, una vez consumada, procedió contra lo que fue, a todas luces, una agresión en pandilla. Respuesta violenta contra quienes habían logrado pacíficamente impedir el inicio de las obras esa madrugada. Obras que comenzaron con la tala de decenas de robustos y añosos árboles que, paradójicamente, habían sobrevivido a los terribles vendavales de “Gilberto” (1988) e “Isidoro” (2002).
En el imaginario colectivo sí existe y alcanza gran valor el “qué hubiera sucedido si…”. Cabe preguntarnos qué hubiera pasado si la alcaldesa hubiese dialogado con franqueza con la ciudadanía y los vecinos de la colonia México; qué hubiera acontecido si las autoridades estatales y municipales, en vez de recurrir a la represión, hubieran hallado la fórmula para construir acuerdos en beneficio de la ciudad y de la sana convivencia; qué hubiera pasado si cumplida la agresión se hubiera procedido penalmente contra los culpables directos e indirectos de los golpes y vejaciones a los ciudadanos. Entonces -vale imaginar- otra hubiese sido la decisión del PRI respecto a la candidatura al gobierno del Estado y tal vez, sólo tal vez, la alcaldesa con licencia hubiese ganado la elección del 1 de julio de 2012.
Como nada de eso sucedió, tenemos la oportunidad de aprender de los errores, mucho más las autoridades. A unos cuantos meses de su mandato, el gobernador Zapata y el alcalde Barrera se encuentran bajo el fuego graneado de la crítica a diversos aspectos de su gestión. Lo curioso es que la fuente común de estas ofensivas descalificatorias se localiza en los partidos políticos. El PAN cuestiona la falta de transparencia y las deficientes medidas para rendir cuentas por parte de la administración estatal, en especial su programa de austeridad y ahorro presupuestal. Por su parte, el PRI ha enfocado sus baterías sobre el proceso de cambio de luminarias que decidió el Cabildo de Mérida: que es ilegal, por falta de licitación; que si las lámparas se están pagando más caras; que ha habido favoritismo en la adquisición de las mismas, etcétera. En uno y otro caso, la ciudadanía parece estar en líneas generales satisfecha con la gestión de sus gobernantes, tanto del estado como de la ciudad capital, más cuando el desempeño del Ejecutivo estatal recuperó la sobriedad y se han extirpado la frivolidad y los abusos más hirientes de la pasada administración y, en el ámbito citadino, las colonias y barrios recuperan paulatinamente la iluminación que se había deteriorado seriamente con las lámparas rentadas.
Para las autoridades puede resultar poco confortable, pero es indispensable que respondan con claridad y precisión a los cuestionamientos planteados por los partidos y por los ciudadanos. Resulta conveniente aceptar la comparecencia en el Congreso del Estado del secretario de Administración y Finanzas, tal como lo ha solicitado el PAN. También será de gran relevancia que el Ayuntamiento aclare las dudas que, de buena fe, se le hayan formulado e informe puntualmente sobre los avances en la sustitución de las lámparas, invitando directamente al PRI a enterarse de primera mano de las acciones y a participar en ellas. Es cierto que la función política de los partidos les obliga a intentar que su adversario tenga un traspié para exhibirlo ante la ciudadanía. Pero al mismo tiempo, esa actitud es acicate para mejorar la comunicación entre la sociedad y sus autoridades; a mantener el diálogo, aun en condiciones de crispación ciudadana. A no retroceder en los esfuerzos de transparencia, aunque nunca sea suficiente y satisfactoria la información proporcionada, a juicio de los partidos políticos y de los ciudadanos organizados. No hay mejor forma de rememorar el 4 de julio de 2011 que evitar la reedición de sus causas.- Mérida, Yucatán.